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CONSECUENCIAS DE UN DESASTRE

La estela del Prestige

Par Alicia Villegas  |  15 décembre 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El pasado 13 de noviembre arrancó en A Coruña el macrojuicio del desastre del Prestige, un petrolero que iba cargado con 77 000 toneladas de fuel oil de baja calidad, con bandera de Bahamas, y que registró hace diez años una fisura en uno de los tanques provocada por un fuerte temporal cuando se encontraba navegando a 28 millas de Fisterre. Las autoridades le dieron orden de alejarse de las costas gallegas. Pero el Prestige se partió en dos el 19 de noviembre de 2002. Lo que provocó la mayor catástrofe medioambiental registrada en España cuyas consecuencias aún se hacen sentir en Galicia. El juicio se prolongará hasta mayo de 2013. Los damnificados esperan que la sanción sea ejemplar. Semejante a la que las autoridades estadounidenses impusieron a la empressa pétrolera BP causante del désastre de la plataforma Deepwater Horizon que provocó, en 2010, la muerte de 11 obreros y la peor marea negra del Golfo de México. Después de haber tenido que gastar 14 000 millones de dólares para detener la fuga de hidrocarburos, BP tuvo que pagar 8.000 millones de dólares a las víctimas del desastre. Y acaba de ser condenada por el departamento estadounidense de Justicia a abonar una nueva multa récord de 4.500 millones de dólares.

El dueño de un bar de camino a la playa gallega de O Rostro señala la fotografía que tiene en sus manos :

— ¿Ves las galletas ?

— ¿Qué galletas ?

— Las galletas de petróleo.

En efecto, entre la fina arena de la playa salvaje de O Rostro, sobresalen varias piedras de color negruzco. Esta es, hoy día, la evidencia más visible de la marea negra que ocurrió hace diez años en la costa de Galicia. Las consecuencias más impactantes, sin embargo, son las menos perceptibles a simple vista.

El 13 de noviembre de 2002, el petrolero Prestige, con una carga de 77.000 toneladas de fuel, envió una señal de SOS. El navío tenía una fuga. Después de una operación que trató de alejar el Prestige de las costas gallegas, el buque se hundió el 20 de noviembre. El accidente se convirtió en una catástrofe ­medioambiental y económica para la industria pesquera gallega, una de las mayores de Europa con 32.700 personas empleadas directamente en este sector. “Fue un desastre total. No es que yo quiera hacer ahora leña del árbol caído, pero fue un despropósito de principio a fin : lo que se hizo con el barco, las decisiones que se tomaron a destiempo, la mala extracción de los restos del fuel sin medios para recoger el petróleo, no se sabía ni donde se iba a depositar el fuel…”, recuerda Fernando Patricio, técnico especialista en cultivos marinos y voluntario en las labores de recogida de petróleo.

Patricio, que prestó su tiempo y esfuerzo para limpiar la playa gallega de Lira de esa masa negra que llegaba a la costa día sí y día también, se refiere a la gestión gubernamental que se llevó a cabo en un intento de controlar el desastre. El Partido Popular que estaba entonces al frente del gobierno estatal y autonómico –al igual que ahora– decidió llevar el buque mar adentro, lo que empeoró las cosas incluso más de lo que ya estaban : “Cualquier objeto que echas al mar en Galicia, en una zona alejada de la costa, acaba volviendo a ella por los vientos predominantes de suroeste en la época invernal”, explica Patricio.

Pero el Gobierno de José María Aznar decidió alejar el petrolero de la costa y dejarlo en alta mar, mientras vomitaba toneladas de un petróleo que, finalmente, terminaría en la costa. El desastre del Prestige –la peor marea negra de la historia de Europa– acababa de empezar. “Fue una decisión política amparada única y exclusivamente en alejar el barco a toda costa del litoral gallego”, opina Patricio, quien también señala que el desastre se habría controlado mejor si el petrolero se hubiese llevado a un lugar específico de la costa. Un sacrificio que habría afectado de lleno a una zona acotada pero que habría evitado la contaminación de 1.600 kilómetros de costa española y francesa.

La marea negra no sólo contaminó, además afectó a la flota costera y artesanal por completo, la cual constituye el 80% del sector pesquero gallego. Durante más de siete meses los pescadores tuvieron que parar su actividad, pero a pesar del desastre económico que supuso esta veda –pérdidas de 65 millones de euros sólo durante el año 2003– muchos de ellos no se quejaron de las autoridades : “Se portaron muy bien. La Xunta lo hizo muy bien”, dice Norberto Calvo, un pescador de Fisterra, una de las áreas que se vio más afectada por la marea negra.

