« Pour nos combats de demain, pour un monde plus libre, plus juste, plus égalitaire, plus fraternel et solidaire, nous devons maintenir vivante la mémoire de nos luttes »

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En la selva colombiana

Con la guerrilla de las FARC, a la espera de la paz

Par Loïc Ramirez  |  10 août 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El 23 de junio, Bogotá y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmaron un acuerdo histórico que instaura un alto el fuego definitivo y que prevé el desarme de los rebeldes. Después de más de cincuenta años de conflicto, la perspectiva de una paz duradera implica un cambio de vida para los combatientes de base, algunos de los cuales no han conocido otra cotidianidad que la de la guerrilla.

¿Cuánto tiempo hace que estamos avanzando bajo este manto de vegetación monótona ? ¿Media hora ? ¿Una hora ? ¿Dos ? De repente sobresalen las lonas de las carpas en medio de los árboles antes de que aparezcan las rudimentarias instalaciones de la guerrilla. Han sido necesarias varias horas de viaje en avión, en autobús, en moto y, por último, a pie para llegar, este 29 de junio de 2016, al campamento del Frente 36 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) al noroeste del país.

“Venid, os voy a presentar”, lanza Sigifredo, quien nos guía a través del follaje y sobre los bloques de piedra que se usan para construir caminos y evitar el barro. Atravesamos el campamento sumido en la oscuridad antes de llegar a un inmenso claro. Allí están alineados unos cuarenta jóvenes, en pleno ejercicio. Van vestidos de paisano y llevan el fusil (o palo de madera) al hombro. A nuestra llegada, se perciben miradas curiosas ; la sonrisa de los que han perdido la concentración termina en rictus.

Fruto del enfrentamiento entre el campesinado colombiano y las elites económicas del país durante la década de 1950, las FARC surgieron en 1964. Su principal reivindicación : un reparto más equitativo de las tierras. Cincuenta y dos años después, son uno de los últimos movimientos revolucionarios armados que permanecen activos en el continente americano. Mientras que, desde 1964, los sucesivos Gobiernos colombianos habían intentado aplastar la insurrección marxista, el presidente Juan Manuel Santos (elegido en 2010 y reelegido en 2014) inició negociaciones con la guerrilla en 2012 (1). El 23 de junio de 2016, las dos partes anunciaron un acuerdo de alto el fuego, previo a un acuerdo de paz. En ese contexto, el conflicto ha perdido intensidad desde hace algunos meses. El interior del país goza de una tranquilidad inédita y las FARC se abren poco a poco a la visita de algunos periodistas ; la nuestra es la segunda en menos de seis meses.

Frente a las tropas, el comandante Anderson Figueroa se presenta ante nosotros con una voz calmada y suave que contrasta con su imponente y robusta complexión. Dirige este Frente, que pertenece al Bloque Efraín Guzmán (2). Al finalizar el ejercicio, los guerrilleros vienen a saludarnos concienzudamente dándonos la mano y, casi sistemáticamente, nos dicen : “¡Bienvenidos a las FARC !”.

Son chicos y chicas jóvenes, algunos de ellos recién salidos de la adolescencia, provenientes del campesinado. La mayoría conoce poco el mundo, tal y como lo ilustran algunas de sus preguntas : “¿Qué animales hay en Francia ?” ; “¿Cómo son los paisajes en vuestro país ?, ¿y el campo ?” ; “¿Qué coméis ?” ; “¿Existen guerrillas donde vivís ?”. Han leído poco y a menudo aprendieron a leer y a escribir en el seno de la organización. Entre los que dirigen la tropa hay una chica bajita morena de 24 años. Maribella, o “Mari”, como la llaman sus camaradas, ha pasado la mitad de su vida en la guerrilla, a la que se unió después del asesinato de su padre, campesino, por parte del Ejército cuando ella tenía 12 años. Sus dos hermanos y su hermana mayor también son miembros de las FARC. “Aquí, algunos jóvenes se unieron a la organización a los 13 años”, nos cuenta el comandante Figueroa. Y precisa : “Oficialmente hay que tener 15. Y siempre es sobre la base del voluntariado”.

