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Cuando el mundo pasa a ser literatura

El gabinete del lector

Par Francisco Jarauta  |  26 octobre 2010     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En la tradición persa es frecuente encontrar miniaturas cuyo tema central es el lector o la lectura. Con la disposición gráfica que el género ilustrado da al tema podemos observar una serie de variaciones sobre este motivo. Dos son las más frecuentes. Una, la acción tiene lugar en suntuosos recintos palaciegos. Especie de gabinetes profusamente decorados y en los que todo se halla dispuesto para el tiempo del lector. Un preciso orden de las cosas, un tiempo sometido al ejercicio de la lectura sin nada más que lo perturbe. Unas veces, acompañan al lector otras personas, una mujer, que escucha y sigue el relato contado por el lector del libro. Se supone, porque se evidencia, que la mirada de quien escucha dibuja en el espacio del gabinete la historia en sus más precisos pormenores. El estado de quietud nos permite incluso imaginar la historia, a pesar de que no siempre se nos da a adivinar de qué texto se trata. Otras, el espacio es exterior y nos remite a un bellísimo jardín. Todos los elementos están detenidamente ilustrados, con colores vivos y con la fuerte capacidad sugestiva que las miniaturas persas dan a los detalles. Esta vez, la lectura transcurre en el espacio del jardín, que seguirá siendo metáfora dilatada del paraíso. Se trata de una tradición que recorrerá la iconografía medieval occidental, transportando al jardín, hortus, la experiencia de la lectura. Allí se anuncia un momento feliz y la lectura se nos presenta como un tiempo cercano al del placer. Todo discurre de manera agradable y se intuye la manera en la que la historia contada va ocupando el espacio del jardín. Narración y voz unidas dan lugar a aquella recreación de los hechos que sólo su leyenda había sostenido en los hilos frágiles de la memoria.

Pero hay una miniatura que nos sorprende especialmente dentro del rico repertorio relacionado con el tema de la lectura. De nuevo, un interior palaciego, en este caso sencillamente decorado. Un zócalo con motivos geométricos sugiere el carácter abierto y prolongado del espacio. Un pequeño diván, al estilo persa, ocupa el centro sobre el que se reclina el lector. No nos es dado conocer el libro, ni importa. Todo se centra en otro motivo que podríamos interpretar como los efectos de la lectura. El ilustrador ha ido dibujando uno a uno los diferentes personajes que ocupan el relato, situándolos en el interior del lector. Su cuerpo, vientre, se va poblando de todas aquellas figuras y personajes literarios que discurren en la historia contada y que ahora respiran en su interior, gracias a la magia que la lectura produce. El mundo pasa a ser literatura y ésta descansa en el espacio imaginario que lo acoge para iniciar una nueva vida. El carácter angosto del espacio ­interior del cuerpo del lector fuerza al miniaturista a sortear todo tipo de dificultad, ensamblando por acumulación los pequeños reductos físicos, en este caso llamativamente aprovechados. En una especie de simbiosis imaginaria conviven todos aquellos personajes que han pasado a formar parte física de la vida del lector. Si salimos del recinto palaciego, la miniatura se completa con una rica y profusa cenefa en la que la historia narrada por el lector se reproduce de manera cercana a la estructura abisal de Las Mil y Una Noches. Ahí podemos descubrir los distintos episodios que la fantasía oriental ha recreado a lo largo del tiempo, añadiendo a los primeros relatos aquellos pormenores que la relación literaria ha hecho posibles. Han crecido en el viaje que la imaginación recorre siguiendo el puente de cristal que la fantasía le sugiere.

No menos interés presentan los gabinetes chinos dedicados a la lectura y al saber. Normalmente, cuando se evoca en Occidente la vida de los hombres de letras chinos se piensa inmediatamente en paisajes de montañas, sembrados de pequeños pabellones con techos curvados. Se trata de una visión convencional, inspirada en gran parte en las porcelanas, sedas y papeles ilustrados con diferentes motivos en los que se recrean los escenarios a los que más tarde los viajeros volverán a referirse en sus relatos de viaje a Oriente. Y no fue ­fácil para ellos escapar a la admiración ante tal refinamiento, guardado con la más austera de las discreciones y que llegará a la literatura de viajes con la carga que todo exotismo, especialmente el oriental, lleva consigo. La creación de tales espacios, en los que se encontraban unidas las artes y las letras, la caligrafía y el dibujo, los relatos lejanos y aquellas ilustraciones que eran ya la cifra del tiempo, es, sin duda alguna, uno de los modelos más sugerentes que en la historia cultural comparada pueden identificarse.

