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OTRA EUROPA ES POSIBLE

Pánico a bordo

Par Bernard Cassen  |  16 de septiembre de 2011     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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El espectáculo que actualmente están dando los gobiernos europeos y el de Estados Unidos es humillante para ellos, pero sobre todo, es devastador para la democracia. Viendo a los dirigentes de grandes países exhibir públicamente su impotencia ante las agencias de calificación y los detentadores de capitales, los ciudadanos no pueden menos que preguntarse si las elecciones aún tienen algún sentido. A la pregunta de “¿quién gobierna?”, la respuesta ya no es en efecto, “los presidentes o los primeros ministros” sino evidentemente: “los mercados financieros”.

A pesar de ciertas denuncias rituales contra los “especuladores”, esta capitulación ante las finanzas ni siquiera se disimula ya. Sin el mínimo pudor, hay ministros que declaran la necesidad de cercenar los gastos de protección social, reducir el monto de las pensiones y despedir a funcionarios con el único objetivo de preservar la “nota” AAA de Moody’s, Fitch Ratings o Standard & Poor’s para conseguir créditos con tipos más ventajosos. Para satisfacer el nuevo plan de “rescate” de Grecia, decidido el 21 de julio pasado, el gobierno de Atenas se ve impulsado a privatizar todo lo que pueda privatizarse, incluso –¿por qué no?–, las islas y el Partenón.

El problema de los gobiernos, y en especial los de la zona euro, es que, para los mercados financieros, no hay medida que sea suficiente, ni aun aquella que pretende responder a sus mandatos, y, para que quede bien claro, pasan inmediatamente al acto. De esta forma, al día siguiente del acuerdo sobre el techo de la deuda federal impuesto a Barack Obama por los republicanos, y que amputará masivamente los presupuestos sociales, la agencia Standard & Poor’s, en una decisión histórica, degradó la nota de Estados Unidos a AA+. De igual modo, a pesar de la adopción del plan que supuestamente iba a “salvar” a Grecia y, más allá de ella, a la moneda única europea, los analistas financieros encaran abiertamente un impago (default) de ese país, y hasta la implosión de la zona euro. En cuanto a los tipos de interés de los préstamos a Italia y España, treparon por encima del 6 % (frente a un poco más del 2 % para Alemania) con lo que serán, también, imposibles de reembolsar.

En otros términos, las autoridades políticas son incapaces de detener la marcha hacia la recesión y aparentemente hacia un nuevo crac. Las finanzas son miopes; para ellas, largo plazo es el intervalo entre dos clics del teclado. Contrariamente, la razón de ser de los gobiernos es anticipar el porvenir, pensar en un horizonte de varios años o, por lo menos, de varios meses. Esta misión se ha vuelto absolutamente imposible para ellos: son los mercados los que les imponen no sólo el contenido de sus “decisiones” sino también su ritmo y su calendario.

No se debería, empero, presentar a los gobiernos como inocentes víctimas de la locura del capital. Hace más de treinta años, en nombre de la ideología neoliberal y del “todo-mercado”, vienen desmantelando sistemáticamente –en especial por la vía de los tratados europeos- todas las herramientas de regulación y control que tenían a su disposición. Hoy se encuentran en la situación de la tripulación aterrorizada de un avión cuyos mandos ya no responden, y que va directo a estrellarse. En Europa, para tratar de evitar la catástrofe, se ven obligados a hacer representar al Banco Central Europeo, teóricamente “independiente”, un papel que, por el Tratado de Lisboa, le está vedado.
Asombrosa paradoja: incluso para “producir” liberalismo y obedecer a los mercados se requiere capacidad de intervención de los Estados. Desconectando la esfera económica y financiera de la esfera política, los liberales han cavado su propia tumba. Tumba a la que están arrastrando a los pueblos.





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