« Pour nos combats de demain, pour un monde plus libre, plus juste, plus égalitaire, plus fraternel et solidaire, nous devons maintenir vivante la mémoire de nos luttes »

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De la ofensiva a la resistencia en América Latina : ¿Cuáles son los desafíos para el análisis social ?

Par François Houtart  |  5 décembre 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La situación sociopolítica del continente latinoamericano ha cambiado de manera notable desde el principio de este siglo. Tomar como parámetro del cambio político el año 2002, fecha de la elección de Lula, en Brasil, parece emblemático. Como escribe Theotonio dos Santos, se trata del paso de las resistencias a la ofensiva. Tal fenómeno tiene que ser analizado con las herramientas de las Ciencias Sociales, es decir, tiene que ser históricamente situado, dialécticamente interpretado y puesto en su contexto global.

I. ¿Por qué en América Latina ?

Dentro del proceso global de la orientación neoliberal de la economía mundial, es muy interesante constatar la transformación del campo político en América Latina y lo que no ha ocurrido en los otros continentes de la periferia del capitalismo central. Varias hipótesis pueden ser elaboradas para entender esta diferencia. La principal es que en América Latina, la fase neoliberal del capitalismo contemporáneo ha sido percibida por la mayoría de los grupos sociales como una agresión, y de hecho lo ha sido. Mientras tanto, en los países asiáticos –tanto los “tigres”, como los países “socialistas” (China y Vietnam), y los del sudeste asiático (la India, en particular)– la mayoría la perciben como una oportunidad. En África, por razones de una larga y difícil construcción de su identidad política nacional, la conciencia de esta lógica de dependencia recién empieza a desarrollarse. Para comprobar estas hipótesis es posible proponer varias razones.

En el plan económico, el fracaso rápido del modelo de desarrollismo propuesto por la CEPAL en los años sesenta, que corresponde con el modelo de Bandung (Nation Building), fue mucho más rápido en América Latina que en el contexto asiático. Grandes países como China y la India, a pesar de tener regímenes políticos muy diferentes, han podido realizar este concepto durante mucho más tiempo. En Latinoamérica, este fracaso significó la entrada masiva del capital exterior, acompañada por una ola de dictaduras (se puede pensar en el caso de Pinochet) que abría la economía subcontinental al neoliberalismo.

También se puede añadir que, al contrario del continente asiático, no hubo prácticamente reformas agrarias. Las iniciativas asiáticas de diverso tipo –capitalista en Taiwan o Corea del Sur, socialista en China y Vietnam– tuvieron como resultado, o bien favorecer una transición a la industria, o bien aumentar el poder de compra de las masas agrarias, por lo menos al nivel de subsistencia. En América Latina hubo relativamente poco desarrollo industrial, con excepción de algunos polos. Al contrario, en Asia, la industrialización y después la extensión de una economía de servicios han tenido un impacto significativo.

Otra diferencia fue el desarrollo, en América Latina, de una burguesía compradora que ha tenido muchas ventajas con la implantación del modelo neoliberal, al mismo tiempo que las distancias socioeconómicas aumentaban. Según Claudio Katz, economista argentino, “la carencia de un segmento gerencial competitivo es un bache de larga data, que proviene del carácter vulnerable y discontinuo que presenta la acumulación en los países periféricos”. En Asia, por lo menos en algunos países grandes, hubo un desarrollo real de una burguesía nacional, como en la India, Indonesia, Malasia y también últimamente en China y Vietnam. Estos dos países habían basado su desarrollo en un modelo de capitalismo de Estado que, con la apertura al mercado, permitió la constitución de nuevas élites provenientes de la burocracia del Estado o del Partido.

Finalmente, como señala Claudio Katz, América Latina fue el lugar de las primeras crisis financieras (México, 1995 ; Brasil, 1999 ; Argentina, 2001), fruto del neoliberalismo, después de la explosión de la deuda ya en 1982. El mismo autor añade que estallidos lejanos como el desplome de la Unión Soviética, y la crisis asiática, tuvieron efectos aún más perdurables en la región que en sus propias zonas de origen.

Desde el punto de vista político, se puede también plantear algunas razones de las diferencias. En los últimos 25 años, América Latina ha conocido un desmantelamiento del Estado, bajo orientaciones determinantes del FMI y del Banco Mundial. En la mayoría de los países asiáticos este no fue el caso. El desarrollo de países como Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong, se debió a la existencia de un Estado fuerte y a la planificación a medio y largo plazo. La centralización estatal de China y Vietnam fue evidentemente predominante. En la India, la nacionalización de las industrias de base consolidó un poder político bastante extenso. El Estado en América Latina fue generalmente inconsistente, con frecuentes cambios de personal administrativo y poco impacto económico.

