« Pour nos combats de demain, pour un monde plus libre, plus juste, plus égalitaire, plus fraternel et solidaire, nous devons maintenir vivante la mémoire de nos luttes »

Gunter Holzmann

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La modernidad contemporánea en América Latina

Par José Maurício Domingues  |  2 octobre 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

UNA RECAPITULACIÓN DE CUESTIONES BÁSICAS

1) Analizamos la lucha multifacética por los derechos y la justicia en el subcontinente, especialmente desde los años ochenta los trabajos de la ciudadanía instituyente. Giros modernizadores múltiples, tanto descentralizados como centralizados, fueron divisados en el núcleo de esas iniciativas creativas, en las cuales las clases populares, los pueblos originarios, los negros y las mujeres han venido luchando para hacer avanzar la civilización moderna en una dirección democrática, haciendo efectivos, por lo tanto, algunos de los elementos clave de su imaginario. Hay un avance sistemático del derecho y de la ciudadanía que encuentra expresión en las abstracciones reales, que de esta manera incorporan una perspectiva universalista. En las conclusiones parciales del capítulo 3, he sugerido que, en cierta medida, este movimiento como un todo podía ser considerado una revolución molecular (en la que se lanzan giros más potentes y centralizados, a veces como verdaderas ofensivas llevadas a cabo por movimientos sociales, partidos políticos o “instrumentos”). Pero vemos también que hay otros giros modernizadores que son disparados por fuerzas neoliberales y que hacen que la alternativa moderna más autoritaria quede actualmente en posición defensiva. Por otro lado, notamos que la ciudadanía ha tenido que dar cuenta del tema de la pluralidad, con lo que las abstracciones reales tuvieron que abrirse, sin por ello disolverse, a las particularidades y a lo concreto. Aunque sea parte de un movimiento más amplio de democratización de la modernidad en el siglo XX y especialmente desde la década de 1980, sus fuerzas propulsoras son fundamentalmente internas. Los derechos sociales no avanzaron tanto, a pesar del aumento del gasto social.

2) En el capítulo 2, los procesos de reestructuración económica y los cambios del capitalismo en una dirección globalizada y caracterizada por la alta tecnología fueron abordados en su dimensión mundial, pero particularmente en América Latina. El otro aspecto crucial de los desarrollos globales y regionales recientes al que nos referimos fue el papel desempeñado por el capital financiero. Los giros modernizadores, incluyendo las ofensivas centralizadas de parte de grandes empresas, organizaciones financieras internacionales y gobiernos nacionales pasaron a basarse en el punto de vista neoliberal. Los trabajadores, así como las pequeñas y medianas empresas, quedaron desbaratados en ese proceso de transformación radical. En este sentido, si no podemos hablar de un proyecto verdaderamente hegemónico, en especial porque el neoliberalismo probó ser una alternativa fallida, no podemos considerar tal proceso como una revolución “pasiva”. De hecho, el momento de la coerción prevaleció y las alternativas han sido violentamente descartadas por las organizaciones internacionales y las agencias de “evaluación de riesgo” del capitalismo global. La adaptación pasiva al capitalismo globalizado, que implica incluso la reprimarización y la reintroducción del subdesarrollo, han estado en el centro del modelo de desarrollo (acumulación más regulación) en todos los países como resultado general de los giros y las ofensivas modernizadoras en América Latina. Si en el futuro ocurrirá una cooptación del liderazgo popular es incierto, pero improbable, ya que eso requeriría que las clases dominantes renunciasen a algunas de sus ganancias en favor de las clases subordinadas.