Pero fue especialmente bajo la dinastía de los Ming, una época de crecimiento económico sin precedentes, que comenzó a observarse por parte de los ricos comerciantes un deseo de emulación del privilegio y honor de los hombres de letras chinos. Lo que puso en marcha un largo período en el que se generalizarán espacios dedicados de manera específica a la caligrafía, al dibujo, a la lectura. Una especie de nuevos gabinetes, instalados como espacios protegidos, en el interior de palacios y villas, tal como nos viene contado por cronistas y viajeros de aquel tiempo. De todos ellos, nos interesa recordar el testimonio de Wen Zhenheng, de la ciudad de Suzhou, que escribirá entre 1620 y 1627, un relato, con el título de Zhangwu zhi, que podría traducirse por Tratado de las cosas superfluas. Una descripción pormenorizada de los detalles de la vida, protocolos, ceremonias, las propias de un funcionario, que espera el momento de retirarse a su gabinete en el que sus poemas como sus pinturas terminaban siendo su verdadero mundo.

Nacía así un estilo de vida nuevo, centrado en el equilibrio entre dos mundos, el palaciego –el del yamen– y aquel otro en el que se construye el espacio interior que tiene al gabinete o pabellón como lugar privilegiado. Allí convergerán la caligrafía, el dibujo, los poemas y todo aquello que ordena un mundo interior. Y cerca o en su entorno, el jardín construido de acuerdo a códigos establecidos por la tradición. Rocas, piedras, estanques, juncos, plantas recrearán la totalidad del cosmos en el relato construido del jardín. El silencio protegerá su presencia y una relación contemplativa guiará los pasos de quien lo habita. La lectura, ahora entendida en sus formas más varias, será el dispositivo que una el sentido del mundo y el de la vida. Un silencio ritual protegerá su secreto. Nada podrá parecérsele, y ninguna emoción puede compararse a la que acompaña un recorrido de algunos jardines de Oriente, siendo el de la Villa Katsura posiblemente el más sublime. La preceptiva del zen regulará hasta el límite las correspondencias que rigen el mundo.

Paul Zumthor ha estudiado con gran pertinencia la formación de la mentalidad medieval y los trazos de su mundo intelectual. Globalmente hablando se puede decir que una “literatura” constituye la proyección imaginaria del espacio social. Al hablar de literatura nos podemos referir ya sea al espacio textual propiamente dicho, es decir, a la materialidad de las grafías, la página, el libro ; ya, en segundo lugar, al espacio descrito, es decir, a la representación que todo relato hace de un mundo en particular sea físico o cultural, como son las costumbres y otros rituales sociales. En el caso de la literatura medieval otros asuntos se suman a la hora de hacer más complejo el análisis. El predominio de las tradiciones orales, la difícil relación entre lo oral y lo escrito, el papel jugado por la rica tradición de ilustradores de textos religiosos y de otros géneros, hace que la aproximación al problema deba recorrer una red de mediaciones que, en definitiva, son el soporte de la relación entre literatura y mentalidad en un momento determinado de la historia. Es sin duda alguna apasionante estudiar el proceso a lo largo del cual la escritura va conquistando lentamente su propio territorio, dando lugar a procedimientos de recepción nuevos y, sobre todo, a la emergencia del lector, emergencia estudiada por los historiadores de la lectura.

En este orden de asuntos y en continuidad con las reflexiones anteriores, cobra particular interés la aparición en la pintura e ilustración del studiolo medieval y renacentista. Si en los pabellones de lectura chinos o japoneses la idea que regía su orden era la de reunir en un espacio protegido las artes y la escritura con el objeto de la separación de los mundos, el del palacio y el de la vida, ahora, en el nuevo studiolo la atención corresponde a una nueva relación con el saber, del que el lector se siente deudor y al que se remite a través del gesto reflexivo que lo transporta a un mundo del que el libro es su cifra. La presencia detallada del saber antiguo, expresamente representada en el studiolo, se ve acompañada de la actitud devota de quien se retira para su lectura y estudio. Se produce como un sistema de correlaciones nuevas que dará lugar a un nuevo tipo de lector, más próximo al lector moderno. En un largo y apasionante recorrido podríamos ingresar en espacios de tipología variada en los que reiteradamente se escenifica el gesto del lector contemplativo en la experiencia de acercamiento al mundo que los libros representan.

