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Así nacen las revoluciones

Una América Latina que asume el enfrentamiento

Par Maurice Lemoine  |  8 juin 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

¡Revolución o muerte ! La lucha para echar de Nicaragua a una dictadura de más de cuarenta años, que administraba el país como si se tratara de su propia hacienda, fue terrible. Fue una guerra sin cuartel en esta tierra de lagos violeta y ocres volcanes. Muestra de ello es la revuelta popular que explota cuando, el 19 de julio de 1979, votando con las armas, los muchachos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) sacan de su búnker al general Anastasio “Tachito” Somoza.

La bandera roja y negra flamea sobre Managua. Mal ejemplo. Sobre todo para El Salvador y Guatemala, países vecinos. El republicano Ronald Reagan, elegido presidente de Estados Unidos en noviembre de 1980, se pone manos a la obra : instrumentada mediante los contrarrevolucionarios nicaragüenses –la contra–, la agresión contra el poder sandinista dura más de diez años. Curtidos por el sol de la montaña, los cachorros (1) combaten : “¡No pasarán !”. En 1991, sin embargo, en un país arruinado, vencido por el hambre y la guerra, deben deponer las armas. Después de las elecciones presidenciales, entregan el poder. Democráticamente.

Y después… después empieza el largo descenso a los infiernos.

Dos años antes, en 1989, los precios del petróleo en Venezuela se han desmoronado. Se vende al precio del agua. Para “salvar” el país endeudado, el Fondo Monetario Internacional (FMI) impone un ajuste estructural. El pueblo no tiene harina, ni azúcar, ni café, ni aceite, ni arroz. Las subidas de precios y tarifas asfixian a la gente ; el transporte público aumenta un 100% de un día para otro.

El 27 de febrero, sin líderes, sin organizaciones, sin consignas, sin banderas, el pueblo invade las calles de Caracas. “¡Tenemos derecho a vivir ! ¡Nosotros también somos venezolanos !”. Un motín caótico, una revuelta popular a la medida del sufrimiento padecido : coches quemados, supermercados y negocios saqueados… El presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez ordena a la Guardia Nacional y al Ejército que restablezcan el orden, a cualquier precio. Será terrible. Alrededor de tres mil muertos : el Caracazo.

Y después… después, nada (por ahora).

Ecuador, 1990. Carreteras cortadas, haciendas tomadas por asalto, iglesias ocupadas… Reanudando una larga historia de sublevaciones contra el colonizador y los propietarios de la tierra, los indígenas se rebelan y hacen temblar el poder.

Y después… después el olvido.

En Bolivia es aún más temprano, en 1985, cuando una privatización salvaje de las minas de estaño deja en la calle a 24.000 trabajadores indígenas de un día para otro. Abandonados a los vientos fríos del altiplano, completamente desarmados, llegan a la región de Chapare, donde encaran el único cultivo rentable para un campesino pobre : la coca. Pero ¡ay !, visto desde Washington, coca = cocaína. Se abate sobre ellos la represión.

Y después… en apariencia, no pasa nada más.

Ya en 1978-1979, en Brasil, en plena dictadura, los metalúrgicos del ABC paulista (2) se declaran en huelga –a pesar de que es ilegal– y se enfrentan a las desatadas fuerzas del orden. Justo en el momento en que en Nicaragua –volvemos a nuestro punto de partida– los sandinistas derrocan a Somoza.

Principios de los años 1990. Volvió la democracia. Antiguo paraíso de dictadores, América Latina es ahora el laboratorio del liberalismo más desembozado. En 1980 tenía 120 millones de pobres ; veinte años más tarde, se cuentan 225 millones. Washington, el FMI, el Banco Mundial y algunas burguesías (muy poco) nacionales imponen su ley de hierro.

No es que los movimientos sociales hayan bajado los brazos. En todas partes siguen resistiendo. Son innumerables, desde los sin tierra brasileños (y paraguayos) hasta los bolivianos que mantienen guerras “del agua” y “del gas” contra las multinacionales. Pero esos levantamientos, a veces muy violentos, tienen un carácter puntual ; tienen objetivos inmediatos y limitados.