Podemos añadir también el hecho de que la política de containment fue tan fuerte en Asia como en América Latina. Se trataba de parar la extensión del comunismo presente en grandes países como China y Vietnam, y construir al mismo tiempo una barrera contra el peligro (teoría de los dominós) y una ventana de desarrollo capitalista alrededor de este grupo de países. Dictaduras al servicio de nuevas élites locales y un régimen colonial (Hong Kong), impidieron el desarrollo de movimientos populares y de partidos de izquierdas, y por otra parte hubo también un fuerte apoyo económico occidental : acceso preferencial a los mercados y financiación del Estado. Así, el presupuesto de Corea del Sur fue apoyado en más del 50% por Estados Unidos durante más de 25 años. Por el contrario, en América Latina, si la “amenaza comunista” estaba presente, no se apoyaba en un gran Estado potente, sino en uno de los países más pequeños del continente (Cuba), o estaba alimentada por movimientos revolucionarios locales, relativamente fáciles de controlar –en América Central, por ejemplo, con guerras de baja intensidad ; o en el Cono Sur, con regímenes militares.

En América Latina, la descolonización fue anterior que en África. Por eso, el momento histórico de la postguerra mundial en el continente africano fue caracterizado por la recuperación de su identidad política. Las enormes dificultades de la transición post-colonial tuvieron como consecuencia centrar la atención más en el campo político que en el económico. Por otra parte, la integración continental es más fácil en América Latina, por la similitud de lenguas, mientras que África esta dividida en tres grupos lingüísticos principales : inglés, francés y árabe, sin hablar del gran número de lenguas locales.

El mundo árabe vive el neoliberalismo como una ofensiva occidental de destrucción cultural, más que como una dominación económica. Esta culturización del problema sirve a los intereses de las élites locales que reprimen todo movimiento social de izquierdas y permite al fundamentalismo islámico canalizar las reacciones. Cuando el imperialismo se traduce en guerras para el control del petróleo, las resistencias toman caracteres muy violentos, como se ve en Irak y Afganistán, pero sin desembocar en un proyecto político postcapitalista.

Finalmente, la arrogancia de Estados Unidos frente a los países latinoamericanos desempeñó un papel no despreciable. En una gran parte de estos países se habla de “la embajada”, lo que significa que solamente existe una y que ella constituye un verdadero actor político en la vida interior de los países. Eso ha sido un factor de aceleración de una toma de conciencia de la significación del imperialismo y la alianza entre lo político y lo económico. Sin embargo, la dificultad de reacción frente a la nueva situación política del continente está probablemente ligada al hecho de haberse enredado en Oriente Próximo.

Hay también razones sociales para la resistencia al neoliberalismo. Después de la ola de ensayos revolucionarios, que en la mayoría de los países no tuvieron éxito político, se desarrollaron movimientos sociales de nuevo tipo. Se manifestó de manera muy clara con el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001. Tal vez por su origen en el continente, la influencia de los foros mundiales (cinco de siete), continentales (el Foro de las Américas), locales y temáticos (Amazonia), ayudó al desarrollo de una conciencia colectiva de resistencia al neoliberalismo más aguda en Latinoamérica que en otros continentes.

Razones ideológicas y culturales permiten también entender la diferencia de reacciones contra el neoliberalismo. Varios factores han podido actuar en este sentido. Las ideas de la Revolución Francesa han influido en la cultura política latinoamericana mucho más que en otros continentes. Eso se nota no solamente en el pensamiento de los varios “libertadores” del siglo XIX, sino también en el último perido de ola neoliberal, donde a pesar de los “valores” contradictorios que se introdujeron, nunca este espíritu ha sido totalmente eliminado.

La corriente marxista humanista ha sido también una característica latinoamericana. Se puede hablar de un marxismo criollo, en el sentido de que dentro del pensamiento crítico del continente, el marxismo ha sido un elemento evidentemente central, pero siempre con aportaciones locales directas o indirectas. Podemos pensar en Martí, en el socialismo cubano y en muchos otros. Eso tal vez puede explicar el hecho de que la caída el Muro de Berlín no ha tenido el mismo impacto intelectual que, por ejemplo, en Europa, y se ha mantenido viva una referencia marxista a pesar de la ofensiva ideológica neoliberal.

