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EL ‘DESCUBRIMIENTO’ DE AMÉRICA

Entre dos mundos

Par Ernesto Sabato  |  13 août 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Autor de la inolvidable novela El Túnel (1948), el escritor argentino Ernesto Sabato falleció el 30 de abril de 2011, casi centenario. Físico atómico en su juventud, abandonó la carrera de científico tras las bombas atómicas lanzadas sobre Japón en 1945, consagrándose a la literatura… y a la política. En 1984 presidió la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) que reseñó los crímenes de la última dictadura (1976-1983). Poco antes de cumplirse los 500 años del “descubrimiento” de América por Cristóbal Colón, en noviembre de 1991, Sabato dio a Le Monde diplomatique este texto, donde se manifiesta su amor por el idioma castellano.

El término “descubrimiento” de América puede ser considerado propio de un vocabulario eurocéntrico despreciativo, que niega la existencia de las grandes culturas indígenas anteriores. Sin embargo, se lo ve de manera diferente si se considera que los europeos no las conocían previamente, y que sólo un exceso de amor propio puede atribuirle a esa palabra un sentido peyorativo. En cambio, es lamentable que se la siga utilizando cuando las mentes europeas más eminentes de esa época manifestaron su admiración por lo que se había hallado en el Nuevo Continente.

Sería más justo hablar del “encuentro de dos mundos”, y que se reconozcan y se lamenten las atrocidades cometidas por los dominadores. Reconocimiento que debería estar acompañado del examen de las consecuencias positivas, al cabo del tiempo, de la conquista hispánica. (…) Si la leyenda negra fuera una verdad absoluta, los descendientes de los indígenas sometidos deberían conservar un resentimiento atávico contra España. Y no sólo no es así, sino que dos de los más grandes poetas en idioma castellano de todos los tiempos, mestizos, cantaron a España en poemas inmortales : Rubén Darío en Nicaragua, y César Vallejo en Perú.

Esa siniestra leyenda se originó en los países que deseaban suplantar al Imperio más poderoso de entonces, entre ellos Inglaterra, que no se limitó a cometer atrocidades tan graves como las consumadas por los españoles, sino que las agravó con su tradicional racismo, que persiste hasta nuestros días en la actitud de los estadounidenses (…) No, aquí no existió esa ese trato de inferioridad que es el racismo : y es así desde los tiempos de Hernán Cortés, conquistador de México, cuya esposa fue una india ; hasta sus hombres, que una formidable iniciativa llevó hasta el Río de la Plata, y que también se unieron a indias. Debo personalmente a ese misterio genético el hecho de tener una bella nieta que muestra discretamente rasgos incaicos.

(…) Es una injusticia histórica olvidar los nombres de quienes lucharon por los indígenas y por la conservación de sus valores espirituales, como el Hermano Bernardino de Sahagún, la Escuela de Salamanca y su “derecho de gentes” o el muy noble Bartolomé de las Casas, que defendió tenazmente a los indios y que, lejos de facilitar la trata de negros –como afirma una de las tantas mentiras de la leyenda– luchó a favor de ellos en nombre de una religión que considera la condición humana algo sagrado. Y también se suele olvidar que fueron hijos de españoles, e incluso españoles, los que se alzaron contra el absolutismo de su propia patria, desde Bolívar en el norte hasta San Martín en el sur, el cual, nacido en Argentina, había combatido heroicamente, como coronel, contra las tropas de Napoleón, en la tierra de su padre, el capitán Juan de San Martín. Justificadamente, el ensayista cubano Roberto Fernández Retamar cita el caso de José Martí, uno de los hombres más nobles y más esclarecidos de nuestra Independencia, orgulloso de sus padres españoles y que al mismo tiempo defendía la legitimidad de una nueva cultura americana y se proclamaba heredero del Siglo de Oro. Sin hablar de tantos mestizos ilustres, como en mi país, Bernardino Rivadavia, con ancestros negros y quizás también indios, o mi amigo Nicolás Guillén, el cubano, que en un poema emocionante canta a su abuelo español y a su abuelo africano, síntesis ejemplar de nuestro mestizaje.

Todo esto está ligado a la cuestión bizantina de la famosa “identidad nacional”. Se habla mucho de “recuperar nuestra identidad americana”. ¿Pero cuál ? ¿Y cómo ? Al decir “nuestra”, algunas personas, como yo, que me considero profundamente argentino, quedarían afuera, dado que mis padres eran europeos. Entonces, ¿qué identidad invocar ? ¿La de las tribus nómadas y guerreras que recorrían nuestras llanuras, donde no existieron siquiera civilizaciones antiguas comparables a las de los mayas, los incas o los aztecas ? ¿En una tierra que se constituyó gracias a la mezcla híbrida de españoles, indios, italianos, vascos, eslavos, franceses, judíos, sirios, libaneses, japoneses, y hoy en día de chinos y coreanos ?, ¿Y qué lengua habría que reivindicar ? Resulta extraño que muchos de aquellos que proponen recuperar nuestra “identidad” hablen la vieja lengua de Castilla y no los idiomas indígenas. Una forma paradójica de reivindicar lo autóctono…

Si se quisiera dejar de lado las migraciones de nuestro siglo, quedarían –como escribe muy acertadamente Arturo Uslar Pietri– tres protagonistas : los ibéricos, los indios y los africanos ; y la cultura ibérica sería sin dudas preponderante, a partir del momento en que esas tres sangres entraron en el muy complejo proceso de la fusión y el mestizaje, perdiendo lo que hasta entonces les era propio : hábitos y costumbres, religión, alimentos e idioma, para producir un nuevo hecho cultural original. Lo que no fue el caso de la América anglosajona, o del colonialismo europeo en África y Asia, donde sólo existió un simple y despreciativo trasplante.

