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El compromiso histórico como estrategia

Par Lucio Magri  |  5 janvier 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Alentado por estos primeros éxitos parciales, Berlinguer decidió que podía y que se debía elaborar y ofrecer, al partido y al país, una propuesta política orgánica y de largo alcance. Y así lo hizo publicando en Rinascita un ensayo, en tres entregas, al que confería el valor de una plataforma estratégica, y en efecto, se atuvo a este a lo largo de los años setenta. Dicho ensayo convenció e involucró a todo el grupo dirigente del PCI, sin objeciones, salvo las de Longo ; y la base del partido, tras algún desconcierto, lo asumió y se esforzó en apoyarlo.

Incluso quienes más tarde mostraron perplejidad a propósito de las decisiones que la ponían en práctica (Ingrao y Natta, por ejemplo), no protestaron por la implantación de esa propuesta política. Incluso cuando el mismo Berlinguer, varios años después, constatando con arrojo la insostenibilidad y los deficientes resultados, asumió la responsabilidad de modificarla profundamente, encontrando no pocas resistencias. Merece pues, un atento análisis. Yo lo he releído y meditado recientemente, preparado para volver a cambiar de opinión a propósito de la crítica rotunda que expresé por entonces. Aún así, no he encontrado razones para corregirla, antes al contrario, me ha parecido más justificada : lo que sobrevino no ha sido casual, provocado por acontecimientos imprevisibles, derivado de errores tácticos o responsabilidad de sujetos hostiles ; antes bien, ella ha contribuido a acelerar y agravar tanto la derrota como sus consecuencias. La debilidad y las contradicciones de aquel proyecto político están bien a la vista, hoy más que nunca, en su formulación de partida. Y me esfuerzo en demostrarlo.

La primera entrega del ensayo estaba dedicada casi por completo a la trágica circunstancia chilena, que en aquel momento turbaba el ánimo de cada compañero, a fin de sacar una lección. La sola elección de esa premisa era discutible, y la reconstrucción de los hechos estaba, conscientemente o no, plegada al apoyo inadecuado de una salida política. Era indudable que en el desastre chileno habían pesado debilidades o decisiones ingenuas de Allende y sus compañeros. Allende se había convertido en presidente —y presidente quería decir directo responsable del gobierno de Chile— de manera irreprochable desde el punto de vista constitucional, es decir, mediante el voto popular, ampliamente mayoritario, si bien con solo el 39% de los votos. Tenía enfrente un Parlamento en el cual disponía de una mayoría ocasional y que, más que apoyarlo, lo torpedeaba. Es igualmente cierto que sus intenciones y sus medidas no tenían en absoluto un carácter revolucionario, se centraban en contra de los poderes ávidos (monopolios extranjeros impuestos hacía tiempo y siempre depredadores) y oligarquías agrarias insoportables ; aun así, detrás de esos fuertes intereses, había otros aún más fuertes, internacionales, y, sobre todo, Chile formaba parte de una región del mundo semicolonial, en la que la totalidad de los equilibrios estaban amenazados en ese momento. El ejército había renovado su fidelidad a la Constitución ; aun así, era una casta separada, formada en Estados Unidos. Los riesgos de un contraataque reaccionario eran por tanto reales. Probablemente Allende los había subestimado, también, porque una parte de los que lo apoyaban en la izquierda lo presionaban para ir más allá y más deprisa. Era, de todas formas, igualmente cierto que no le faltaba apoyo popular, antes al contrario, crecía, intelectuales y técnicos llegaban desde toda América Latina para ayudarlo, los partidos de la oposición estaban divididos, carecían de una base de masas, a pesar de que, precisamente por este motivo, gran parte de la población permanecía despolitizada y oscilante. Y, en efecto, a Allende no lo derrocó ni una coalición parlamentaria, ni movilizaciones populares. Primero lo desgastó un caos económico organizado intencionalmente desde el exterior, luego las jacquerías empresariales igualmente manipuladas por terceros. Y al final, puesto que todo esto no era suficiente, un golpe de estado militar, sugerido y financiado por los EEUU, que puso en marcha una represión gigantesca y sanguinaria y concluyó con un gobierno despótico y duradero. El mismo Berlinguer, en su escrito, reconocía tal dinámica con palabras graves : “Los caracteres del imperialismo, particularmente el estadounidense, son los del abuso, el espíritu de agresión y conquista, la tendencia a la opresión de los pueblos cada vez que las circunstancias lo sugieren”. Aun así, ¿cómo habría podido bastar para impedirlo, tal como él sugería, “una mejor relación” con una parte de la DC chilena, impotente y a menudo cómplice ? Y, sobre todo, ¿existían o podían crearse las condiciones para ejercer ese tipo de amenaza en Italia, y en Europa, en donde precisamente por entonces volvían al poder, al menos formalmente, las instituciones democráticas (Grecia, Portugal) y en un momento en el que Estados Unidos estaba paralizado por la guerra vietnamita que estaba perdiendo ? Es verdad que también entre nosotros había una crisis económica y política, pero de un tipo por completo diferente y mucho más controlable. Asumir la experiencia chilena como un ejemplo, tal como se había hecho en su tiempo con el caso griego, no era solamente forzar las cosas, sino que además era un desvarío. Un obstáculo para comprender tanto otras dificultades reales con las cuales sacar cuentas, como la posibilidad de cambio que la situación brindaba. El indicio de una incertidumbre en el análisis que a la larga se habría de reflejar en una incertidumbre de la propuesta.