Un factor geográficamente delimitado, pero de gran importancia, fue el renacimiento de los movimientos indígenas, que empezaron desde finales de los años 1990 a ir más allá de la búsqueda identitaria y a luchar por su supervivencia económica. El nacimiento del Zapatismo en México o la combatividad de los movimientos indígenas en Bolivia y Ecuador son ejemplos ilustrativos importantes.

Finalmente, el desarrollo de la Teología de la Liberación, junto con las Iglesias de base, ha tenido un lugar cultural notable. Eso permitió el desarrollo de actitudes críticas y de compromisos políticos de los cristianos, con un apoyo intelectual y, durante un cierto tiempo, institucional, que ha tenido verdadero impacto en la cultura crítica del continente y en la constitución de movimientos sociales y políticos.

Se puede así concluir que el continente latinoamericano ha sido más sensible al neoliberalismo que los continentes asiático y africano, por razones objetivas y subjetivas. Es evidente que en Asia las diferencias sociales fueron ampliamente acentuadas por las políticas neoliberales, pero la idea de que un día el conjunto del pueblo iba a poder acceder al nivel de consumo de los 20% más ricos es todavía muy vigente. La única excepción es Filipinas, muy similar, desde hace varios siglos, al modelo latinoamericano.

En América Latina la conciencia de lo que es el modelo neoliberal es más amplia que en el continente africano y en el mundo árabe por las razones ya explicadas. Estas son las hipótesis que pueden acercarnos a la respuesta a la interrogante : ¿por qué en América Latina ?

II. El contexto histórico

Siempre es muy difícil caracterizar el continente como un conjunto. Lo único que se puede señalar, son las grandes corrientes que afectan, de una manera u otra, a todos los países del hemisferio. En este sentido se pueden recordar tres periodos principales.

El primero es el proyecto desarrollista cepalino. El principal pensador de esta orientación fue Raúl Prebisch, quien, después de la II Guerra Mundial, propuso el modelo de sustitución de las importaciones por una producción local. El proyecto se apoyaba en pactos sociales entre sectores capitalistas y la parte organizada de los trabajadores. De hecho el mundo campesino estaba poco presente en estas perspectivas, aunque sí teóricamente se preveían reformas agrarias. Desde un punto de vista político, fue también el período de algunos regímenes de tipo “populista”, en particular en el Cono Sur. Muy rápidamente tal proyecto fracasó por el peso financiero de la transferencia de conocimientos y de tecnologías.

Un segundo periodo, con fechas muy diversas según los países, fue la integración progresiva a la economía mundial, con la penetración del capital extranjero ; en particular, de multinacionales en los sectores de las materias primas y del agrobusiness. Regímenes dictatoriales acompañaron esta orientación económica, destruyeron los movimientos sociales y, en particular, lucharon contra los movimientos revolucionarios de tipo nacionalista, rural o urbano.

El último periodo se caracteriza por el neoliberalismo. La apertura generalizada de los mercados promovida por lo que se ha llamado el Consenso de Washington fue apoyada por las organizaciones financieras internacionales, en particular el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el FMI. Este modelo empezó a finales de los años 1970, para generalizarse durante las décadas de 1980 y 1990.

Desde el punto de vista económico, el neoliberalismo significó para el continente en general, con pocas excepciones, una reducción relativa del crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB), y una serie de crisis financieras. Hubo también una gran ola de privatizaciones, en ciertos países equivalentes a una verdadera piratería, en favor de intereses capitalistas, en gran parte extranjeros. Los salarios reales bajaron, muy a menudo en una escala más alta que en los países de fuerte industrialización. El desempleo aumentó en las zonas industriales y la urbanización salvaje se aceleró, especialmente hacia las grandes metrópolis, debido al subdesarrollo rural.

La consecuencia fue un aumento drástico de la pobreza. En el año 2000, había 224 millones de pobres (menos de dos dólares al día) y entre ellos 100 millones de personas viviendo, según los cálculos del Banco Mundial, en la extrema pobreza, es decir, con menos de un dólar al día. Hubo 30 millones de pobres adicionales, si se compara con 1990. Otro factor es el aumento de las migraciones, especialmente en ciertas regiones de México, de América Central y del Caribe hacia EEUU ; migraciones internas entre Nicaragua y Costa Rica ; migraciones de ecuatorianos, colombianos y bolivianos hacia Europa. En las regiones del narcotráfico, los campesinos que cultivan la coca para la producción de cocaína viven en zonas de depresión económica y generalmente de destrucción de sus cultivos tradicionales. En otras, como en Argentina, Brasil o Colombia, el monocultivo de soja, eucalipto, palma, etc. ha sido causa, no solamente de destrucción ecológica de las selvas originales, sino también de expulsión de poblaciones locales.

