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¿Movimiento ciudadano contra la corrupción o golpe de Estado encubierto ?

Primavera engañosa en Brasil

Par Laurent Delcourt  |  5 mai 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Según una parte de la prensa, el proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff, iniciado el pasado 17 de abril mediante la votación en el Parlamento, daría muestras de la fuerza de la joven democracia brasileña. Sin embargo, es todo lo contrario. Al renunciar a reformar el sistema político del país, la izquierda construyó la trampa en la que ha quedado atrapada en la actualidad.

Más de 500.000 manifestantes en São Paulo, un poco menos en Río de Janeiro, 100.000 en Brasilia. En total, cerca de tres millones de personas habrían llenado las calles de un centenar de ciudades brasileñas el 13 de marzo, formando una marea humana presentada como la mayor movilización desde el movimiento de Direitas Já ! (¡Elecciones directas ya !), que desafió a la dictadura en la primera mitad de los años 1980.

Aquella ola ciudadana contribuyó a que los militares volvieran a sus cuarteles. Pero para los que protestan hoy, que enarbolan el color amarillo de la equipación de la selección nacional de fútbol, no se trata de exigir más derechos, avances democráticos y progreso social. Al grito de “¡Fuera Dilma !”, “¡Destitución ahora mismo !” y “¡Cárcel para Lula !”, piden la cabeza de una presidenta que se habría convertido en culpable de un “crimen de responsabilidad” al infringir la reglamentación presupuestaria (1), así como también la de su predecesor, Luiz Inácio “Lula” da Silva, acusado de estar implicado en el escándalo de la operación “Lava Jato” (“Lavado a presión”) : el supuesto desvío de miles de millones de dólares de Petrobras, el gigante petrolero nacional, en beneficio de empresas, de personalidades y de partidos políticos.

Unos días antes, el 4 de marzo, durante una intensa operación que movilizó a decenas de policías y que fue retransmitida por todas las cadenas del país, el ex presidente era detenido al amanecer en su domicilio y trasladado sin miramientos a la comisaría de Policía del Aeropuerto Internacional de Congonhas (São Paulo) para ser interrogado allí mismo por el juez federal Sérgio Moro, quien está a cargo del caso. Responsable de esta espectacular operación, el magistrado sospecha –basándose en una delación– que el ex presidente recibió favores de Odebrecht, una de las empresas incriminadas.

Poco después de esta detención preventiva, el 6 de marzo, mediante una iniciativa paralela, la Fiscalía de São Paulo reclamaba públicamente la “prisión provisional” de “Lula”, acusándolo de “blanqueo” y de “ocultación de patrimonio”. Los simpatizantes del ex presidente –que sigue siendo muy popular– estiman que los jueces han llevado a cabo un linchamiento mediático. Y mientras aquellos que hacen campaña desde hace meses a favor del impeachment cantan victoria, los jueces y fiscales brasileños discuten acerca de la legalidad de las acciones emprendidas contra Lula da Silva y acerca de la validez del procedimiento “de acusación y de destitución” lanzado contra Rousseff, quien por su parte denuncia “un golpe de Estado institucional” urdido por sus adversarios.

Fuera del país, los medios de comunicación internacionales trasmiten fielmente la “legítima indignación” de los brasileños frente a la corrupción. “Esto no es un golpe de Estado”, asevera el diario Le Monde en su editorial del 30 de marzo de 2016, mientras que el periodista estadounidense Chuck Todd celebra la revuelta de “todo un pueblo” (NBC News, 17 de marzo de 2016) y El País, la valiente acción de un “juez heroico” (19 de marzo de 2016). Tal y como sugiere el periodista y abogado estadounidense Glenn Greenwald, figura del “caso Snowden”, los grandes titulares de la prensa se conforman con repetir el “discurso monolítico, antidemocrático y oligarca” de los medios de comunicación brasileños. Ahora bien, este relato es, “como mínimo, una simplificación radical de lo que está sucediendo, y más probablemente una campaña de propaganda destinada a socavar a un partido de izquierdas” (2). En este coro al unísono, el semanario alemán Der Spiegel desentona al mencionar un “golpe de Estado frío” : “Por primera vez desde que se terminó la dictadura militar, el país más grande de América Latina se enfrenta a una profunda crisis institucional que amenaza con derribar todos los progresos realizados en estos últimos treinta años. Una parte de la oposición y de la Justicia ­está detrás de esta maniobra, en concierto con la mayor empresa de telecomunicaciones, TV Globo, en una caza de brujas que apunta a Lula” (3).