En la segunda entrega del ensayo, en la que aborda de pleno el tema de la situación italiana y del objetivo de fase a seguir que el PCI se proponía, Berlinguer mismo cambia de tono y aumenta su apuesta. Aquí, durante una buena parte, su razonamiento era coherente, bien argumentado y por este motivo puede sintetizarse sin correr el riesgo de alterarlo. Italia –afirmaba– atraviesa una etapa de crisis profunda y crucial : crisis del sistema económico, que después de un largo periodo de expansión ya no es capaz de garantizarlo ; crisis de los equilibrios sociales, que en consecuencia ya no podían extender el bienestar, ni redistribuirlo de manera ecuánime con la sola presión sindical ; crisis de las instituciones, paralizadas por los corporativismos y a menudo contaminadas por la corrupción o por poderes ocultos ; crisis del sistema político, casi desprovisto de mayorías estables y de capacidad de gobierno. En todo esto reaparecían los viejos atrasos de la sociedad italiana y se manifestaban nuevas contradicciones, propias del tipo de modernización del capitalismo italiano y del capitalismo en general. Aun así, era posible también ver el producto de grandes luchas, defensivas y ofensivas que habían contrarrestado ese sistema, conquistado nuevos derechos, afirmado nuevos valores, nuevos sujetos sociales, nuevas situaciones ; en sustancia, nuevas correlaciones de fuerza en Italia y en el mundo. Si una crisis tal se hubiese enroscado sobre sí misma, si hubiese quedado en manos de una clase dirigente en busca de una restauración, habría puesto en riesgo la propia democracia. A fin de evitarlo, era necesario y posible un cambio profundo de dirección en el gobierno del país, en sus orientaciones programáticas, en el equilibrio del poder. Para aclarar lo que entendía por “cambio de dirección”, Berlinguer agregaba dos cosas. Primero, que “se necesitan reformas estructurales orientadas hacia el socialismo” : una segunda etapa de la democracia progresiva. En segundo lugar (citando a Togliatti y a Longo), que “es erróneo identificar la vía democrática con el parlamentarismo : el Parlamento sólo puede llevar a cabo su cometido si la iniciativa parlamentaria de los partidos del movimiento obrero está vinculada a las luchas de masa y al crecimiento de un poder democrático en la sociedad y en todos los sectores del Estado”. E incluso cuando recalcaba la necesidad de recoger, en apoyo del cambio de dirección, una mayoría de la población, y a tal fin un encuentro entre masas comunistas, socialistas, católicas, citaba en orden : la unidad de la clase obrera respetando la diversidad de papeles y tradiciones culturales ; la alianza de una clase media no cualquiera, sino su sector progresista y liberado del corporativismo ; por último mujeres, jóvenes, intelectuales, esto es, nuevos sujetos surgidos en la lucha.