“Hemos emprendido la lucha que tenemos que dar para obtener lo que el Estado mexicano nunca quiso otorgarnos : el trabajo, la tierra, un techo, la alimentación, la salud, la educación, la independencia, la libertad, la democracia, la justicia y la paz” (3), declara el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en las montañas de Chiapas, y pasa brevemente a la lucha armada, el 1 de enero de 1994.

La acción del EZLN y del subcomandante Marcos tendrá un papel determinante en la caída, en 2000, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), amo absoluto de México desde 1929. Sin embargo, a falta de una estrategia clara frente a la “toma de poder”, que les parecía secundaria, los insurgentes no podrán impedir la llegada al frente del Estado del derechista Partido de Acción Nacional (PAN). Y deberán limitarse a administrar la autonomía local que, contra viento y marea, han logrado instaurar en sus comunidades de Chiapas.

Más al sur los presidentes caen, ya se llamen Jamil Mahuad o Lucho Gutiérrez (Ecuador), Alberto Fujimori (Perú), Gonzalo Sánchez de Losada o Carlos Mesa (Bolivia), Fernando de la Rúa (Argentina), este último echado al grito de “¡No a la globalización ! ¡Fuera el FMI ! ¡Que se vayan todos !”. Desde el principio de los años 1980, catorce presidentes no han podido terminar su mandato.

Pero, ¿qué los reemplaza ?, ¿quién ? En el momento de las elecciones, en un ambiente de feria, los candidatos se disputan la victoria bajo un mar de chucherías y banderines. La marea de promesas y eslóganes no deja lugar al debate de ideas. Más grave aún. En democracias secuestradas por los mercados, en plena crisis económica y social, todos los partidos tradicionales –tanto de derecha como de izquierda– ponen en marcha, a grandes rasgos, la misma gestión. Así pues, todos se vieron muy desprovistos “cuando llegó el invierno”.

Pues, más allá de las vicisitudes, en la mayoría de los casos los pueblos tenían una conciencia colectiva latente. Eran barriles de pólvora listos para explotar. No les faltaba más que la chispa. Ni la furia espontánea ni las movilizaciones populares habían podido encender la mecha : esa tarea incumbía a un “líder”. La incapacidad de la clase política tradicional para canalizar la revuelta de los menos favorecidos abrió el camino a dirigentes de origen sindical, militante, militar o insurgente.

Esa afirmación puede molestar a los movimientos altermundialistas y anticapitalistas, o a quienes, aferrados a aquello de “ni Dios, ni rey, ni tribuno”, insisten en la dirección colectiva o en la espontaneidad popular. Sin embargo, el papel central del “dirigente carismático” salta a los ojos ; sin cuestionar, sino multiplicando, el papel de los millones de ciudadanos anónimos que participan de una manera u otra en los “procesos”.

Cuba no habría resistido cincuenta años a la agresión estadounidense sin Fidel Castro. En Venezuela, la revolución bolivariana no sería lo que es (¿acaso sería, a secas ?) sin el presidente Hugo Chávez. Y la transformación social de Bolivia hoy en día tiene nombre : Evo Morales.

“En la carrera de todo gran dirigente hay un acto simbólico fundamental, un gesto heroico que marca el nacimiento político” (4). La defensa de los trabajadores de las bananeras para Eliécer Gaitán, en la Colombia de los años 1940 (5). El asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba para Fidel, el 26 de julio de 1953, y luego la epopeya de Sierra Maestra. El intento de golpe de Estado del teniente coronel Chávez, el 4 de febrero de 1992, para, tres años después del traumatismo del Caracazo, derribar –según sus propios términos– “esa democracia injusta y corrupta”.

“¡La historia me absolverá !”, lanza el joven Castro durante su juicio, después de Moncada ; “No hemos alcanzado nuestros objetivos, por ahora”, anuncia Chávez durante su rendición, ante las cámaras, tras un fracaso de golpe de Estado. Dos frases que tendrán un impacto enorme y darán a sus autores un estatuto simbólico entre los desposeídos.