De todos ellos, el más bello es el que Antonello di Mesina pinta en torno a 1475 y que podemos contemplar en la National Gallery de Londres. Representa a San Jerónimo en su studiolo en actitud de lector. De pequeño formato, con la precisión de una miniatura, reúne con una densidad iconográfica sorprendente todo aquello que rodea la vida de San Jerónimo, trasladado ahora a un escenario inventado, en el que se encontrarán las convenciones y gustos de su tiempo. El studiolo es ideado como una estructura de madera, frecuente en el Quattrocento, y que se presentará sin techo y liberado de una de sus paredes, de forma que haga posible la visión de la actitud del santo. A su vez, el studiolo se situará en el interior de una gran iglesia gótica de forma que el espectador podrá contemplar la escena en su conjunto a través de una puerta ausente. La fuga del pavimento geométrico de mayólica y la columnata de la derecha están construidas de acuerdo a los principios de la perspectiva. Al final, apenas intuido, las ventanas se abren sobre un paisaje que se adivina pero no es visto en su extensión. Lo que más llama la atención de la obra de Antonello di Mesina es probablemente la minuciosidad con la que vienen definidos todos los detalles. Aun tratándose de un tema ficticio, la construcción de un studiolo de acuerdo a las convenciones de la época, Antonello insistirá de manera obsesiva en una perfección que da al motivo representado una muy alta verosimilitud, cercana a trabajos anteriores de Jan van Eyck o de Giovanni Bellini que Antonello conocía bien. Pero, de nuevo, nuestra mirada parece concentrarse en las actitudes que Antonello describe con tanta perfección, quizás buscando atraer nuestra atención. Y mediando entre interior y exterior, el espacio culto del studiolo, dotado de aquellos textos, libros con sus páginas abiertas, como indicando su identidad. El aparente desorden será corregido por la atención devota del lector de excepción, San Jerónimo, en su studiolo. Antonello articula con maestría indiscutible los logros pictóricos del Quattrocento junto al naturalismo aprendido de la escuela flamenca. Entre el escenario y la representación de cada uno de los elementos, viaja la mente del lector al encuentro de un mundo que sólo los libros pueden aproximar.

Podría recorrerse la historia cultural del Quattrocento a través del análisis de estos espacios cultos que reflejan mejor que tantos otros las relaciones culturales que atraviesan la historia del libro y de la lectura. Un sólo ejemplo podría representarlo. Me refiero al studiolo que Carpaccio pinta en la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni en torno a 1507 y que titula La Visione di Santo Agostino. Todo responde a una idea que Carpaccio organiza de acuerdo a una época que de forma acelerada cambia sus referentes culturales. Con una lógica más próxima a la iconografía del Quattrocento y lejana ya del mundo gótico idealizado por Antonello di Mesina en la mejor tradición flamenca, Carpaccio reúne en un espacio ideal las tradiciones cultas, religiosas y literarias, junto a los nuevos instrumentos de medida que representan los avances de la geometría y la astronomía. Todos ellos hallan su lugar en el nuevo dispositivo que la época sugiere. Sólo la mirada de San Agustín, atrapada en la visión de un afuera distante, traza la línea de mediación y concordancias que los nuevos saberes exigen.

Y no resulta menos emotiva la serie que Hans Holbein pinta de Erasmo. Esa serie de retratos maravillosos en actitudes varias, Erasmo escribiendo, Erasmo lector, Erasmo reflexivo, guardando bajo sus manos los Himnos antiguos, cerca de la columna clásica perfectamente decorada, como si se tratara de algo familiar al entorno del filósofo. Probablemente nadie ha sabido interpretar con tal justeza y rigor la belleza de la inteligencia. Un Erasmo distante y al mismo tiempo cercano, cubierto con la dignidad de sus vestimentas, que Holbein matiza y pinta admirablemente. O en los dibujos de las manos, pintadas con punta de plata y apenas marcadas por la sombra del carbón. Unas manos admirables de quien hace suya la escritura de un pensamiento que inaugurará nuevas puertas al humanismo del primer Cinquecento. Ahí están sus libros, algunos en reposo, a la espera ; otros, abiertos, como expresando, mostrando su verdad. Y en ese lugar de 1526, el pequeño gesto del jarrón de flores ilustrando el espacio recoleto del pensador. Un perfume largo en el que se dan la mano los placeres de un trabajo intelectual en el que sin duda alguna escritura y lectura se hallan unidas.