Entre un 15 y un 20% de la población, según los países, gozan de un desarrollo económico espectacular y tienen un poder adquisitivo en aumento, que se dirige en gran parte hacia bienes y servicios sofisticados producidos en el exterior.

Desde un punto de vista político, las nuevas democracias que reemplazaron los regímenes militares o dictatoriales, se desarrollaron dentro de una impunidad jurídica de los actores políticos precedentes y con una crisis profunda de la democracia representativa. El conjunto de estos factores provocó un declive real de la credibilidad de las instituciones políticas tradicionales, aún las que fueron fruto de movimientos sociales, como en Brasil, Nicaragua y Uruguay.

III. La relación entre los movimientos sociales y las nuevas izquierdas políticas

Es innegable que desde el principio del nuevo siglo, se construyó un proceso dialéctico nuevo en las relaciones entre los movimientos sociales y los partidos políticos. Evidentemente, el contexto histórico y la tradición política de cada país influyen sobre las formas de este proceso. Se trata de actores en interacciones y, por consiguiente, de ninguna manera de un proceso lineal.

Los movimientos sociales

Durante el periodo neoliberal se produjo un cierto agotamiento de los movimientos sociales tradicionales. Esto no es únicamente típico del continente latinoamericano, sino un hecho generalizado en el resto del mundo. Los movimientos obreros fueron afectados por las políticas neoliberales, que implicaban una ofensiva contra el trabajo, a fin de reanimar la acumulación del capital. Se desarrollaron en muchos países del continente zonas francas, con grandes obstáculos para la existencia de sindicatos ; el gran despliegue del sector informal, que constituyó una dificultad para la organización social, tanto como el aumento del desempleo y la represión contra líderes de los movimientos obreros, tuvo efectos muy negativos sobre su fuerza de contrapeso.

Lo mismo vale para los movimientos campesinos, que encontraron grandes oposiciones, y a veces represiones violentas, que impidieron el logro de las reformas agrarias proyectadas. Solamente en algunos países, como en Brasil, los campesinos poseen una cierta fuerza organizativa. Los movimientos estudiantiles, por su parte, perdieron también su impacto, pues este grupo social estaba fundamentalmente preocupado por su integración en el mercado neoliberal, sin hablar de su fragmentación ideológica. Se debe, sin embargo, señalar un hecho nuevo, la reacción de los estudiantes de escuelas segundarias en Chile contra las consecuencias de un neoliberalismo exacerbado.

Sin embargo, en los últimos 25 años han aparecido nuevos movimientos sociales que se han desarrollado entre indígenas, mujeres, ecologistas, descendientes de africanos. Su característica es precisamente su heterogeneidad, y su definición de nuevos objetivos como la dignidad, las exigencias democráticas y el bienestar.

Vale la pena mencionar a los movimientos indígenas. La celebración del 500 aniversario de la conquista fue una oportunidad para ampliar la conciencia indígena. A partir de este momento, que se corresponde con la aceleración neoliberal, asistimos a una salida de la clandestinidad o de la semiclandestinidad, de las culturas, las lenguas, las religiones indígenas. Eso se traduce también por contactos más generalizados entre indígenas de América en su conjunto. La primera Asamblea de los Pueblos tuvo lugar en 1998 en Santiago de Chile, seguida por la reunión de Quebec en el año 2002.
Los indígenas organizan movimientos de presión, no solamente para la defensa de su identidad, lo que fue una lucha de más de 500 años, sino también contra la pérdida de sus medios de supervivencia. Ya en 1997, hubo en Belo Horizonte, Brasil, una reunión de los pueblos indígenas contra el Consenso de Washington. Pero el hecho más significativo fue el inicio de la acción armada del movimiento zapatista, en Chiapas, el 1 de enero de 1994, que coincidía con la inauguración del Tratado de Libre Comercio con EEUU y Canadá. Se trataba de la reivindicación de un crecimiento económico y cultural de las poblaciones indígenas empobrecidas en zonas con muchos recursos naturales, y también de un deseo de reconstruir por la base el sistema político.