Más arriba hablé de bizantinismo, pues esos falsos dilemas nos recuerdan las célebres elucubraciones en que se debatía cuántos granos de trigo se necesitan para formar un montón… Ese falso problema se agrava cuando se trata de seres humanos y no simplemente de granos de trigo. Nada de lo que tiene que ver con el ser humano es esencialmente puro, todo se presenta invariablemente mezclado, complejo, impuro. La pureza sólo existe en el reino platónico de los objetos ideales : triángulo, rectángulo o logaritmo. Si retrocedemos en el tiempo no podríamos detenernos en ninguna parte en la búsqueda de esa identidad ilusoria. Pensemos en los mismos españoles, que hoy están en el centro de esta polémica : ¿Habrá que detenerse en el reino de los visigodos ? ¿Cuando ya no se habla ninguna lengua germánica en la península ? Quizás sea necesario retroceder a los tiempos de la dominación romana (…). Los puristas querrán entonces retroceder hasta los íberos, un pueblo misterioso cuya lengua ignoramos, pero que aparentemente tenía alguna relación con los africanos, o quizás con los vascos. De todas formas, invalidarían automáticamente el derecho a la verdadera identidad hispánica de la que surgieron y vivieron luego de dominaciones tan fuertes y profundas que pudieron producir un gran escritor como lo fue Séneca. Y todo se complica aún más si pensamos en los reinos moros de Andalucía, donde se produjo quizás el mayor y más conmovedor ejemplo de convivencia entre árabes, judíos y cristianos. En la catedral de Sevilla encontramos la tumba de Fernando el Santo, llamado “el gran señor de la coexistencia”, y a cada lado de la misma, la inscripción que lo exalta, en latín, en árabe, en hebreo y en castellano.

España estuvo impregnada de sangre judía a partir de la Inquisición, que la extendió también por toda la Europa cristiana. Ese tenebroso periodo, sin embargo, no debe hacernos olvidar que en esa tierra ibérica, en épocas de mayor tolerancia, el pueblo hebreo gozaba de tal respeto que su sangre se había mezclado incluso con la sangre real. Y un filósofo de la dimensión de Menéndez y Pelayo escribió : “El primer poeta castellano conocido probablemente sea el eminente poeta Yehuda Halevi, que componía no sólo en su lengua, sino también en árabe, y en la lengua corriente de los cristianos”. Ese hombre, que había nacido cerca del año 1087, fue considerado como el mayor poeta lírico del judaísmo, pero, en lo relativo a su forma de ser, era tan típicamente castellano como su amigo, el andaluz Moisés Ibn Ezra.

Pero, hay aún elementos más importantes : el foco cultural árabo-judaico, heredero de la alta cultura de Bagdad, tanto en Córdoba –“la Novia de Andalucía”– como en otras ciudades del mismo reino, y que extendió el puente entre la cultura helénica –recogida por los musulmanes en Asia Menor y en Alejandría– y la Europa bárbara ; lo que también fue hecho por la Escuela de traductores de Toledo, fundada en el Siglo XII. Avicebron, nacido en Málaga en 1020, conocedor de la filosofía neoplatónica, influenció a San Buenaventura y a la orden de los franciscanos, que polemizaron con Alberto el Grande y Santo Tomás. El gran filósofo judío Maimónides, que había nacido en Córdoba en 1136, influido por el neoplatonismo, recibió la doctrina aristotélica a través del más eminente de los pensadores árabes, Averroes. Entre ambos establecieron un puente entre la filosofía griega y la Europa bárbara, en el centro del cual se destacaron Bacon, Santo Tomás, Descartes, Spinoza y Kant. ¡Qué identidad cultural !

(…) Hechos de este tipo también podrían caracterizar a diferentes regiones europeas, donde no pudieron evitarse el degüello, la peste, la violación y la tortura, pues es ésa la condición humana, capaz de los mayores prodigios y de la ferocidad más atroz, como dijo Pascal. Por lo tanto, debemos aceptar la Historia tal como es, siempre sucia y mezclada, y no deberíamos correr detrás de pretendidas identidades. Hasta los dioses del Olimpo, que aparecen como arquetipos de la identidad griega, están lejos de ser puros, contaminados por las divinidades egipcias y asiáticas…

La Historia está hecha de afirmaciones falaces, de sofismas y de olvidos. Yo mismo soy incapaz de decir el nombre de ese prisionero de la funesta Torre de Londres que, a la espera de ser decapitado, consagraba sus últimos días a escribir la historia de Inglaterra, cuando los guardianes que le traían la sopa le informaron que una gran batalla tenía lugar en ese mismo momento al pie de la prisión. Las informaciones eran tan confusas y contradictorias que dejó de escribir, dado que no era capaz de saber con certidumbre lo que estaba ocurriendo allí, a tan poca distancia.





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