Un largo viaje que podría continuarse a través de los grandes cambios en las estructuras del saber que se producen a lo largo del Renacimiento, uno de los momentos más relevantes en lo que a este aspecto se refiere. La aparición de la imprenta, el mercado del libro, la emergencia y formación de un nuevo lector, próximo a nuevas curiosidades y saberes. Al igual que la constitución de las nuevas instituciones del saber, dará lugar a modelos nuevos de organización y colección, en definitiva, a nuevas bibliotecas. Los estudios de Anthony Grafton relativos a la formación de las tradiciones cultas en el Renacimiento dejan claro el proceso y el papel que los príncipes renacentistas juegan a la hora de atesorar tanto manuscritos antiguos como títulos contemporáneos, surgiendo nuevos eruditos siempre cercanos a su política de mecenazgo. De la misma manera, Roger Chartier analizará de manera precisa la compleja red de formas de sociabilidad de la lectura y sus implicaciones en la formación de las nuevas mentalidades y curiosidades intelectuales que del siglo XV al XVII recorrerán Europa dando lugar a las nuevas bibliotecas reales o principescas. Sin olvidar los casos frecuentes de “bibliotecas portables”, comunes en el Renacimiento, estudiadas por Ann Blair. Cómo olvidar la biblioteca de Montaigne, estudiada por Jean-Marc Chatelain, modelo de la biblioteca del honnête homme con la que terminarán identificándose tantos caballeros cultos del siglo XVII. Y no en vano Gabriel Naudé publicará en 1627 su L’Advis pour dresser une bibliothèque, considerado uno de los textos fundadores de la biblioteconomía moderna, atento a las curiosidades varias de los nuevos coleccionistas, inmersos en el infinito campo de saberes que la época ponía en juego.

Y sin abandonar el siglo, cómo no recordar la biblioteca de Don Quijote, a la que Cervantes hace responsable de la locura del caballero, con su pasión por la lectura hasta perder el juicio. “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio ; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, tormentas y disparates imposibles ; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo”. La biblioteca de Don Quijote, a quien se acusará de ser la causa de la locura del andante caballero, será objeto, tras el “donoso y grande escrutinio” que el cura y el barbero hicieron, de uno de los biblioclasmos más relevantes de la historia moderna.

Poco después de la primera edición del Don Quijote, se representaba en la corte inglesa, en presencia de Jacobo I, The Tempest. Shakespeare ponía en escena la historia de un príncipe que por causa de su melancolía, había preferido los libros al arte del gobierno. Próspero, duque de Milán, había renunciado en efecto al ejercicio del poder para dedicar todo su tiempo al estudio de las artes liberales y al conocimiento de los saberes secretos. “Being transported and rapt in secret studies”, no aspirando a otra cosa que a huir del mundo para retirarse a su biblioteca, “Me, poor man, my library was dukedom large enough” (Acto I, escena 2). A Antonio, su hermano, le ha dejado los negocios y la dirección del Estado, decisión que arrastrará consigo todos los infortunios y desórdenes políticos, incluida la traición de Antonio, que se proclamará duque y expulsará a Próspero de sus Estados. Al final de la obra, la armonía será restablecida, una vez superada la separación inicial que había hecho de Próspero a la vez un mago poderoso, señor de los elementos y de los espíritus, y un pobre soberano, destronado, perdido, exiliado en una isla lejana. Una vez más, la biblioteca de Próspero había sugerido el camino erróneo para un soberano que debía hacer suyas las responsabilidades del Reino. La renuncia al primado de la biblioteca conciliaba a Próspero con su destino político, haciendo posible un orden más allá del extravío de la inicial decisión. Uno y otro, Don Quijote y Próspero, regresaron al necesario lugar en el que las palabras y las cosas, los libros y el mundo, volvían a encontrarse. La fortuna del lector parecía sugerir una mediación que desde Milton a Tolstoi, por citar a George Steiner, ha constituido el eje moral de las decisiones entre la conciencia y la historia.

Quedará así disponible, siempre abierto, el largo viaje del lector, atento al espacio que la lectura ilumina. No importa el lugar ni el tiempo. La misma emoción acompaña la lectura en el jardín persa, que aquella otra en los pabellones para la lectura de los letrados chinos de la época Ming o en los frágiles pequeños pabellones de la villa Katsura de Kyoto, distribuidos sobre el jardín ya sea para ver la lluvia, dibujar con la luz de la tarde o esperar el amanecer. No importa si el lugar es ahora el studiolo de Antonello di Mesina o el del Carpaccio en San Giorgio degli Schiavoni, la biblioteca de Montaigne o de Don Quijote, la lectura seguirá trazando la parábola que une el mundo y sus saberes, tejerá los hilos rojos del imaginario, hará crecer los ríos de la fantasía y los de la nostalgia, tras la sensación de proximidad y cercanía que presentimos, como en la sonrisa detenida del retrato que Boucher pintara de Madame Pompadour en 1758, sorprendida en una tarde de lectura. En todos ellos, la lectura precipitará los límites de las cosas, mostrará que los acontecimientos no son buenos narradores y dejará abierta las puertas de la imaginación para seguir dibujando sobre la arena del tiempo.

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