Hasta este punto el discurso se presentaba no solo coherente con respecto a la identidad histórica del comunismo italiano, sino que asumía un carácter claramente de ofensiva. La única crítica que se le podía dirigir —y que entonces le dirigí— concernía al carácter demasiado sumario en el análisis de la crisis y de la situación mundial (en particular la situación del movimiento comunista mundial) ; más todavía por la ausencia de una valoración sobre el estado real del movimiento de masas, y de toda prioridad programática concreta que sirviese como atenuante para medir el cambio de dirección. No se trata de una crítica irrelevante, pues dichas reticencias dejaron las manos demasiado libres en el momento de establecer una relación entre estrategia y táctica, entre alianzas y contenidos. En la tercera entrega del ensayo, Berlinguer trataba precisamente de completar la exposición de su proyecto indicando, en términos más precisos, cómo y a partir de dónde tendría que partir. Pero justo aquí surgieron de inmediato las contradicciones que le cambiaban el sentido, y comprometían tanto la lógica como el realismo. El eje que sostenía esa última parte estaba sintetizado en una frase que después se hizo famosa. “No se puede gobernar y transformar un país con una mayoría del 51%”. Tomada en su conjunto, y leída a la luz de todo lo que la precedía, dicha afirmación era incontestable. No se puede, en efecto, “gobernar y trasformar” un país social, territorial y culturalmente complejo respetando la Constitución, si no se dispone, también en el Parlamento, de fuerza suficiente para deliberar y gestionar reformas profundas, que tocan extensos intereses o hábitos enraizados, y de un lapso de tiempo lo suficientemente largo para que tales reformas produzcan los efectos deseados. Incontestable pero ambigua. Porque, ¿qué sucede, y qué se hace si no existe aún una fuerza semejante, si hay un vacío de gobierno, y una crisis peligrosa apremia ? ¿Se permanece en la oposición, esperando que la crisis por sí misma produzca las condiciones de un verdadero cambio de dirección y trabaje para construirlo ? ¿O, contrariamente, se separa el binomio gobierno-transformación y, por lo menos al inicio, se acepta la participación en una mayoría heterogénea, sobre la base de un programa mínimo, cuya actuación resulta incierta, aplazando para un segundo tiempo un verdadero cambio de rumbo, en la esperanza de que la dinámica de la colaboración y los avances producidos por ésta en la conciencia de masa permitan metas más avanzadas, y conquistando al menos, mientras tanto, una legitimación como fuerza de gobierno ? Es evidente que no se trataba de una decisión abstractamente de principio, e igualmente que no se trataba tan solo de una táctica adaptable gradualmente según la conveniencia. Era una elección estratégica para tomar decisiones anticipadamente, sobre la base de un análisis concreto, en una fase históricamente determinada.

Togliatti, por ejemplo, escogió anticipadamente la participación en gobiernos de unidad nacional y aceptó incluso una versión quizá más moderada de lo necesario. A pesar de todo, lo hizo sobre la base de una valoración de las relaciones de fuerza en un país que salía del fascismo, que había perdido recientemente la guerra, tenía los ejércitos occidentales en casa, y quizá esperando que la unidad de los grandes países vencedores durase un poco más. No obstante, lo hizo sobre todo porque pensaba que la acción inmediata de gobierno, para la cual, por lo demás, estaban disponibles todas las fuerzas de la Resistencia, no era el punto esencial. Era esencial, en cambio, la conquista de la República y sobre todo de una Carta Magna avanzada y compartida. Y eso lo obtuvo incluso con el aporte de los Dossetti, de los Lazzatti, de los La Pira. Un “compromiso histórico” había tenido lugar, y nosotros estamos todavía hoy defendiéndolo del desmantelamiento.