Además, durante las décadas de 1990 y de 2000, hubo un gran número de alianzas y de acciones comunes entre varios movimientos sociales. Podemos señalar, por ejemplo, la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), que reúne a los movimientos campesinos del continente. En el año 2004, los movimientos indígenas de Centroamérica se encontraron para oponerse al Plan Puebla-Panamá. En Quito, antes del Foro de las Américas, en 2005, tuvo lugar la Cumbre de los Pueblos Indígenas. En Centroamérica, se organizó en San Salvador el Foro Centroamericano. Recordemos también los cuatro millones de firmas que recogió la acción contra el ALCA en Brasil y las marchas en 2004 y 2005 en ocasión del Foro Social Mundial de Porto- Alegre, la última con más de 200 000 personas. La resistencia política al proyecto estadounidense se manifestó en Mar del Plata en 2006 cuando cinco países votaron en contra ; entre ellos, Argentina, Brasil y Venezuela, apoyados en la ola de resistencia popular empujada por los movimientos sociales.

Finalmente, la organización de los Foros Sociales Mundiales continentales, nacionales y temáticos que tuvieron lugar en Latinoamérica, reforzaron la colaboración entre varios sectores de la población, como resistencia contra los efectos del neoliberalismo.

Las resistencias culturales

Solamente queremos aludir al aspecto cultural de las resistencias, en particular en el mundo del arte y de la religión, aunque evidentemente no se puede identificar la cultura solamente con estas expresiones. En los medios populares existe un sinnúmero de reacciones culturales que afirman valores propios y formas de resistencia. Sin embargo, no se puede olvidar la producción cultural en tanto acción específica en el panorama de las resistencias a la destrucción social y ecológica de los pueblos del continente. América Latina ha sido un lugar de gran exuberancia cultural. En el plano literario, autores como Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal y muchos otros han desempeñado un gran papel. La obra del pintor Guayasamín, las canciones de Chico Buarte, de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Carlos Mejía Godoy, y de centenares de otros cantautores y músicos ; y en el cine, las producciones de Bolivia, Argentina, México, Cuba y Brasil, fueron también canales importantes de concienciación social.

En el plano religioso, a pesar de la represión eclesiástica y política, las corrientes de la Teología de la Liberación e Iglesias de base todavía existen y tienen sus expresiones y su impacto.

Las “izquierdas” políticas

Evidentemente es imposible hablar de manera general de las “izquierdas” del continente. Cada país tiene sus características específicas. Sin embargo, se puede observar, tanto algunas tendencias similares como diferencias significativas, que dan lugar a reflexiones interesantes en el ámbito de las Ciencias Sociales.

Varios regímenes políticos nuevos son el fruto de la convergencia de movimientos sociales. Es el caso del PT, en Brasil ; del MAS, en Bolivia ; y de la nueva coyuntura política de Ecuador. Es evidente que existen diferencias frente a la conquista o frente a la gerencia de los poderes del Estado. En Brasil, Uruguay y Nicaragua, el proceso electoral clásico ha permitido el ejercicio del poder Ejecutivo y legislativo según los mecanismos habituales de la democracia representativa. En otros países, como Ecuador y Bolivia, la reforma constitucional ha sido necesaria para cumplir con el proceso de transformación social y ha exigido medidas excepcionales.

En Venezuela, el proceso electoral permitió ganar las elecciones y formar un Gobierno, pero no hacer funcionar el Estado con la Administración aún de manera significativa en manos de funcionarios contrarios al proceso. Por eso se organizó un Estado paralelo, utilizando las diversas “misiones” para la alfabetización, la salud, la economía popular, la reforma agraria, la democracia participativa. Es la misma preocupación que presidió la propuesta de unir en un solo partido las fuerzas de izquierda (y no de crear un partido único, como quiere hacer creer la oposición y varios grandes medios de comunicación).

Como sabemos, el movimiento Zapatista tiene una posición bien diferente sobre el ejercicio del poder político. Se trata de reconstruirlo desde abajo y no de ganar a nivel nacional un poder que no será capaz de cumplir con las políticas necesarias. Por eso, el subcomandante Marcos propuso la abstención en las elecciones presidenciales de 2006 e inició su “otra campaña”.