En esta iniciativa, TV Globo no sufre un excesivo aislamiento. Unas horas antes de que comenzaran las movilizaciones del 13 de marzo a favor del impeachment, el Estadão de São Paulo publicaba un agresivo editorial en el que invitaba a toda la “gente de bien” a “cumplir con su deber ciudadano” frente al “peor Gobierno de todos los tiempos”. La víspera, desde primeras horas de la mañana, la radio Transámerica había utilizado el mismo registro, sin dudar en retransmitir durante veinticuatro horas los eslóganes antigubernamentales del colectivo Vem Pra Rua (“Sal a la calle”), una de las piezas clave del movimiento. Caricaturescas e impactantes, las portadas de la elitista revista Veja provocan ruido así como las numerosas acusaciones contra la Presidenta y su predecesor : “Lo saben todo”, “Lula dirigía el sistema de corrupción”, “¡Les toca [ir a la cárcel] !”…

El Folha de São Paulo, más serio, adopta un tono menos agresivo, absteniéndose por ejemplo de pronunciarse sobre la legalidad del procedimiento de destitución. Pero, tal y como señalan Bia Barbosa y Helena Martins, “la fabricación de la opinión pública puede pasar por un proceso (…) más sutil. No hay necesidad de exudar odio. Es mejor adherirse a discursos simples, repetidos hasta la saciedad, y escamotear las opiniones divergentes (…). Los medios de comunicación [brasileños] machacan la idea de que la corrupción es cosa de un grupo determinado y reafirman la convicción de que tenemos el peor de los Gobiernos” (4).

Las dos mayores y principales cadenas de información, el “Jornal Nacional” de TV Globo y el “Telejornal” de la competencia, STB, despuntan en este procedimiento. La interpelación a Lula en su domicilio dio lugar a muchos reportajes sesgados y a flashes informativos especiales tendenciosos, silenciando o aminorando los argumentos de la defensa y amplificando los de la acusación. Después de la invitación discreta de Rousseff al ex presidente para que formara parte de su Gobierno, los telediarios retrasmiten una y otra vez una conversación telefónica privada entre los dos protagonistas que se supone que demuestra la culpabilidad del ex presidente. Poco importa que algunos juristas eminentes hayan considerado ilegales estas escuchas, viendo en éstas un abuso de poder por parte del juez, e incluso un acto de traición : los periodistas ignoran la crítica y condenan de entrada, haciendo caso omiso de la presunción de inocencia.

Politización de los jueces

 

El relato mediático ridiculiza las manifestaciones progubernamentales, a pesar de que son masivas, o las ­presenta como “manifestaciones de militantes” sumisos del Partido de los Trabajadores (PT), de los sindicatos y de los movimientos sociales. Vehicula la imagen de un Brasil que se levanta como un solo hombre contra un Gobierno corrupto. Ahora bien, una encuesta publicada por Folha de São Paulo (14 de marzo de 2016) deja entrever un panorama distinto : la aplastante mayoría de los que protestan contra el Gobierno son blancos, poseen un título de estudios superiores y pertenecen a las clases de ingresos medios, elevados, incluso muy elevados, es decir, a la elite de la sociedad brasileña.