3) La pluralización de la vida social atraviesa las sociedades latinoamericanas como el resultado de tendencias evolutivas que multiplican todos los tipos de actividades en todas las dimensiones. Procesos profundos de desencaje, que se vinculan al capitalismo, a la ciudadanía y a la globalización, y los procesos subsiguientes de reencaje que éstos imponen, han segregado nuevas y variadas identidades, que pueden asumir así aquella faz plural. La complejización de la vida social deriva de esa combinación y está vigente en la actualidad en América Latina, donde sujetos individuales y subjetividades colectivas más libres emergen a la vida social y política, aun cuando padezcan una situación social de “riesgo” y marginación. Ésta es la base subyacente de los giros modernizadores en América Latina y de la revolución democrática molecular que se despliega. Sin embargo, las divisiones de clase, étnicas, raciales y de género siguen siendo profundas, y afectan decisivamente la vida económica, cultural y política. Los movimientos sociales vinculados a tales divisiones, así como a otras que tienen una constitución más contingente (los movimientos religiosos, en particular), lanzan a veces poderosas ofensivas modernizadoras. De modo general, su reproducción así como su cambio –el cual, cuando ocurre, lo hace solamente en grado menor–, son llevados a cabo por giros modernizadores más descentralizados. Son también pacientes y agentes de la modernización. Argumenté también que, supuesta la radical pluralización de la vida social y los cambios subsiguientes en la propia idea de nación, es necesaria una modificación en la integración social en dirección a una forma de solidaridad compleja y necesaria.

4) He identificado una contradicción entre la evolución democrática del subcontinente y el proyecto neoliberal que fue absolutamente dominante en la dimensión económica. He sugerido que una y otro estaban en campos opuestos, aunque sin profundizar en la cuestión. He argumentado, además, que una reconstrucción del Estado, que tendría entonces en su núcleo un nuevo bloque histórico que podría retomar el desarrollo en conjunto con la democratización, es también improbable. Una solución para este choque contradictorio de tendencias modernizadoras a través del Estado como tal es, por lo tanto, un espejismo, a pesar de la autonomía relativa de que goza como subjetividad colectiva. Es hora, así, de elaborar la cuestión recurriendo a los puntos sintetizados e introduciendo algunas precisiones conceptuales. Ello se hará dentro del marco de una teoría civilizacional de la modernidad.

MODERNIZACIÓN, CIVILIZACIÓN Y DESARROLLO

América –incluyendo sus regiones ubicadas más al sur– tiene un claro comienzo, a diferencia de la mayoría de las regiones en la historia : 1492, el año de su “descubrimiento” –o “conquista”, desde otro ángulo, y obviamente “invención”, como cualquier fenómeno social– por la corona española, formalmente completada por los portugueses en 1500. En ese momento, la modernidad abría sus alas lentamente en Europa, y la expansión hacia el “Nuevo Mundo” desempeñó un papel clave en el salto cualitativo del proceso, que no puede ser entendido meramente en términos estrictos de la metodología “nacionalista”, que la confina a la limitada configuración espacio-temporal de los Estados-nación que se estaban forjando en Europa en los siglos XVI y XVII. Así, la emergencia “episódica” (contingente y no necesaria en términos evolutivos) de la modernidad tiende a ubicarse dentro de procesos globales más amplios, de los que Portugal y España fueron finalmente desplazados. Eso no equivale en modo alguno a afirmar que los orígenes de la modernidad descansen fundamentalmente en los sistemas coloniales de América, es decir, que la “racionalidad” occidental haya nacido ahí, en la construcción de máquinas administrativas para supervisar las áreas coloniales ibéricas y en el “ego conquiro” que precede al “ego cogito”, aun cuando esas afirmaciones puedan ser perfeccionadas por el reconocimiento de procesos originarios internos a la propia Europa. Si realmente se desarrolló en las Américas una variante específica dada, digamos, la “protomodernidad” de origen ibérico, fue oriunda de Europa, en su encuentro con otras civilizaciones variadas que existían previamente en el “Nuevo Mundo” y en África. El centro dinámico del sistema global se localizaba en Occidente –y permanece allí hasta hoy en gran medida, sólo que los Estados Unidos sustituye a los países europeos como potencia hegemónica mundial, aunque ciertos giros modernizadores y procesos dinámicos, especialmente emancipatorios, emerjan con frecuencia en la periferia, como argumentaré a continuación en relación con América Latina.

