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Infiltrado en el corazón de la policía brasileña

Par Raphael Gomide  |  2 septembre 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Para comprender el origen de la violencia de la policía militar del estado de Río de Janeiro, la importancia que tiene su curso de formación y la ideología en la que se basa, el periodista brasileño Raphael Gomide aprobó una oposición y, en 2008, lo admitieron como recluta. Así compartió, desde dentro, sin filtros, la vida diaria de estos hombres que, a cambio de trescientos euros al mes, se enfrentan a la muerte, pero que también la causan con demasiada frecuencia.

Desde esta mañana soy, técnicamente, policía militar, después de siete meses de selección. El sudor me corre por el rostro, bajo mi camiseta blanca y recorre mis piernas debajo de los vaqueros. Hace 33º C, a las 10:45 hs., bajo el duro sol de Río. Al lado de otros muchachos, algunos de los cuales tienen casi 30 años y el cabello cortado al rape, estoy allí desde hace más de tres horas. Permanecer de pie y en formación militar, en posición “firme” o de “descanso”, constituye la primera prueba para los cuatrocientos cincuenta nuevos reclutas. Seguiremos así, en fila o corriendo, hasta las 14:30 hs. Siete horas bajo el sol, sin alimentarnos. Apenas unas breves pausas para tomar agua.
Ya a las 8:15 hs., con el rostro ceniciento, un candidato balbuceó que se sentía mal. Tambaleó. Al impedir la circulación de la sangre, la inmovilidad puede provocar mareos. “¡Sólo muévanse para evitar caerse !”, repite el comandante de la 2ª Compañía. El truco es mover sólo los dedos de los pies. Un hombre cae desmayado. Otro flaquea, dos veces. A las 10:30 hs., siento vértigo y náuseas. Levanto la mano y salgo de la fila, ayudado por un policía. Un poco de agua en la frente. Y unos minutos más tarde, estoy mejor. Vuelvo a las filas. En algún que otro momento, cerca de un centenar de participantes se sentirá mal. Muchos viven lejos y, para tomar uno o dos autobuses, se levantaron temprano. “¿No les ha gustado ?”, grita un instructor al terminar la prueba. “¿Son débiles ? ¡Pueden irse inmediatamente ! Nadie está obligado a quedarse. Para ustedes que vienen de las Fuerzas Armadas : aquí no se dispara contra sandías, no, ¡se acabó ! ¡Aquí el combate se libra con balas de verdad !”.

A cargo de la selección, el teniente coronel Siciliano toma la palabra. Comienza con una advertencia. “Sé que muchos de ustedes violarán las reglas a la primera ocasión. Piénsenlo bien antes. La frontera entre el bien y el mal es muy frágil ; no faltará la oportunidad para que un colega los lleve a hacer una tontería. No los quiero ver aparecer en las noticias judiciales ni en los boletines de la PM (Policía Militar) como ladrones, corruptos, expulsados por un delito o una falta de conducta. Si fuese fácil conseguir empleo, estoy seguro de que muchos no estarían aquí hoy”.

Río, la ciudad de las playas, la alegría de vivir y la bossa-nova es también sede de la policía que más mata y que más muere de Brasil, y probablemente del mundo. Las fuerzas de seguridad fueron allí responsables de la muerte de 1.330 personas en 2007, casi cuatro ciudadanos al día (1). Durante el mismo periodo, ciento cincuenta y un policías fueron asesinados, es decir, uno cada dos días y medio. Desde hace veinticinco años, en las favelas dominadas por traficantes de drogas equipados con fusiles automáticos, pequeños ejércitos de criminales responden violentamente a las operaciones de mantenimiento del orden (2).

En el sistema brasileño, la Policía Militar (PM), uniformada, constituye la cara más visible de la seguridad. La de Río posee treinta y ocho mil miembros, pero se estima que harían falta doce mil más. La Policía Civil, integrada a su vez por doce mil miembros, se ocupa de las investigaciones judiciales.