Por las redes sociales circulan muchas imágenes que ilustran la naturaleza de esta “revuelta”, como esa pareja que desfila con una empleada doméstica que lleva el carro de su hijo, esos manifestantes que brindan con una copa de champagne, o también la pancarta que un joven levanta orgullosamente : “¡Maldita Dilma ! Mi familia ya no puede tener personal doméstico porque no puede pagar sus cotizaciones sociales” –una referencia explícita a los derechos que el Gobierno de Rousseff otorgó en 2013 a los seis millones de empleados domésticos que hay en el país–.

Al unir las palabras clave “anticorrupción” y “antigubernamentales”, los eslóganes que repiten estos “buenos ciudadanos” no destacan por su progresismo : recriminaciones contra los impuestos, rechazo de las políticas sociales, arremetidas contra la enseñanza pública –calificada como “fábrica de idiotas” o como bastión marxista–, ataques contra los pobres, los electores desinformados e instrumentalizados por el PT, caricaturas racistas, por no hablar de los llamamientos para que el Ejército intervenga…

Esta ola de gente que protesta, que ha hecho suyo el símbolo del enorme pato de plástico visto en los televisores del mundo entero –que es, en realidad, la mascota de la FIESP, la poderosa federación patronal de São Paulo–, recuerda más las “marchas por la familia con Dios y por la libertad” que precedieron al golpe de Estado de 1964 que a un despertar ciudadano y democrático. En aquellos años, las marchas se oponían a las reformas progresistas del presidente João Goulart, acusado de conspiración comunista. Hoy en día, el objetivo, detrás del combate contra la corrupción, es abatir al PT y enterrar los (magros) logros del “lulismo”. Uno de los líderes de la protesta anti-Rousseff, el joven Kim Kataguiri, una de las figuras del Movimento Brasil Livre (“Movimiento Brasil Libre”), no lo esconde : “No hay que conformarse con hacer sangrar al PT, hay que dispararle una bala en la cabeza” (5).

Aunque los ataques de los medios de comunicación ya no sorprenden, sí es una novedad la entrada en escena del poder judicial. Sea cual sea el nivel de implicación del ex presidente, la ofensiva de la Justicia siembra la duda sobre la imparcialidad de los jueces y alimenta las sospechas de politización de una parte del Ministerio Fiscal. ¿Es realmente una casualidad que los procesos judiciales contra Lula da Silva se hayan iniciado unos días después de que anunciara su candidatura para las próximas elecciones presidenciales ? Los métodos expeditivos y arbitrarios del juez Moro, el favorito de los medios de comunicación y de los manifestantes prodestitución, también dan que pensar : filtraciones selectivas a la prensa, ruptura del secreto del sumario, divulgación de escuchas telefónicas, recurso masivo a las confesiones negociadas, detenciones preventivas espectaculares, etc.

Cercano al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB, derecha), que nunca terminó de digerir la derrota en las presidenciales de 2014, el juez federal del estado de Paraná se identifica con las operaciones “manos limpias” llevadas a cabo por los magistrados italianos en los años 1990 y apenas disimula sus intenciones : romper el icono de la izquierda brasileña. Es necesario, explicaba en un artículo publicado en 2004, “[mantener] elevado el interés del público (…) y a los líderes políticos a la defensiva”, para obtener “el apoyo de la opinión pública en las acciones judiciales, al mismo tiempo que se impide que las personalidades demandadas dificulten el trabajo de los magistrados”. Aunque “atente contra su honor”, porque “la publicidad persigue objetivos legítimos que no se pueden alcanzar por otros medios” (6).

Para la oposición, a la que no le gusta en absoluto la idea del regreso del carismático ex sindicalista a la escena política, todo el mundo sabe que el desalojo de Lula da Silva sería un regalo increíble. Ya que, aunque la impopularidad de Rousseff otorga todas las posibilidades a los otros grandes partidos, la candidatura de “Lula” amenaza con volver a liquidarlos. “La voz de la calle no es necesariamente la que se expresa en las urnas”, recuerda un mandatario del PT. “Van a echar a Dilma –un habitante de un barrio popular de Río va más allá– ¿y después qué ? ¿Quién la va a reemplazar ? Es un chivo expiatorio. Todo el mundo roba en Brasil, y yo también creo que Lula robó. ¿Quién no lo ha hecho ? Pero su Gobierno mejoró mucho la vida de los pobres” (7).