Hasta entonces una región periférica en el mediterráneo dominado por el Islam, Europa experimentaba múltiples modificaciones internas (económicas, políticas y culturales) que también aumentaban decisivamente su poder en relación con el mundo como un todo (y permitieron los exitosos “descubrimiento” y colonización de América). Esto implicó, en las “formas de conciencia” y las instituciones, un imaginario que tenía como protagonistas a individuos y colectividades que se volvieron responsables por los que fueron los primeros giros modernizadores de la historia. Aquellos cambios y esos agentes fueron influidos por los procesos que ocurrían en las márgenes occidentales del Atlántico, y bebieron de ellas y de otras áreas que fueron arrastradas hacia adentro del sistema global que emergía ; sin embargo, al paso que aquellos cambios estaban siendo elaborados y se desplegaban en el centro de la civilización moderna global que despuntaba, era precisamente en el espacio-tiempo de Europa donde los agentes ponían en práctica sus giros principales. Es verdad que conviene criticar y revertir el hecho de que, en relación con la gestación de la modernidad, el punto de mira sea exclusivamente el “viejo continente” ; no hay razón, sin embargo, para descartar la colosal cantidad de obras sobre el tema, que se renueva continuamente. Apenas más tarde, los países de América Latina fueron objeto de giros efectivamente modernizadores, en la medida en que tejieron un imaginario, erigieron instituciones, establecieron prácticas y moldearon “formas de conciencia” que eran típicas y regionalmente modernas, estaban conectadas con las de Occidente y, al mismo tiempo, eran distintas de ellas, aun cuando las continuidades societales y el despliegue de aquel encuentro fundador de civilizaciones pudiese y todavía pueda observarse en todo el subcontinente (Nelson, 1977 ; Domingues, 2003a).

La teoría de la modernización y su “occidentalismo” ofrecen, en realidad, un mal consejo evolucionista. No obstante, en nada ayuda asumir una posición casi opuesta. Es en los, por así decir, giros modernizadores episódicos llevados a cabo en el subcontinente, vinculados a la modernidad global, donde debemos concentrarnos teórica y metodológicamente. Fue lo que hicimos en los capítulos precedentes para las dos primeras fases de la modernidad y, sobre todo, para la tercera. Al mismo tiempo, es menester ir más allá de la reificación de la modernidad desde una posición acrítica, tan común en la teoría sociológica en América Latina de modo general y en sus anhelos de modernización (Ortiz, 1988, pp. 208-10). Debemos verla de modo más contingente, como un proceso relativamente abierto, en el cual algunos temas son orquestados, las instituciones persisten en ciertas formas básicas y el imaginario retiene un número de características que definen si una formación social se encuentra en los límites de la modernidad, concretamente o al menos como una aspiración y como su horizonte teleológico subjetivo. Así fue en el pasado, desde el siglo XX, cuando, según he argumentado en todos los capítulos precedentes, la modernidad se estableció poco a poco en América Latina ; así, es ahora cuando deben encararse los desafíos vertiginosos de la tercera fase de la modernidad.

Así podemos flanquear lo que puede llamarse, recurriendo a Marx, el “fetichismo de la modernidad”. O sea, su cosificación como una entidad supuestamente homogénea y universalmente ya dada, que existiría como tal en Occidente (en Europa y en América del Norte) y se realizaría imperfectamente en América Latina. Éste es, obviamente, como se argumentó a lo largo de este libro también, el abordaje de la teoría de la modernización, pero con frecuencia el marxismo reprodujo la misma perspectiva. En cambio, con giros modernizadores episódicos y variablemente centralizados, que tienen en su base subjetividades colectivas, la modernidad se historiza, se vuelve más compleja y múltiple, sus relaciones con otras tradiciones y herencias se hacen mucho más difíciles de predecir y entretejer y la cuestión de la agencia se reintroduce en el debate, sin perjuicio de algunos elementos institucionales e imaginarios que tienen una poderosa pulsión directiva.