En Cuba, la Revolución socialista, que tiene más de cuatro décadas de existencia y ha podido sobrevivir, tanto al embargo de los Estados Unidos y al aislamiento político occidental, como a la caída del bloque socialista europeo, funciona con un partido único. Este tipo de gestión del Estado, que tiene un grado de flexibilidad interna mayor de lo que se dice generalmente, parece hoy más ligado al temor a la manipulación política por parte de Estados Unidos (como en los casos de Nicaragua o del Salvador), que a una doctrina política. La existencia de una Cuba revolucionaria durante casi medio siglo ha sido un factor clave en el despliegue de la transformación política del continente.

Las posiciones políticas frente al sistema económico son también muy diferentes. Lula, en Brasil, adoptó una política económica de continuidad con la orientación neoliberal de Fernando Enrique Cardoso (más a la derecha, según este último) : pago del servicio de la deuda externa, independencia del banco central, proclive al agrobusiness, etc. Su característica propia es el desarrollo de programas de ayuda social elaborados y eficaces, pero sin cambio real del modelo económico.

Venezuela, Bolivia y Ecuador desarrollaron políticas de recuperación del control sobre sus recursos naturales. Sin embargo, por necesidades técnicas no están en capacidad de distanciarse de una cierta dependencia de las multinacionales del petróleo y del gas, ni de reorientar fundamentalmente los flujos de estos recursos hacia el exterior, en particular, hacia EEUU. Nicaragua no se encuentra en capacidad de denunciar el TLC que lo vincula con EEUU. En Bolivia, el vicepresidente García Linera habla de la construcción de un “capitalismo andino-amazónico” para calificar el proyecto actual del país.

Aun en Cuba, el fin del “periodo especial”, después de la caída de la URSS, exigió el establecimiento de una doble moneda, la apertura al capital extranjero y el desarrollo del turismo internacional con fuertes inversiones europeas. El carácter positivo de los índices macroeconómicos desde 2005, en gran parte gracias a la cooperación con Venezuela, se traduce poco en la vida cotidiana de los ciudadanos (con excepción del fin de los apagones), porque el retraso de las inversiones públicas y las dificultades de la agricultura absorben el superávit.

En todo el continente, tanto las resistencias como las nuevas iniciativas están todavía acondicionadas por la agenda del proyecto neoliberal, pero se manifiestan también en verdaderos esfuerzos por una nueva integración.

Los proyectos de integración

Desde hace más de tres décadas existen proyectos regionales de colaboración económica, como el Mercado Común Centroamericano, varias alianzas en el Caribe y entre los países andinos, y también acuerdos bi o trilaterales. Sin embargo, los nuevos proyectos tienen características propias. El Mercosur que ha salido de un cierto letargo incluye ahora a Venezuela y se presenta como una de las alternativas al ALCA. Venezuela ha dado nuevos pasos : Petrocaribe, que implica el abastecimiento de petróleo a precios ventajosos con facilidad de pago para 11 países ; Petrosur, que une a Venezuela, Brasil y Argentina para la industria del petróleo y del gas ; proyectos de oleoductos y gaseoductos, entre Venezuela y Panamá, y hacia el sur, etc. En 2007, tuvo lugar la segunda Cumbre Energética en la isla venezolana de Margarita.

Se firmó en 2007 un acuerdo para la constitución del Banco del Sur (Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Venezuela) con el fin de realizar una autonomía financiera, y finalmente el ALBA, que prevé varias formas de integración económica, social y cultural, y también una participación de los movimientos sociales. La realización de TeleSur se inscribe en esta lógica, y la idea de Evo Morales de construir la Alianza Latinoamericana en las áreas del hábitat, la alimentación, el empleo y la salud corresponde a la misma preocupación. Acuerdos de cooperación cultural entre Cuba, Venezuela y Bolivia incluyen, entre otros, los programas de alfabetización. La Operación Milagro iniciada conjuntamente por Venezuela y Cuba permite curar centenares de miles de enfermos de la vista, demasiado pobres para ser atendidos en sus países respectivos.

Lo que caracteriza estas nuevas iniciativas es que se sitúan al margen de los circuitos tradicionales del sistema capitalista y en particular fuera del control de las instituciones internacionales del neoliberalismo, como el Banco Mundial y el FMI. También ellas tienen una orientación antimperialista muy clara. 

 

Fuente :

La versión completa del texto publicado en este Cuaderno es parte de El camino de la utopía desde un mundo de incertidumbre, François Houtart, 2009 (Panamá : Ruth Casa Editorial-CLACSO).Texto originalmente presentado en Bruselas el 14 de abril de 2007.





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