Realicé el primer examen sentado en una butaca del Maracaná, uno de los estadios de fútbol más célebres del mundo, en compañía de un público de partido profesional : veinticinco mil candidatos que debían tener estudios secundarios completos. En ese instante, comencé a percibir –de boca de un muchacho que había sido auxiliar de la PM, en un programa para reservistas del Ejército– parte de la mentalidad que descubriría a lo largo del curso. “Cuando se atrapa a un delincuente en la zona turística, ¡un buen porrazo ! Es más fácil golpear que detener. No lo hagan delante de todo el mundo... Hay que llevarlo a un lado. Detener es demasiado trabajo. Un día me quedé en la comisaría desde la una de la tarde ¡hasta las diez de la noche ! Te pierdes el día y el almuerzo”. A su lado, otro contaba en qué consiste el trabajo, los días de partido en el Maracaná. “A veces, la multitud te agota, pero vale la pena. Puedes ganar 5 reales (2,5 dólares) con los revendedores, dejándolos colarse en la fila”.

Fui uno de los mil cien candidatos que aprobó el examen de aptitud “intelectual”. Un poco más de la mitad de las dos mil vacantes disponibles. Siguieron siete meses de selección –exámenes médicos, psicológicos y físicos, presentación de documentos que certifican la ausencia de antecedentes penales o deudas, así como “declaraciones de buena conducta”– y de periodos de entrenamiento. Para cada etapa de la selección, se fijaba una hora de llegada. Pero no de salida. Los candidatos se quejaban de perder un día de trabajo o de llegar tarde y de tener que ir sólo para conocer los resultados : “¡Bastaría con publicarlos en internet !”. Durante los periodos de entrenamiento : salida de casa a las 6 de la mañana, afeitado, con el cabello bien corto ; marchas y canciones militares ; fin de la jornada a las 19 horas, al borde del agotamiento.

Durante todo ese tiempo, entendí que la corporación trata indudablemente de reprimir la corrupción en sus filas. Pero que, por otro lado, tolera y a veces fomenta la violencia mortal.

“Te tiroteas con un delincuente en la favela... El tipo se rinde. ¿Lo vas a detener ? ¡Yo lo mato !”, exclama cerca de mí uno de los reclutas. Otro asiente, sin reparos. “¡Por supuesto que lo voy a matar ! El tipo disparó contra un compañero. Abrió fuego, lo rodean, se rinde : ‘Perdí’ ‘¿Perdí ?’ ¡Qué me importa ! ¡Te voy a matar !”. Trato de sugerir que es ilegal, que el papel de la policía es detener al delincuente. “¡No matarlo es alimentar a un animal enjaulado ! Te va a atacar. ¿O no conoces la justicia brasileña ? El tipo pasa dos años en prisión y lo sueltan. Si te encuentra, te mata. Es ilegal, pero es así”. El primero me palmea la espalda. “Si entras en la PM con esa idea de ‘detener’ a los delincuentes, ¡empieza a rezar ! Los derechos humanos, son para los humanos”.
Muchos de los nuevos tienen familiares o amigos en la profesión. La violencia y el miedo a la muerte parecen alimentar su vida y su concepción del mundo. Durante los enfrentamientos ocurridos en Río en 2007, se registraron un promedio de 41,6 civiles asesinados por cada policía caído. Para los instructores, se trata de la realidad “natural” de los enfrentamientos. Uno de ellos enseña en su clase : “Sólo puede utilizarse el arma en caso de legítima defensa. No se puede disparar por la espalda. ¿Es absurdo ? Lo es. Pero no se puede. El empleo de la fuerza deber ser medido y proporcional. Si cometes un error y te descubren, serás castigado”. Un alumno pregunta si las escenas de asesinatos como las que aparecen en la película Tropa de elite (3), alguna vez se producen. Comentario del instructor, aunque no exactamente en el mismo registro que antes : “El cine es el cine. Pero... Se aprende en la calle : disparaste por la espalda, tomas el arma, la colocas en la mano del tipo, presionas el gatillo e invocas legítima defensa. Puede que lo haya hecho, hijo, ¡golpeado por la emoción ! Pero eso es la calle. Aquí no es el lugar donde se aprende eso. Un arma de fuego es para la legítima defensa o para defender a terceros”.