No era ésta, a pesar de todo, la situación de los años 1970. Ya fuese la crisis económica, ya fuese el conflicto social, no podían encontrar una solución “más adelante” separando “gobierno” de “transformación”. Y, en efecto, Berlinguer había apenas acabado de escribirlo, cuando ya proponía un “cambio de dirección en la sociedad y en el Estado”. Aun así, aceptando, como se disponía a hacerlo, una separación de los tiempos, o lo que es lo mismo, la hipótesis de una fase de transición que abriese el camino a metas más ambiciosas, ¿era posible tal hipótesis, y cuáles eran las condiciones ? El tema central, en este caso, pasaba a ser el de las fuerzas políticas y su disponibilidad y a partir de ahí, de hecho, se movió la atención de la ultima parte del ensayo que tenía muchos rasgos de aquellos “reinos imaginarios” que hasta el mismo Berlinguer detestaba. Era “imaginario”, ante todo, dar por descontada la unidad de la izquierda, a la cual dedicaba, no casualmente, sólo una breve mención. La unidad con el PSI se había roto hacía ya más de diez años en el plano político, la unidad había estado amenazada también en el sindicato y en las administraciones locales, podía reconstruirse en los años 1970, pero con un trabajo paciente y de resultado incierto. Esto, claro, a condición de no alimentar, mediante una relación preferencial con la DC la sospecha de que se quisiese degradar al PSI a un papel marginal y subalterno. No era menos imaginario considerar que la extrema izquierda no era ya influyente y sí fácilmente controlable. Era indudable que estaba desorientada y dispersa, aunque precisamente de su crisis brotaba cualquier disponibilidad a una confrontación (por ejemplo, cito el interesante intento del nacimiento del PDU P, el Partido de Unidad Proletaria, y de la reflexión en Avanguardia Operaia [Vanguardia Obrera] o en el MLS, el Movimiento de trabajadores para el socialismo). Existía aún, sobre todo, desorganizada aunque extendida, una amplia área juvenil formada en 1968 y 1970, que había dado muchos votos al PCI como única formación parlamentaria de oposición, pero que no se había en absoluto rendido, y que habría reaccionado en contra de gobiernos de amplia coalición y de bajo perfil de las maneras más impredecibles, aunque seguramente no con simpatía.

La hipótesis de una mayoría de gobierno que incluyese al PCI en tiempos razonablemente breves se fundaba, por tanto, esencialmente sobre una entente directa entre los dos partidos mayores, la DC y el PCI. Aquí lo imaginario prevalecía aún más, pero era contradicho por una reconocida evidencia. De hecho, un mes antes, la misma Rinascita había publicado en forma de suplemento un número especial de Contemporáneo, dedicado precisamente al análisis de la DC. Allí intervenían algunos de los dirigentes más acreditados, como Chiaromonte y Natta, junto con algunos especialistas como Accornero y Chiarante. Releyéndolo, impresiona una cosa : desde diferentes perspectivas todos convergían en drásticos análisis. La DC era ya diferente, decían, de la originaria. Menos clerical y a la vez menos religiosa. Fuertemente enraizada en la sociedad a través de diferentes canales clientelistas, protecciones sociales, ejercicio prudente del poder, apoyo a las empresas, presentándose como garantía de estabilidad económica y administración experimentada del gasto público. En síntesis, un partido-Estado construido en treinta años, capaz de mediaciones. Por ello estaba crónicamente dividido en diferentes corrientes organizadas, cada una de las cuales tenía relaciones orgánicas con ciertos grupos, ciertos territorios, ciertos sectores del aparato estatal y de las empresas públicas, pero fuertemente unido por la necesidad de mantener su supremacía. Su fuerza principal radicaba en la expansión económica de la cual podía hacer alarde, a la que había contribuido y cuyas ventajas sabía distribuir con sabiduría.