Además, otros elementos, que derivan de otras constelaciones civilizacionales, han sido traídos a la esfera de la modernidad gracias a encuentros civilizadores y a la capacidad de la modernidad de poner todo a su servicio, aunque muchas veces de manera destructiva –frente a lo cual sólo el recurso a nuevos medios para modernizar tradiciones anteriores es una respuesta eficiente–, a merced de los procesos sociales subyacentes que ella desencadena. Por último, pero no menos importante, eso acontece como una consecuencia de su poder de atracción, en tanto sus promesas y al menos algunas de sus realizaciones emancipatorias (centradas en la cuestión de la libertad igualitaria, incluso desde el punto de vista colectivo) han suministrado un horizonte seductor a poblaciones que podrían, en principio, intentar resistir a su reclamo (lo que de hecho hicieron en algunos momentos, Domingues, 2003a). Mientras que de otras influencias civilizadoras emergen otras cosmologías, que algunos llaman “pensamiento fronterizo” (y yo visualizaría como estar del lado de adentro así como del de fuera o pertenecer sin el desear y de modo ambivalente, con otros recursos emocionales e intelectuales, otras tradiciones y memorias), modos diferentes de entender la vida social y la naturaleza, ya se encuentran en un diálogo, y ya están articuladas por el imaginario de la modernidad y sus instituciones. Y, aunque puedan efectivamente sugerir nuevos horizontes –locales o más amplios– a la modernidad –o incluso más allá de sus presupuestos–, es dentro de ella donde deberán operar prácticamente. No se deben aceptar aquí dualismos. En compensación, las cuestiones de “reconocimiento” e “interculturalidad” (que implican un verdadero diálogo de ida y vuelta) son centrales para esa discusión. Es necesario, sin embargo, que seamos también cuidadosos con la posibilidad de que se introduzcan otras formas de dominación (posmodernas, dirían algunos, típicas de la heterogénea tercera fase de la modernidad), basadas en la fragmentación social y en barreras entre las subjetividades populares.

Para plantear de manera ligeramente diferente lo que ya he afirmado en pasajes anteriores, podemos decir que, en cierto sentido, a la vez que la expansión de la modernidad significó haber absorbido y subordinado formaciones sociales bastante amplias de diverso origen civilizacional, también implicó que el imaginario moderno y sus elementos utópicos fueran encajados en el horizonte de esas nuevas áreas incorporadas. En América Latina, éstas estuvieron en general arraigadas en tiempos y tradiciones precolombinos, con la presencia de poblaciones indígenas. Eso quiere decir que aquello que algunos autores teorizaron (de modo poco específico y dualista u oscuro) como una forma de “colonialismo interno” después de las independencias del siglo XIX (González Casanova, 1965 ; Stavenhagen, 1965 ; Sanjinés C., 2001, pp. 104, 281-2 y 313) llevó a que la modernización segregase una dinámica de más modernización. Eso tenía entonces que hacerse en una dirección integrativa y democrática, en dirección de la inclusión plena y del reconocimiento, aunque fueran inevitables las tensiones y las colectividades dominantes frecuentemente se resistieran a ese giro. Las cosas transcurrieron así en las dos primeras fases de la modernidad y están destinadas a pasar del mismo modo en esta tercera. La diferencia es que, a esta altura, muy poco se encuentra fuera de la modernidad, si es que todavía se encuentra algo, sin perjuicio de la irreductibilidad de las diferencias de formaciones sociales y colectividades, en su particularidad. Los problemas para la integración nacional que generaron aquellas resistencias son notorios, pero tenemos testimonio de grandes cambios hoy en esa dirección, capitaneados, obviamente, por la revolución democrática molecular. Además, la presente fase de la modernidad muestra una dificultad mucho menor en absorber lo diferente, lo heterogéneo, a pesar de los problemas remanentes, como el racismo y la explotación.

La teoría de la civilización ha resurgido en los últimos años, especialmente con los trabajos de Eisenstadt y Arnason. Estos autores han sugerido interesantes formas de manejar los procesos históricos de largo alcance. Algunas de sus principales limitaciones están, sin embargo, asociadas a una definición de civilización que reproduce la “metodología nacionalista” de la sociología tradicional. Eso es verdad en particular en lo que atañe a las religiones mundiales que se convierten, en los textos de Eisenstadt, en algo análogo a las culturas nacionales o, de cualquier modo, cerradas. A veces, esto se vuelve un problema en la medida en que esa operación lo obliga a multiplicar las modernidades, que podrían en efecto bajar a regiones, ciudades, etc., en el caso de que llevásemos lo argumentado a sus implicaciones radicales. Aquí quiero rechazar este punto de vista y, desestimando también la idea de modernidades “múltiples”, “alternativas” o “cruzadas” (entangled), comprender la modernidad como una civilización global heterogénea, que atrajo hacia sí, transformándolas, otras civilizaciones o elementos civilizacionales, gracias a su poder de atracción. Pero, además, a la vez que ese carácter global tiende a acentuarse aquí –y a lo largo de todo este libro vimos cómo funciona eso en América Latina–, debemos dar cuenta también de su expansión heterogénea.