Después de todo, las investigaciones en curso aportan cada día su nuevo lote de revelaciones, que salpican a todos los partidos. Éstas destacan cuán “generalizada está la corrupción de la clase política brasileña –incluidas las filas del PT–”, señala Greenwald, que constata : “Los plutócratas brasileños, los medios de comunicación y las clases medias y altas están instrumentalizando la corrupción para lograr lo que no pudieron lograr de manera democrática : ganar al PT”.

Es evidente que, detrás de esta cruzada moral antigubernamental y anticorrupción, se esconden otros objetivos : las ambiciones electorales de unos, la voluntad de la oligarquía de conservar sus privilegios, enterrar los logros sociales, privatizar la gestión de las reservas petroleras submarinas recientemente descubiertas (el “pré-sal”) ; temor, sobre todo, a verse implicado en la investigación “Lava Jato”… A este respecto, el abogado y político Ciro Gomes señala que “la coalición PSDB/PMDB (8) busca (…) que termine, e incluso que muera, ‘Lava Jato’. La democracia brasileña debe saber que Rodrigo Janot [el procurador general de la República] encontró hasta mil cuentas en Suiza que pertenecen a todos los partidos [de la oposición]. Ahora bien, sus representantes se reúnen en comidas en las que se trata el tema de acelerar el proceso de destitución de Dilma para anunciar, acto seguido, el fin de ‘Lava Jato’, que se acerca a ellos [peligrosamente]”.

Eduardo Cunha, presidente del Parlamento, y Michel Temer, vicepresidente, llamado a tomar las riendas del país si se va la Presidenta, están citados en el “caso de Petrobras”. Cuando se trata de ellos, o incluso de los más o menos trescientos parlamentarios citados por corrupción y por otros delitos en el marco de “Lava Jato” (entre los que se cuentan 36 de los 38 miembros de la Comisión de Destitución que votó a favor del proceso), el silencio y la indulgencia están a la orden del día en los medios de comunicación.

Puede que el PT tenga gran parte de la responsabilidad de la crisis que Brasil atraviesa hoy en día. Por no haber reformado el sistema político, hoy se encuentra atrapado en su propia trampa.  

NOTAS :

(1) El Gobierno de Rousseff habría utilizado el mecanismo de “pedaleo fiscal”, es decir, el recurso pasajero a préstamos por parte de empresas públicas para financiar algunos gastos, lo que permite diferir el registro de esos gastos en las cuentas públicas. Muchos juristas estiman, sin embargo, que la operación no justifica el procedimiento de destitución.

(2) Andrew Fishman, Glenn Greenwald y David Miranda, “Brazil is engulfed by ruling class corruption –and a dangerous subversion of democracy”, The Intercept, 18 de marzo de 2016, www.theintercept.com

(3) Jens Glüsing, “Ein kalter Putsch”, Der Spiegel, Hamburgo, 19 de marzo de 2016.

(4) Bia Barbosa y Helena Martins, “Análise : O papel da mídia nas manifestações do 13 de março”, Folha de Dourados, 15 de marzo de 2016.

(5) Claudia Autunes, “Tea Party à brasileira. Um debate com a nova direita”, Piauí, São Paulo, abril de 2015.

(6) Citado por Venício A. de Lima, “A hipocrisia da grande mídia”, Carta Maior, 22 de marzo de 2016, www.cartamaior.com.br

(7) Eduardo Guimarães, “Protestos de ricos contra petistas deixam pobres desconfiados”, Brasil 247, 15 de marzo de 2016, www.brasil247.com

(8) Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), centroderecha.





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