Hay alguien menos “fuera de regla” pero igualmente ejemplar de una identificación con la causa popular ; en su momento fue como tribuno, pero también como político forjado en las luchas cotidianas (cuando fue Ministro de Salud, en 1940, llevó adelante una vigorosa acción a favor de los centros de salud pública), como Salvador Allende movilizó a sus partidarios. Fue llevando a cabo los 41 días de huelga en el ABC paulista, en 1979, sufriendo golpes y cárcel, como el presidente del Sindicato de los Trabajadores de la Metalurgia de Sao Bernardo, Luiz Inácio Lula da Silva, accedió a la notoriedad nacional. Fue su resistencia a la violenta represión contra los cocaleros de Chapare (cuyo sindicato dirige) y, en 2002, su expulsión ilegal del Parlamento (para el cual había sido elegido), lo que convirtió a Evo Morales en uno de los actores más importantes de la vida política boliviana. Fue su compromiso en el seno de la “Iglesia de los Pobres”, bajo los auspicios de la Teología de la Liberación, lo que propulsó al ex obispo Fernando Lugo a la presidencia de Paraguay.

La relación excepcional entre el líder y el pueblo –pensemos aquí particularmente en Chávez, Morales y, en menor medida, en el presidente ecuatoriano Rafael Correa– provoca el malestar e incluso el pánico de los “bienpensantes”. Radicalmente antisistema, antioligárquico, antiestablishment, el discurso constituye el elemento central en esa relación.

¡Populismo ! ¡Respuesta demagógica y superficial a la crisis ! ¡Orador teatral que excita a un populacho ignorante !

En realidad, en su práctica del diálogo, estos dirigentes asimilan los sentires populares y los retraducen de manera más coherente, con más fuerza, lo cual contribuye a la formación de una identidad colectiva estructurada. “Sin duda, una relación dialéctica funciona entre él (Chávez) y el pueblo, una ósmosis en la que ambos elementos son indispensables y se alimentan uno al otro. El pueblo venezolano (…) se constituyó en sujeto político a través de las acciones de Hugo Chávez y del movimiento bolivariano ; hablar de uno sin el otro no tiene ningún sentido en la fase histórica actual” (6).

Para sus partidarios, los discursos de los presidentes no son espectáculos a los cuales asisten ; son –y este es un aspecto crucial de la dinámica de los movimientos populares– actos en los cuales participan, y de los cuales se alimentan para involucrarse en los cambios que están en curso, en el marco de democracias que se pretenden participativas. Unos y otros se refuerzan mutuamente.

No obstante –condición necesaria pero no suficiente– lo que se llama carisma no está fundado ni en la seducción únicamente, ni solamente en la capacidad de levantar a las masas con sentencias inflamadas. Hasta tal punto que se puede ser conservador, incluso reaccionario o fascistoide, y estar dotado de carisma. Con el tiempo, el dirigente es juzgado según la vara de sus propias acciones.

Elegido como el campeón de los pobres en 2002, el presidente Lula inaugura su mandato yendo al Foro Social Mundial de Porto Alegre… y al Foro de Davos. En busca permanente de amigarse con Dios y con el diablo, lanza una serie de políticas públicas “asistencialistas” a favor de los menos favorecidos, pero sin cuestionar jamás las estructuras económicas y favoreciendo una profundización del modelo neoliberal (7). Lo mismo vale –en diversa medida– para los jefes de Estado “de izquierda” Tabaré Vázquez (Uruguay), Néstor y luego Cristina Kirchner (Argentina) y Michelle Bachelet (Chile). Representantes del progresismo contra la derecha oligárquica –lo cual ya es un avance–, todos renuncian a introducir reformas sociales profundas y sucumben a las exigencias del capital privado.

Los “radicales”, por su parte, se las arreglan para llevar adelante una profunda transformación de la sociedad. Empezando por la elección de una Asamblea Constituyente y una reforma –aprobada mediante un referéndum– de la Constitución (Venezuela, Ecuador, Bolivia). Moda, agitación estéril, gesticulaciones… exclaman numerosos observadores. Sí, claro. Llegado al poder gracias a una alianza ideológicamente muy amplia y sin mayoría en el Congreso, el presidente paraguayo Fernando Lugo plantea el problema en toda su acuidad, a propósito de la reforma agraria que reclaman quienes lo eligieron : “Tenemos que aceptar el hecho de que el fin del latifundio, que los movimientos campesinos adoptan como bandera, choca con una limitación constitucional. Si no se cambia o si no se modifica la Constitución, será imposible llevar a cabo una reforma agraria integral” (8).