Un concepto importante a introducir es el “desarrollo desigual y combinado”. Trotsky lo formuló originalmente para abordar el camino de Rusia rumbo a la civilización capitalista, integrada al mercado mundial, pero a la vez tan heterogénea internamente como lo era en el mismo sentido el capitalismo occidental. Yo lo supuse, implícitamente, durante todo este libro, en relación con la posición de América Latina en el mundo, a sus desarrollos internos –sean nacionales o infranacionales– desiguales y en lo que concierne a las diversas dimensiones de su vida social. El desarrollo desigual de la modernidad debe evaluarse respecto de lo que sucede en Occidente y en otras partes, pero también en lo que atañe a los países y las regiones, así como a las dimensiones de la vida social. Trotsky usó el concepto para mostrar que desarrollos particulares del capitalismo, regionales o nacionales, en un país atrasado como Rusia no llegaban a evidenciar aspectos “primigenios” ; ellos engendraban estructuras y actores más avanzados (lo que, para su narrativa histórica, implicaba especialmente la imposibilidad política de la burguesía del país y la frescura y el carácter avanzado de su proletariado).He ahí las raíces de muchas de las paradojas rusas y del proceso revolucionario liderado por los bolcheviques en 1917.

El desarrollo desigual y combinado de la modernidad es el otro aspecto de la unificación de la historia que esta civilización alcanzó. Eso tuvo lugar por medio de procesos concretos que nada tienen a ver con la concepción de Hegel de la “Historia Universal” y tampoco significan que no haya una configuración espacio-temporal homogénea de la vida social global y de la evolución social. Al contrario, hay construcciones espacio-temporales regionalizadas, con sus propios ritmos, configuraciones, densidades, procesos de intercambio con la naturaleza, relaciones de poder y calidades simbólico-hermenéuticas, en un proceso evolutivo multilineal en el que las subjetividades colectivas ejercen su creatividad. Aquellas configuraciones espacio-temporales pueden mantenerse en tensión unas con otras, y ahora, sin embargo, se encuentran irremediablemente imbricadas y subordinadas a los centros dinámicos que impulsan la modernidad. América Latina, atravesada por la heterogeneidad desde su surgimiento, es una de esas construcciones espaciotemporales.

Para continuar con este argumento, quiero sumar a la expresión “desarrollo desigual y combinado” el término contradictorio. La posición de América Latina, antes y hoy, en el sistema global, así como la disparidad de configuraciones regionales a través del subcontinente, se ligan al uso que Trotsky hacía de su concepto (aunque su optimismo estuviese probablemente ahora dislocado). La dirección en la que se viene desarrollando la tercera fase de la modernidad en América Latina, con características específicas y de forma subordinada en muchos aspectos, además de los cambios que se produjeron y las diferentes regiones que se desarrollaron con aspectos específicos e incluso opuestos, y que se vinculan a veces directamente a sistemas “exógenos”, en verdad encajan bien en esta categorización, como hemos visto a lo largo de todo este libro. Pero aquella cuestión adicional tiene también relevancia aquí. De hecho, entre las varias dimensiones de la vida social contemporánea podemos detectar fuertes tensiones y oposiciones, contradicciones, que generan serios problemas y posibilidades de ruptura, en esta región y en otras partes. Para Germani, un intérprete clave de América Latina, éstos resultaban de un desajuste entre las “partes” (y grupos) del sistema social y eventualmente se armonizarían una vez que la transición de la sociedad adscriptiva a la moderna se alcanzase enteramente aquí o dondequiera. Este desajuste temporal, expresado en lo que él llamó “asincronía del cambio social”, sería ciertamente superado en términos teleológicos fuertes y mecánicos (Germani, 1965, pp. 16-7 y 98-109). Eso es, sin embargo, un argumento funcionalista que era admisible en su momento, pero que hoy no se sostiene, a pesar del reciente retorno ideológicamente fuerte de versiones aún más precarias de la teoría de la modernización. No hay razón para pensar que la armonía sea necesariamente un resultado de procesos sociales específicos, menos aún en América Latina. Sin embargo, no hay razón tampoco para suponer que las contradicciones entre las dimensiones sociales y las subjetividades colectivas, como soportes de giros modernizadores opuestos que moldean aquellas dimensiones, tienen que llevar a algún tipo de resolución, catastrófica, neutra o benigna.