Entusiasmado y hablando como una ametralladora, un candidato describe escenas de guerra del Discovery Channel : “¡Hermano ! Los tiroteos en Irak... ¡Los tipos, detrás del tanque, disparando con los fusiles ! El Blackhawk que los sobrevolaba, tac-tac-tac-tac, un despelote increíble, alucinante... ¡Uau ! Se me pone la piel de gallina. El tipo, un calibre 50, disparando con esos anteojos grandes y los ojos exorbitados... ¡Me hubiera gustado estar ahí !”. Se lanza en un delirio tal que los compañeros permanecen callados. Luego otro agrega : “¡Odio a los delincuentes ! Los odiaba antes y, ahora, ¡los odio aún más ! ¡Quiero ser parte del BOPE !” (4).

El peligro forma parte de la vida de los cariocas, los habitantes de Río. Incluso antes de entrar en la carrera policial. Un candidato se levanta la camisa. Una enorme cicatriz atraviesa su tórax y su abdomen hasta debajo del ombligo. Con una sonrisa siniestra, cuenta cómo, con un amigo miembro de la PM, estuvo a punto de morir después de haber sido llevado por delincuentes a una favela. “El traficante disparó contra mi amigo. Corrí como un loco. Sentí dos disparos, pero seguí, empujado por la adrenalina. Sólo me detuve abajo. Había recibido una bala en la espalda y otra en el brazo izquierdo”. Pasó tres meses en el hospital. Todos escuchan el relato con la boca abierta. “¿Y no guardaste la bala ?”, pregunta alguien. “¿Para qué ? Tengo la cicatriz. Las marcas quedaron, como el odio en mi corazón. Si atrapo a alguno, ¡no me voy a andar con rodeos !”

Visita de un grupo de periodistas al cuartel, el primer día, durante las pruebas de selección. El comandante no ejerce ninguna presión para que los candidatos colaboren. Al contrario : “¿Alguien está interesado en responder a un reportaje ? ¡Tengan mucho cuidado ! Aquí nadie está obligado a dejarse fotografiar. ¡Significa correr riesgos !”. Silencio en las filas. Luego de varios segundos, el primer voluntario se acerca, seguido por otros dos, de los trescientos presentes. El temor a las represalias de los delincuentes lleva a la mayoría a no exponerse. El único que se deja fotografiar se justifica : “El que debe tener perfil bajo es el delincuente, ¡no el PM ! Los miserables deben saber que vamos a llenarles la cabeza de plomo y hacerles estallar el cerebro”. Uno de sus compañeros se burla : “Todavía no sabe si va a ser policía y ya está en el diario : ‘Asesinan a un candidato al que confunden con un PM’”.

Río vive una guerra particular entre fuerzas del orden y delincuentes. Los fusiles siembran odio y sangre en ambos bandos. Porque sabe que levantar las manos significa con frecuencia la muerte, el delincuente no se rinde. Enfrenta al policía cuando éste invade su territorio. Más disparos, más balas perdidas, más heridos, incluso entre inocentes –considerados criminales por los policías–. En territorio desconocido y hostil, el representante del orden, bajo la presión del estrés, no siempre anda con delicadezas. Cuando la relación de fuerzas se invierte, el uniforme se convierte en un blanco, el delincuente se venga asesinando al policía.