La Xunta de Galicia (presidida entonces por Manuel Fraga) dio subsidios a los pescadores para compensarles por las pérdidas, independientemente de sus ganancias mensuales previas al desastre : “Se dieron subvenciones de manera lineal, sin tener en cuenta los históricos de lo que cada uno había sacado del mar en un periodo determinado. A una persona que está ganando 1.500 euros normalmente no le puedes dar 2.000 euros, porque estás transmitiendo que siempre es mejor que haya un accidente a vivir de tu trabajo”, apunta Marisol Soneira, portavoz de Pesca del Grupo Parlamentario Socialista en Galicia.

Soneira cuenta que los subsidios se dieron sin preguntar demasiado, sólo para callar bocas después de la catástrofe. La Xunta dio subsidios rápidamente, aunque descuidando la gestión de las consecuencias a largo plazo. Puesto que los pescadores de la zona afectada no pudieron pescar en casi un año, las importaciones suplieron la demanda de pescado para el consumo durante ese tiempo.

¿Perdieron cuota de mercado los pescadores locales cuando se levantó la veda ? “Yo creo que eso es demagogia”, contesta el portavoz de Asuntos del Mar del Grupo Parlamentario Popular José Manuel Balseiro. Según él, el Prestige no tiene repercusiones actuales en la industria pesquera gallega. Sin embargo, consultando los datos del ICEX (Instituto Español de Comercio Exterior), las cifras hablan : un año después de la marea negra, las importaciones aumentaron de 615.000 toneladas a 682.347. Esta cifra ha oscilado desde 2003, manteniéndose bastante similar diez años después. El pasado año 584.889 toneladas de pescado importado llegaron a los puertos gallegos : “Los grandes puertos de pescado gallegos trabajan en el mercado mundial y fueron capaces de sustituir con importaciones de todo tipo la cobertura de la demanda del mercado interior español : no hubo caída de suministro porque las importaciones cubrieron la ausencia de producción propia”, explica María do Carme García-Negro, profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Santiago y experta en asuntos pesqueros.

El mercado global ocultó, así, las consecuencias económicas reales del desastre. García-Negro señala que esas importaciones han supuesto problemas económicos a la industria pesquera gallega, a través de un proceso de sustitución del pescado gallego por importado que no es visible y, por tanto, creando un efecto “perverso” a largo plazo : “Aquí se pueden vender productos de un importador que pueden costar baratísimos compitiendo en desigualdad con productos capturados en Galicia que tienen un elevado coste, producido a veces por esas normas europeas que nos hemos impuesto pero que responden a un estándar de calidad muy elevado”, dice García-Negro.

El Prestige provocó otra consecuencia perversa. Cuando los pescadores volvieron a su actividad tras la recogida del fuel, se vieron forzados a pescar más veces para capturar la misma cantidad de pescado que antes de la catástrofe. Con este aumento del esfuerzo, los pescadores ganaban el mismo dinero, pero también contribuyeron a un grave problema dentro de la industria pesquera : la sobreexplotación de pescado.

A menos cantidad de pescado en el océano, los precios del pescado deberían subir : una regla de mercado básica. Pero en la industria pesquera gallega esta regla no se cumple, lo que genera un círculo vicioso. Los precios tienden a ser estables, por lo que los pescadores tienden a pescar más cantidad – incluyendo tallas pequeñas.

“Los precios se han mantenido bajos y eso es así porque la parte comercial tiene más peso en el intercambio que los propios pescadores. Pero hay que salirse de la cuestión puntual [el Prestige] y pensar que estamos en un mundo globalizado donde los grandes intermediarios, multinacionales de la importación y las grandes superficies condicionan y tienen un peso importante en los mercados centrales y, efectivamente, tienen cierto poder sobre los precios, mientras que la empresa ­pesquera tradicional lo que hace es que ­llega a puerto, se encuentra con el mecanismo de la subasta a la baja y tiene muy pocas posibilidades de maniobrar”, explica Manuel Varela, experto en asuntos pesqueros y profesor de Economía Aplicada en la Facultad de Económicas de la Universidad de Vigo.

Cuatro meses antes de que la catástrofe del Prestige tuviese lugar, Antonio García-Allut, un antropólogo especializado en pesca artesanal, propuso una solución para solventar este problema. García-Allut fundó Lonxanet, una plataforma de venta de pescado y marisco gallego a través de Internet y co-gestionada entre los pescadores y la administración. Este proyecto proponía la venta del pescado capturado por la flota artesanal y costera directamente a los restaurantes y a otros consumidores finales. El eslabón más débil dentro de la industria pesquera en Galicia tuvo así una oportunidad para controlar los precios de venta del pescado. Pero la iniciativa no duró mucho tiempo : “Posiblemente el Prestige ha sido responsable del 80% de las causas que provocaron el cierre de Lonxanet”, dice García-Allut.