He subrayado una contradicción entre los giros modernizadores democratizantes, que apuntan a los elementos nucleares del imaginario de la modernidad, y el tipo de proyecto neoliberal que ha sido hasta ahora predominante en esta tercera fase de la modernidad en el subcontinente. He intentado profundizar esta tesis con el análisis detallado de un amplio cuerpo de obras. Ha habido quienes hicieron algo análogo, aunque de forma mucho más breve y con una visión más catastrófica, casi prediciendo la falencia de la democracia y la derrota de los movimientos populares, en el caso de no ser capaces de revertir aquellas tendencias económicas y directivas de política social, y entonces sería la marea alta de tales movimientos la que vencería las imposiciones capitalistas. Frecuentemente, sólo se señala un aspecto de ese desarrollo doble. Aun más común ha sido el reconocimiento de los efectos perjudiciales del neoliberalismo sobre la democracia y el alto precio que pagaron los gobiernos electos con una plataforma antineoliberal, que tienen que desistir de ella o se muestran incapaces de implementar cambios en lo que concierne a las políticas económicas (por ejemplo, Argentina y Ecuador). El proceso es, sin embargo, más complejo y todos los finales son realmente posibles. Las cosas pueden ir en cualquier dirección y podemos asistir a un proceso social trabado en que esas tendencias modernizadoras persistan lado a lado, sin ninguna resolución de su contradicción. Así, pueden establecerse ajustes y la energía popular puede disiparse, o puede ser suficiente para derrotar el neoliberalismo, al alzar vuelo en algún punto. Lo más probable, en función de la fuerza de ambas corrientes de giros modernizadores, es que una dialéctica tensa permee la vida social. Las contradicciones entre esas corrientes serían reiteradas, en la medida en que no emerjan alternativas, y el momento de la coerción predominaría de arriba abajo, no obstante los acomodamientos que quizá sean aceptados por las clases dominantes, mientras que la lucha por el derecho, los derechos y la justicia sigue incansablemente, a pesar de las mareas altas y bajas.

Ésta es, en cierto sentido, una dinámica perenne de la modernidad, en la cual la libertad y la dominación, la igualdad y la desigualdad, la solidaridad y la fragmentación están siempre en oposición unas con otras, en una relación dialéctica. Esa dinámica encuentra una expresión particular y es reelaborada concretamente en los procesos democratizadores y creativos impulsados por los giros modernizadores de las masas populares y de sectores de las clases medias, por un lado, y por los proyectos liberal-conservadores llevados a cabo por las subjetividades colectivas dominantes, que tienen sus propios giros modernizadores, por otro. Una peculiaridad que debe ser tenida en cuenta es que tal tensión es tan grande en la América Latina contemporánea que la inconsistencia de las prácticas sociales es bastante visible, de allí el concepto de desarrollo combinado, desigual y contradictorio.

LÍMITES DEL PRESENTE, POSIBILIDADES DEL FUTURO

La tercera fase de la civilización moderna en América Latina está atravesada por tales tensiones. Esta etapa se basa, en parte, en realizaciones alcanzadas en otras áreas, así como es combinada y las combina no sólo con elementos anteriores a la modernidad sino también con procesos generados internamente o que fueron absorbidos antes ; ofrece avances reativos dentro de los marcos de la modernidad y está en tensión consigo misma en lo que se refiere a dimensiones y giros. Una disputa permanente la marca, como también la marcó las otras fases de la modernidad en el subcontinente y en otras partes. Si pueden identificarse caminos fuertemente condicionados y éstos deben tenerse en cuenta en los rumbos del desarrollo y de las colectividades que nacieron y son transformadas así como reforzadas por ellos, deben entonces reconocerse y, creo, celebrarse las rupturas que la creatividad social puede aportar a esas condiciones, refractando así la dirección del desarrollo social, incluso de modo radical. Si los países latinoamericanos, como argumento en el capítulo 2, han de ser considerados parte de la periferia o de la semiperiferia de la civilización moderna en términos económicos, en lo que concierne a la democracia y la justicia, éste no es exactamente el caso.