La primera semana, fuera del cuartel, un muchacho me llama. “Voy a pasarte un dato : no salgas con vaqueros y camisa blanca, con la cabeza rapada. Usa otra camisa. Ya han muerto dos o tres de los nuestros. En mi grupo, en 2005, hubo uno. En un autobús, con esa ropa y la cabeza rapada, es como si llevaras uniforme. Todo el mundo se da cuenta de que eres policía”. Una fuerte paranoia que se vive a diario. Los policías que patrullan ven en cada motociclista que lleva a alguien detrás a un potencial asaltante. “¡Acelera ! ¡Rápido !”.

La preocupación es entendible. Para un policía militar de Río, la probabilidad de ser asesinado es once veces mayor que para el conjunto de la población brasileña ; seis veces la de un individuo de sexo masculino. De los ciento cincuenta y un policías asesinados en 2007, sólo treinta y dos se encontraban de servicio ; ciento diecinueve (79%) murieron no estando de servicio.

Distribución de los uniformes, en medio de la excitación de la tropa. Un oficial advierte : “¡Veo muchos rangers (5) ! ¿Para qué se los llevan a sus casas ? ¡Es un riesgo innecesario ! Estoy totalmente en contra, es peligroso. ¿Por qué llevarlos en el autobús ? Todos son de Río, no es necesaria mucha explicación, ¿verdad ?”. Un sargento comenta : Tendrán ese miedo toda su vida...”. A pesar de la advertencia, la mayoría se los lleva para sacarse fotos y mostrárselos a la familia, a la novia.

Muchos PM murieron, identificados por su vestimenta, su arma o su carnet de policía. Los instructores nos enseñan cómo ocultar el uniforme. En el coche, meterlo en el baúl, al revés, o en la bolsa, o bajo el asiento de atrás. En el autobús... “El carnet de PM hay que esconderlo. Si hay problemas, arrójenlo todo por la ventanilla, la bolsa, la ropa, los documentos de identidad... Me asaltaron y, gracias a Dios, me había olvidado el arma”. Otro instructor sugiere además comprar un coche : “No caminen ni tomen el autobús, el riesgo es muy grande. Si tienen que tomarlo, recen, recurran a la magia blanca, pídanle a Dios que los proteja”.

Cuando estábamos a punto de integrar la PM, un sargento nos advirtió, sin referencias excesivas a la ley : “Deben elegir bien los lugares que frecuentan. Ustedes casi son policías y hay delincuentes en todas partes. Si pueden eliminarlos antes de convertirse en un PM, cuya tarea será detenerlos, no lo duden”.

Entre nosotros, hay muchos ex militares. Un ex infante, estudiante de derecho, nos recomienda : “No hay que quedarse en este infierno. No me voy a quedar mucho tiempo. Quiero irme lo antes posible”. De hecho, algunos reclutas no tienen la intención de hacer carrera, sino que buscan un empleo provisional. Muchos son titulados superiores o cursan estudios en alguna facultad. La PM, con sus altos riesgos y su bajo salario es ante todo un trampolín para acceder a funciones menos peligrosas y mucho mejor remuneradas.

Con el aumento de la violencia, la PM ha adoptado conductas agresivas para detener a los delincuentes. “Si no disminuyes el margen de riesgo, puede que no vuelvas a casa –señala un aspirante–. El Estado de Río es el más peligroso del país, no es culpa nuestra. Es el único que está ‘en guerra’. Si no estás bien preparado, huye”. Consecuencia : siempre hay que apuntar con el arma. ¿Es brutal ? Posiblemente. “Pero ¿quién se pasa doce horas sentado en el coche arriesgando el pellejo ? ¡El PM ! Somos educados, pero no estamos en Minas Gerais, estamos en Río”.

Un alumno pregunta si debe disparar a una persona que quiere escapar a un control policial. “¡Por supuesto que no ! Hay gente que se asusta. La PM debería tener navajas para reventar los neumáticos, pero no las tiene. No puedes disparar... Hay que perseguirlo. Si disparas, ¿qué le vas a explicar después al juez ?”. Un muchacho se burla con poco disimulo : “¿Vas a matar con el arma reglamentaria de la PM ?”. El tendrá una pistola o un revólver más, que no pueda identificarse.