Esto no significaba que la DC fuese una fortaleza inexpugnable e impenetrable. El declive del desarrollo económico hacía, en efecto, también para ella más estrechos los márgenes para mediar entre los intereses que representaba. El ciclo de luchas obreras había incidido claramente en las posiciones y los comportamientos de grandes organizaciones sociales que estaban tradicionalmente de parte suya, como la CI SL y las ACLI (incluso el mundo campesino, sometido a la presión de la industria agroalimentaria y a los inicuos acuerdos impuestos por los mayores países europeos, escapaba del control total de la Coldiretti y de la Federconsorz) (1). La alianza parlamentaria centrista ahora resquebrajada y los cada vez más recurrentes intentos de socorrerla mediante acuerdos provisionales y por debajo de la mesa con la extrema derecha, encendían tensiones en su interior en lugar de ofrecer una solución. Sobre todo el giro marcado por el Concilio, actuaba en las experiencias de la iglesia de base y creaba algún reflejo incluso entre muchos intelectuales cercanos a su cúpula. En una convención casi desconocida pero desafiante (en Lucca, ya en 1967), desde diferentes ángulos, Ardigo y Del Noce habían lanzado la pregunta : “La gente sencilla se dice : como es posible que después de décadas de gobierno de un partido católico, la huella cristiana de la sociedad declina ?”. Y, de todos modos, el rechazo de una verdadera entente con el Partido Comunista, que había llegado a ser más fuerte y estaba considerado como menos amenazante, quedaba como algo inmotivado e intransigente, precisamente porque dicha fuerza por sí misma podía poner en tela de juicio al partido-Estado, amenazar su supremacía en el ejercicio del poder, que constituía su verdadero aglutinante. En efecto, esa entente no se produjo. Y jamás se hubiese podido realizar sin atravesar una crisis y sin una ruptura de la DC, que liberase fuerzas prisioneras en su interior.

De tal evidencia, no obstante, Berlinguer y el grupo dirigente del PCI rechazó tomar nota y sacar, aunque fuese a su manera, las consecuencias. En cambio, se iba convenciendo de que solamente mediante un desplazamiento global y gradual de la DC, mediante una experiencia común de gobierno, podría nacer un encuentro entre masas comunistas, socialistas y católicas. Berlinguer, al final de su ensayo, capeó por tanto el problema con un sofisma y escribió : “La DC no es una realidad metafísica, sino un sujeto histórico cambiante, ha nacido en oposición al viejo Estado liberal y conservador, ha sido arrasada por el fascismo, luego ha participado en la guerra de liberación, ha contribuido en la redacción de la Constitución, después ha participado en la Guerra Fría en la parte opuesta a la nuestra incluso de las peores maneras. Hoy puede cambiar de nuevo y nos corresponde a nosotros ayudarla u obligarla a hacerlo”.

Concluyó pues su reflexión con una propuesta laboriosa y reconciliadora para el gobierno del país : un “nuevo gran compromiso histórico” del cual los dos mayores partidos eran los protagonistas naturales. En qué consistiría el compromiso, y cómo podría llegar a ser “histórico”, quedaba obviamente como algo bastante misterioso. A mí no me queda claro el porqué de tal riesgo. Quizá él creía realmente haber encontrado una salida en una situación tan difícil y complicada. Quizá pensaba estar protegido de los riesgos que esto implicaba por un exceso de confianza en la fuerza de impulso y en la solidez de los principios del propio partido. Más probablemente, y una cosa no excluye a la otra, no preveía encontrarse tan pronto ante una salida que no estaba aún madura, ni ante ofertas democristianas tan mezquinas, y sobrevaloraba la extraordinaria habilidad de Moro en el decir y no decir, en el prometer y el aplazar. De hecho, más que encontrar una solución había metido la mano en un cepo, del cual se habría retirado demasiado tarde.