Ya sea en América Latina o en Europa, la mayoría de las fuerzas de izquierdas han tomado la costumbre de borrar toda referencia al socialismo. Allí se ubica hoy en día la línea divisoria. El 30 de enero de 2005, durante el quinto Foro Social Mundial, Chávez habló por primera vez del “socialismo del siglo XXI”. Desde entonces, tanto Morales como Correa también han cruzado el Rubicón (9). No hay ninguna tibieza en ninguno de ellos tres. Nacionalización de los recursos estratégicos, programas sociales masivos, redistribución de las tierras, desarrollo, en Venezuela, de formas no privadas de propiedad y control (cooperativas, empresas en cogestión, consejos comunales), etc.

Con una consecuencia, asumida con conocimiento de causa y que, de hecho, constituye otra gran diferencia (quizá la única) respecto de los “moderados” : esas medidas implican medir las fuerzas, e incluso el enfrentamiento ; el orden dominante nunca suelta nada.

Cuando, en diciembre de 2001, preocupada por una serie de reformas que juzgaba demasiado radical, la oposición (minoritaria) comienza a manifestar su rechazo, Chávez, ante la multitud, en la avenida Bolívar, responde : “No vinimos para hacer algunos cambios superficiales, no vinimos para mentirle al pueblo soberano. ¡No ! (…) Aunque esas minorías privilegiadas no quieran verlo ni oírlo, ¡no hay vuelta atrás en esta revolución !”. Cuatro meses después, en abril de 2002, debe enfrentarse a una tentativa de golpe de Estado. Un apoyo popular, que desde entonces no ha menguado, le permite resistir. Y luego, acelerar y profundizar la revolución bolivariana.

Sabotajes de la Asamblea Constituyente, huelgas patronales, amenazas de secesión de la provincia de Santa Cruz : Evo Morales deberá afrontar a su vez un intento de desestabilización en septiembre de 2008. Con la fuerza que le da el apoyo de una enorme mayoría –que representa–, él tampoco retrocederá.

De más está decir que esas rupturas plantean serios problemas a los teóricos. Sin copiar los esquemas probados en otras latitudes y sin recitar el decálogo del perfecto revolucionario, dichas rupturas parecen obedecer a su propia lógica : avanzan, retroceden, se equivocan, vuelven a avanzar, exploran nuevas vías. A la política del escepticismo –profundamente conservadora, ya que supone que la democracia liberal es el único modelo posible y aceptable–, ellas oponen la política de la convicción. Ellas recuerdan que a veces, en algunos momentos históricos, los pueblos rompen las cadenas y quiebran la “fatalidad”.

Le Monde diplomatique, París

NOTAS :

(1) Jóvenes soldados del Ejército Popular Sandinista (EPS).

(2) Santo André, São Bernardo, São Caetano : suburbios industriales incluidos en el gran Sao Paulo.

(3) “Órgano de información del EZLN”, n° 1, México, diciembre de 1993.

(4) Ver el análisis –cuya argumentación retomamos aquí– de Diane Raby : “El liderazgo carismático en los movimientos populares y revolucionarios”, Cuadernos del Cendes, Caracas, agosto 2006.

(5) Dándose cuenta del peligro que representaba, la oligarquía colombiana lo asesina en 1948, antes de que pudiera llegar al poder ; su muerte hundió a Colombia en el conflicto que aún hoy perdura.

(6) Diane Raby, op. cit.

(7) Será reelecto en 2006, debido a su popularidad “personal” y no “política”, considerado como un “mal menor” frente a la derecha.

(8) El País, Madrid, 26 de marzo de 2009.

(9) Huelga decir –pero vale la pena decirlo– que estos presidentes se someten a elecciones democráticas, en un marco político pluralista, en presencia de observadores internacionales. Recuérdese también que introdujeron en sus Constituciones el referéndum revocatorio, barrera para la tentación del poder “de por vida”, sospecha que (erróneamente) los acecha con mucha frecuencia.





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