Los discursos contradictorios –el oficial, legal, el no oficial, ilegal– hacen que el nuevo PM sea presa de la duda. Su formación incluye doce horas de “Ética y derechos humanos”, lo que representa un 1% de las mil ciento sesenta horas de instrucción. “Es poco”, reconoce un profesor adepto a los eufemismos... En el fuego de la acción, al policía le faltará práctica, imperará el nerviosismo. Ahí se impone la ley “de la calle”. Y luego, cuando el gobernador de Río, Sergio Cabral, justifique el “enfrentamiento” (6), los soldados entenderán que pueden matar y que no existe mucho interés, a ese nivel político, de reducir los asesinatos –que rara vez son objeto de investigaciones– de civiles, delincuentes o no. 

Los errores son frecuentes. En 2008, un niño de tres años, João Roberto, estaba en su silla de bebé, en el coche de su madre, con un acompañante, Luiz Costa, de 36 años, cuando fueron asesinados por policías que los habían confundido con delincuentes. Filmados por las cámaras de vigilancia de un edificio y por un equipo de televisión, los hechos tuvieron un impacto mediático importante.

La naturaleza de la intervención depende sin embargo de los barrios de la ciudad. Alumnos e instructores reconocen que la policía actúa de manera distinta en los barrios ricos y en los suburbios. “Es otra realidad. En la zona sur (rica), el PM dice incluso ‘Buenas noches, señor’. En los suburbios es : ‘Dámela ya (la droga), porque si la encuentro, ¡se acabó ! ¡Baja del auto ! ¡Fuera ! ¡Fuera !’”, bromea un colega. Un sargento se encoge de hombros. “¿Acaso vas a detener de la misma manera en Viera Souto (barrio elegante de Ipanema) que en Jacaré (en la favela) ? Depende necesariamente de la situación, la zona de riesgo, el nivel social. En la favela, si te das la vuelta, ¡te ganaste una ráfaga !”

Durante un entrenamiento de agentes brasileños realizado por la Special Weapons and Tactics Unit (SWAT) de Texas, una de las unidades de intervención especial más célebres del mundo, un miembro del grupo estadounidense declaró, para mi gran sorpresa, que en trece años de operaciones de rescate, jamás había disparado un tiro. “La técnica y la rapidez reemplazan a la violencia”, explicó.

Durante su instrucción, a los alumnos de la PM se les dice que sólo pueden disparar en estado de legítima defensa y que deben hacer “un uso moderado de la fuerza”. Para lo cual habría por lo menos que dominar el arma. En Brasil, la distancia entre la teoría y la práctica comienza desde la formación. Los aspirantes a PM disparan apenas cuarenta veces con pistola, cuarenta con revólver y cuarenta con fusil.

“Estoy harto de ver al ‘policía’ con una cadena de oro, un coche último modelo, la rubia más linda de la calle y la pistola Glock (7) en la cintura, protesta un instructor : dispara diecinueve veces ¡y el otro sigue corriendo ! Parado, no acierta nueve de cada diez disparos”. El profesor también tiene su explicación respecto de los doscientos treinta y cuatro casos (dieciséis de ellos mortales) de balas perdidas, en Río, entre enero y septiembre de 2007 : “La bala de fusil atraviesa la pared y llega allí donde no debe”. A su entender, el revólver no está muy adaptado : sólo dispone de seis balas y es difícil de recargar durante un tiroteo. “Nada que ver con esa historia que dice ‘si no lo logro con seis disparos, es porque no hay nada que hacer’. Si no puedo con seis, podré con treinta y cuatro, con sesenta y ocho... Voy a disparar hasta lograrlo”, afirma, vengativo, sacando tres cargadores de sus bolsillos y dos que tenía en sus piernas.