No quiero resucitar la idea de “ventajas del atraso”, que se encuentra presente en la formulación original de Trotsky y tuvo éxito en todo el planeta. Sin embargo, en la medida en que no hay ajuste necesario y, en el caso en cuestión, efectivo entre las dimensiones de la vida social, podemos sugerir que la dinámica política y cultural de la modernidad en América Latina, que está cargada de posibilidades creativas, las desplazan hacia una posición más favorable y activa en la escena global. Sería demasiado afirmar que América Latina se sitúa así en el centro del sistema global, en tanto el poder institucionalizado permanece en manos de las fuerzas neoliberales orientadas hacia formas de democracia de baja intensidad y a la adaptación pasiva al nuevo subdesarrollo de la región. Además, los Estados de la región manifiestan muchas limitaciones. Pero, en términos de los movimientos emancipatorios, se encuentra en el mismo plano que otras regiones, especialmente Europa, o incluso en la línea de frente de la civilización moderna. El imaginario de la modernidad encuentra aquí formas creativas que, en lo referente a las configuraciones institucionales internas, como a la propia inserción periférica global de América Latina, avanzan para ampliar y actualizar sus horizontes axiológicos y normativos en una dirección emancipatoria, individual y colectiva.

Expuesto esto, aún es necesaria otra reflexión, ya que América Latina ha sido objeto de muchas esperanzas gracias a sus movimientos sociales creativos y su ebullición cultural, al surgimiento del Foro Social Mundial y a una tradición de lucha contra la dominación extranjera que jamás se extinguió. ¿Son esperanzas justificadas, teniendo en cuenta especialmente lo argumentado acerca de los movimientos emancipatorios mencionados antes ? No es la intención finalizar este libro con un tono pesimista. Aun así, una respuesta positiva no es fácil. Las razones para ser cauteloso, junto a cuestiones teóricas sobre la “posiblemente desmembrada” estructura de la vida social, son políticas e intelectuales. La correlación de fuerzas no es favorable hoy, a pesar de que se han logrado avances reales, y de que las posibilidades para el desarrollo de alternativas económicas, políticas o culturales son por lo menos dudosas, más allá del cambio molecular. El horizonte para que lleguen al poder fuerzas genuinamente transformadoras, más allá del transformismo, parece remoto, no obstante el proceso boliviano reciente. Las burguesías internas no deben considerarse ya –si es que lo fueron algún día– como copartícipes de un movimiento de emancipación, de la implementación de la libertad igualitaria y de la búsqueda de una mejor posición en el sistema global. Sin embargo, tampoco las clases populares parecen capaces de reunir fuerzas, forjar un programa político y movilizarse y de movilizar a otras colectividades, para desarrollar en la práctica una alternativa hegemónica que les permita construir una solidaridad compleja y reformatear el Estado para operar como una máquina orientada a la superación de la adaptación pasiva a la globalización. Esta limitación puede persistir a pesar de la importancia continua de la revolución democrática molecular que se viene desarrollando. Debe, de todas formas, admitirse que ésta no es una dificultad solamente latinoamericana.

En ninguna parte del planeta la dirección neoliberal de la tercera fase de la modernidad ha tenido que encarar un desafío verdadero, en especial uno que tuviese en su centro la emancipación en sentido ampliox –nacionalmente, en lo que corresponde a las clases e individualmente–. Esperemos, sin embargo, que la creatividad de la revolución molecular intensa engendrada por las fuerzas populares, en particular desde la década de 1980, consiga producir una gama de Organizaciones políticas que no abandonen sus ideas originales al llegar al poder estatal y se vuelvan capaces de llevar a cabo un avance efectivoxi. La modernidad contemporánea podría así recorrer un nuevo camino en el cual los elementos emancipatorios del imaginario de la modernidad –la libertad igualitaria, la solidaridad y nuevas formas de responsabilidad colectiva, en su oposición a la dominación, a la desigualdad y a una concepción simplemente autointeresada de la responsabilidad– pudiesen superponerse a las instituciones y los giros modernizadores que traen aparejado lo que surgió como una de las grandes invenciones de la humanidad en su rica y atormentada historia hasta hoy. América Latina parece tener un papel particular que desempeñar en ese proceso 

 

Fuente :

El texto publicado en este Cuaderno es parte de José Maurício Domingues ‘La Modernidad contemporánea en América Latina’ (Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, 2009).





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