Tras la prohibición de capturas para la flota artesanal y costera gallega afectada por la marea negra provocada por el Prestige, Lonxanet se quedó sin materia prima con la que comercializar. Cuando los pescadores volvieron a la actividad después del paro obligatorio, ya era demasiado tarde : los restaurantes que Lonxanet solía suplir, estaban trabajando con otros intermediarios. La compañía perdió casi un millón de euros, lo que llevó al cierre de Lonxanet en julio de 2011. Durante este periodo, las autoridades no ayudaron al mantenimiento de esta iniciativa que beneficiaba a la pesca artesanal y costera gallega al mismo tiempo que promovía una pesca sostenible.

El Prestige no sólo acabó con nuevos modelos de negocio, también con viejas mentalidades. Así ocurrió en Lira, donde los propios pescadores crearon una reserva marina de interés pesquero por iniciativa propia : “Es el primer caso que yo conozco donde el propio sector, y no la administración, sea quien proponga la reserva”, dice José Antonio Neira, coordinador de la reserva marina de Lira. “El Prestige fue un punto de inflexión. La gente vio la costa como estaba, vio que su futuro y el de sus hijos podía hallarse en peligro, y yo creo que hubo un cambio de mentalidad”, destaca Neira.

Los pescadores percibieron el futuro negro –como el mar– y, tras un proceso largo de gestión y de lucha que duró cuatro años –desde 2003 hasta noviembre de 2007– la reserva empezó a funcionar. Ahora la batalla es diferente : con los recortes en parte motivados por la crisis económica, la administración dedica a la reserva una quinta parte del presupuesto inicial, afectando principalmente a la vigilancia : “Si no hay vigilancia ¿qué es lo que pasa ? Pues que hay una reserva de papel”, se queja Neira.

Aunque se notan pequeños indicios de mejora, la reserva no ha dado aún los resultados deseados en cuanto a la preservación de las especies. Neira duda : “Igual está mal diseñada, es demasiado pequeña”. Para los pescadores artesanales de Lira, Ramón Romero y Andrés –quien prefiere no dar su apellido– los motivos son diferentes : “Nosotros pensamos que la reserva no funciona porque influye mucho la piscifactoría, que con los rodaballos que congelan le echan mucho amoniaco y, claro, el mar está al lado”, dice Andrés, refiriéndose a la compañía noruega Stolt Sea Farm, situada en la playa de Lira.

Romero escucha pacientemente. No habla mucho. Sólo escucha mientras prepara la red de pesca para el día siguiente. Finalmente lanza un comentario : “Ellos defienden más la empresa grande, la empresa pequeña no tiene importancia para ellos. Es como si no existiéramos”.

La pesca artesanal, que diez años atrás se vio fuertemente golpeada por la marea negra, se enfrenta hoy a amenazas muy distintas : “El lobby pesquero –la flota industrial– es tan brutal que los ministros son como marionetas”, denuncia Celia Ojeda, portavoz de la campaña de océanos para Greenpeace España.

En la Unión Europea, las cosas pintan bien para ese influyente lobby pesquero. La Política Pesquera Común (PPC) que se efectuará en 2013, propone un mercado de Cuotas Individuales Transferibles (TIC) donde las pesqueras más influyentes podrían llegar a comprar toda la cuota de pesca de una especie de pescado, dejando a los pescadores artesanales sin la posibilidad de pescar esa especie en particular.

Si las compañías más grandes se apoderan de las cuotas de pescado, los artesanos tendrían que tirar pescado muerto al mar para evitar ser multados al llegar a los puertos. Esta práctica de descartes –que ya ocurre puesto que la distribución de cuotas es bastante desigual– daña gravemente al ecosistema : “La pesca de bajura es mucho más sostenible que la pesca industrial, no se capturan esas cantidades. Yo no sé si en Europa eso no lo saben o no lo quieren saber, después promueven que defienden el ecologismo y la sostenibilidad y todo eso. ¿Qué sostenibilidad ? No entiendo por qué intentan acabar con nosotros”, se queja Andrés, el pescador de Lira.

Si hace diez años el Prestige estuvo a punto de acabar con la pesca artesanal gallega, la nueva política de pesca europea podría terminar por hacerlo : con la privatización de los océanos a manos del lobby pesquero, la pesca de bajura estará condenada a desaparecer.





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