 

(1) Coldiretti : organización de empresarios agrícolas. Federconsorzi : Federación italiana de Consorcios Agrarios, órgano fundamental de la política agrícola estatal (N. de T.)

 


 

CUADERNOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO LATINOAMERICANO

 

Lucio Magri fue uno de los principales dirigentes de la izquierda italiana y, al mismo tiempo, uno de sus más destacados intelectuales. De muy joven fue promovido a cargos importantes de dirección cuando el entonces Secretario General del Partido Comunista Italiano, Palmito Togliatti, deseaba rejuvenecer los cuadros del Partido, impulsando una nueva generación de dirigentes.

Junto con Rossana Rossanda y Luciana Castellina, entre otros, Magri constituyó un grupo crítico de izquierda a la política del PCI, especialmente cuando Enrico Berlinguer –que sucedió a Togliatti en la dirección del Partido– promovió la política del compromiso histórico, que abandonaba la estrategia de la alianza comunista-socialista, concediendo un espacio fundamental a la Democracia Cristiana. El grupo salió del PCI y fundó el movimiento llamado Il Manifesto, que pasó a publicar el diario con el mismo nombre.

Más adelante, el grupo fue invitado por el propio Berlinguer para retornar al PCI, cuando el máximo dirigente del Partido se proponía hacer un giro a la izquierda. De vuelta al PCI, el grupo sufrió la muerte de Berlinguer un mes después de su retorno y acompañó el triste camino del PCI hacia su cambio de nombre y su disolución como partido comunista.

Magri fue partícipe de toda esa trayectoria, siendo el único dirigente que votó en contra del cambio de nombre del PCI [El otro dirigente con la misma posición, Pietro Ingrao, estaba de viaje]. Magri cuenta la tristeza de su salida del histórico edificio en la strada delle Boteghe Oscure, sede del PCI, caminando hacia su casa, en el mismo centro de Roma, con la sensación de que un periodo histórico se terminaba y que su vida se iba en ese pasado.

Desaparecido el Partido –considerado la memoria histórica del proletariado– Magri se propuso hacer una historia del comunismo italiano que, por el papel relevante que tuvo a escala internacional y por las estrechas relaciones con el movimiento comunista internacional, en parte cubre también la historia del movimiento internacional de los partidos comunistas y sus relaciones con la URSS.

En ese intervalo de tiempo, cuando se dedicaba a escribir el libro, enfermó Mara, su compañera de toda una vida. Un proceso doloroso de tres años hasta su muerte, para completar el cuadro de final de vida para Magri. Pensó en proceder como había hecho André Gorz, pero Mara le pidió que primero terminara su libro.

El Sastre de Ulm –del que presentamos un capítulo y que fue coeditado por CLACSO con la Editorial Prometeo– es una obra imprescindible para la comprensión de la historia de la izquierda a lo largo del siglo XX. En primer lugar, porque casi toda la bibliografía sobre los cambios radicales en las correlaciones de fuerza en el plano internacional y en cada país son generalmente de derecha, con sus valores y sus ópticas. Magri hace un balance desde la misma izquierda, con sus dilemas y alternativas.

En segundo lugar, porque la desaparición del partido comunista más grande de Occidente quedaría sin historia, incluyendo su triste final, en el caso de que alguien como Magri, con su trayectoria y capacidad de análisis, no hubiese asumido esa tarea.
En tercer lugar, porque retoma la dura tarea de hacer balances de las derrotas desde la misma izquierda, sin ninguna solución fácil del tipo –“yo siempre dije que iba a terminar mal”– o de la subestimación del tamaño de la derrota.

Su lectura puede ser útil al pensamiento crítico latinoamericano no sólo desde el punto de vista político, sino también desde el punto de vista teórico, de la articulación entre reflexión teórica y estrategias políticas.

Emir Sader - Secretario Ejecutivo CLACSO





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