Para él, es inconcebible que un PM no esté armado. “Se ha llegado a la situación actual a causa de la pasividad general. Si toda la gente de bien llevara un arma, Río no estaría en este estado. El país no tiene cultura de las armas. Vi un reportaje sobre una familia de Nueva Orleans, en Estados Unidos : el marido, la mujer y el hijo de 12 años, todos tenían un fusil en la mano. ¿Quieren entrar a mi casa ? Allá ¡ni lo sueñen !”

Un día, los reclutas salen del cuartel. Desde su coche, una chica grita : “¡Son una lacra ! ¡Lacras !”. La PM tiene una relación tensa con la sociedad, en cuyo seno existe un resentimiento latente contra los policías. Por su parte, éstos consideran que no reciben el merecido reconocimiento de aquellos por quienes arriesgan el pellejo. “La población no es educada –se lamenta un sargento–. Salvo nuestras familias, nadie nos defiende.” ¿Crítica ? ¿Comienzo de explicación ? Un aspirante señala : “Cuando un playboy es detenido, lo primero que hace es preguntar : ‘¿Cuánto cuesta el café (propina) ?’. Entrega 10 reales y, cuando se va, insulta al PM : ‘¡Sinvergüenza !, ¡corrupto !’. ¿Y él ? ¿Tiene la sociedad la policía que se merece ? La tiene”.

“Si dices que eres PM, todos te miran con malos ojos y piensan que eres un delincuente –protesta un policía–. Llegas con un coche nuevo, a pagar en mil plazos, y ya escuchas los gritos : ‘¡Ladrón !’”. Todavía en la etapa de selección, un candidato me confía que piensa unirse al batallón de su hermano, un oficial. Le pregunto si la zona, dos grandes favelas infestadas de traficantes, no es peligrosa. “¡Tranquilo ! Está todo ‘arreglado’. Mi hermano gana 2.000 reales (1.000 dólares) al mes allá”. ¿Tráfico ? “De vehículos, productos...” Mi interlocutor será eliminado, pero los casos como el suyo preocupan a la PM, que trata de prevenir a los alumnos contra la corrupción.

A éstos no necesariamente los conmueven las palabras : vista en el terreno, la situación será diferente. “El sargento veterano te da dinero. Entonces tu dices : ‘No sargento, no, no lo quiero’ Y el tipo : ‘¡Basta ! Basta de historias, no te crees problemas, soldado, tomálo ya, ¡no me hagas enojar !’”. En síntesis, los consejos no siempre surten efecto. “Quiero que me destinen al tráfico –afirma sonriente un alumno–. Eso deja mucho dinero”. Otros cuentan historias de “propinas” ofrecidas a los policías, una botella de agua mineral, una comida en McDonald’s. Todos se ríen. Uno de ellos señala que la PM tiene reputación de corrupta. “¡Una injusticia !”...

Su imagen negativa le preocupa : la corporación trata de cambiar su reputación de ser cruel. “¿Vas a ocultar el rostro durante un operativo policial ? ¿Gritarle al tipo ? ¿Hacer que se tire al suelo ? ¿Apuntarle a la cabeza con el fusil ? ¿Es necesario ? ¡No ! Pero vas a apuntarle con el arma”. Situación, por supuesto, desagradable para el interrogado. Pero lo más importante sigue siendo la seguridad de las fuerzas del orden. El rencor refuerza el corporativismo. El código 800, que rige la asistencia al policía, tiene prioridad. Atacan a una anciana... ¿Qué dice el 800 ? ¡Olvida a la anciana y protege primero al compañero ! En esencia : nadie te quiere, salvo tu perro ; la ciudad te odia ; el camarero te sirve un café, la mujer te da la comida, pero todo el mundo te detesta ; sólo te atienden porque llevas uniforme...

Para la antropóloga Jaqueline Muniz, el PM vive en la incertidumbre. Tiene una “misión” mal definida, “un cheque en blanco que cada uno completa como quiere” y la puerta abierta para la improvisación. “No hay una política clara sobre el uso de la fuerza, ni cuentas que rendir. ¿Cómo responsabilizar a alguien cuando las reglas del juego no están claramente establecidas ?”

Llegamos pues al final de mis siete meses de selección y de entrenamiento. Hacía un mes que vivía como un PM cuando presenté mi renuncia. Dos sargentos intentan convencerme de que me quede. “Entonces, ¿quieres irte ? ¿Estás seguro ?”, me pregunta una sargento, en tono de advertencia. Cuando le confirmo mi intención, le ordena a otro alumno, presente en la sala, volver más tarde. “Déjame resolver la situación del ‘muerto’ que está aquí...” Volviéndose hacia mí : “¿Sabes que ahora eres un muerto, no es cierto ?” Me muestra una pizarra negra. Bajo el título “Cementerio” hay dibujado un cráneo y los números de cuatro dimitentes, al lado de sendas cruces. Soy el quinto.

Sin ordenadores –cuando los hay, están desconectados–, escribo mi carta de renuncia. En la habitación donde me encuentro, las paredes y el techo están llenos de humedad, se cae el revoque, telas de araña cuelgan aquí y allá. Veo una cucaracha sobre una pila de documentos, tres sillas rotas con el tapizado destrozado. En el edificio, los baños están sucios. En algunos no hay agua. Despiden un olor pestilente. Escucho la voz de una teniente, irritada. “¿Cómo puede vivir la gente en esta suciedad ? ¡Me sorprende que la coronel haya permanecido tanto tiempo en esta podredumbre !”.

Algunas imágenes me vuelven a la mente... De las ocho duchas de agua fría del pelotón, tres estaban fuera de servicio. En las sofocantes salas, sólo había ventiladores, no equipos de aire acondicionado. Los reclutas tenían su propio rollo de papel higiénico. “¿Tan caro es el papel higiénico o la naftalina ?”, había gritado un instructor, sintiendo a la distancia el olor a orina del baño. Cada alumno aportó 1 real para comprar productos de limpieza.

De vuelta en la compañía, me despido de los sargentos. “Buena suerte, amigo, ¡que Dios te proteja !”, me dicen. No hables mal de la PM, habla solamente de lo bueno y olvida lo malo”. Estoy en posición firme. “¡No hace falta, ya no eres militar !”.
“Muerto” con oración fúnebre, me siento libre. Para dos mil vacantes disponibles al comienzo de la selección, sólo quedan cuatrocientos cincuenta y cuatro alumnos en el grupo del Curso de formación del soldado. 

 

Notas :

(1) A título comparativo, en 2006, todas las policías de Estados Unidos, en conjunto, fueron responsables de trescientas setenta y cinco muertes.

(2) En el Estado de Río, desde 1995, los homicidios superaron la cifra de seis mil al año.

(3) Película brasileña de José Padinha y James d’Arcy (2007), Tropa de Elite, que muestra la guerra entre policías de elite y narcotraficantes en las favelas de Río, suscitó una muy fuerte polémica.

(4) El Batalhão de Operações Policiais Especiais (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía) es el grupo de intervención de elite de la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro.

(5) Calzado militar cerrado de cuero y con cordones.

(6) “Sergio Cabral, gobernador del Estado de Río de Janeiro, es hoy una de las figuras políticas más perjudiciales. Justifica la violencia policial permanentemente en las zonas pobres de esta ciudad. Últimamente (...) afirmó que los habitantes de las favelas, cuando se quejan de las acciones policiales, están pagados por los narcotraficantes. Lo que significa decir que la política del Estado que engendra la barbarie policial está justificada”, Mario Auguso Jakobskind, “Sérgio Cabral e a criminalizaçao dos pobres”, Brasil de Fato, São Paulo, 25 de octubre 2007.

(7) Pistola semiautomática calibre 9 mm. Según el cargador, puede hacer de trece a treinta y tres disparos.





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