Entonces, ¿cómo se explican las excepciones ? El hombre sonríe : “No todos se unen a nosotros por razones políticas. Yo mismo llegué a los 14 años por miedo a los paramilitares. Adquirí la conciencia política más adelante. Nos enfrentamos a situaciones en las que los jóvenes se encuentran totalmente desprotegidos debido al conflicto o a la pobreza. ¿A dónde pueden ir ? ¡Con nosotros, al ejército del pueblo ! Una vez que alcanzan los 15 años les preguntamos si quieren quedarse o irse. Efectivamente, algunos se van : no retenemos a nadie por la fuerza”. Según él, los menores (menos de 15 años) gozan de un régimen específico. Sólo se dedican a los estudios, nunca al combate. “A los recién llegados siempre les dejamos un largo periodo de reflexión e incluso de retractación. Ha habido casos de personas que venían a raíz de una decepción amorosa, de problemas familiares o económicos. Si sus motivaciones no son las correctas, para nosotros es importante separarnos de ellos antes de que sea demasiado tarde. Ya que aquí es ‘vencer o morir’”.

Encima de un mueble improvisado con tablas de madera destaca un televisor con pantalla de plasma y una gran instalación de enchufes eléctricos a los que están conectados ordenadores portátiles y tablets. “Estamos conectados a la red pública de electricidad. Es la primera vez que podemos disponer de semejante confort”, explica el comandante Figueroa. En el lugar más cercano al curso de agua, la cocina linda con una carpa bajo la que se apilan bolsas de arroz y de pasta, legumbres, paquetes de galletas, botellas de aceite, montañas de jabones, etc. Cada guerrillero dispone de una caleta en la que duerme y come : una pequeña construcción de madera protegida por una lona de plástico donde cuelga su arma y su mochila, siempre al alcance de la mano. Las caletas se reparten en el campamento por escuadrones, las unidades más pequeñas de la organización. Sin interrupción, los turnos de guardia organizan la jornada en tramos de dos horas durante el día y una por la noche.

A la mañana siguiente, a las 4.45, nos despiertan las voces que salen de los transistores. La noche todavía es impenetrable, pero en la cocina ya hay siluetas que se mueven. Los guerrilleros, cada uno con una lámpara frontal en la cabeza, preparan el desayuno. De forma rotatoria y en equipos de dos, todos los miembros de la organización cocinan para la tropa. Mientras tanto, el resto del grupo se encuentra en el claro para una sesión de ejercicios físicos. Poco a poco, el cielo se va tiñendo de rosa y aparecen sombras en el pasto.

A las 6.00 se terminan los ejercicios. Los guerrilleros se cuadran, todos vestidos con uniforme verde oliva (que usan escrupulosamente por la mañana y, a continuación, al atardecer después de bañarse en el río) y un brazalete con los colores de las FARC en el brazo. Un oficial indica las misiones que hay que realizar y las unidades designadas : limpieza del campo, turnos de guardia, etc. Antes del comienzo de las actividades se sirve café en vasos de metal de color blanco. La joven Laura pela decenas de patatas. “Hace diez años que estoy en las FARC. Entré a los doce, pero las conozco desde siempre. Prácticamente me crié aquí”, asegura. Sin perder la sonrisa, añade : “Mi madre estaba en la guerrilla y yo la seguí. Desertó hace años y no se lo voy a perdonar nunca. Se fue sin mí ; lo que le pase ya no me interesa”.

A las 7.00, todos se reúnen bajo la carpa central para lo que la organización designa como “la hora de estudio : resumen de noticias”. Aníbal, miembro del Estado Mayor del Frente 36, organiza el debate e invita a cada combatiente a comentar una noticia que haya leído, visto en la televisión o escuchado en la radio. La mayoría de las intervenciones se parecen entre sí y resaltan lo que aquí resultan evidencias políticas. ¿Se trata de palabras destinadas a los visitantes o, más bien, revelan los efectos de la formación ideológica de la organización ?

La cuestión del proceso de paz y de las perspectivas futuras alimenta las conversaciones. Las FARC y el Gobierno del presidente Santos llegaron a un acuerdo sobre la creación de veintitrés “zonas de concentración” en el país. En esas localidades, los guerrilleros se reagruparán bajo la protección de fuerzas armadas de interposición de la Organización de las Naciones Unidas. Dispondrán de 180 días a partir de la firma del acuerdo final para destruir su armamento. “Sabemos que la oligarquía sólo cambia de estrategia, ya que no ha podido vencernos militarmente –afirma Marcelino, miembro del Estado Mayor–. Su objetivo sigue siendo apropiarse de nuestros recursos naturales. Sin embargo, tenemos la posibilidad de continuar nuestra acción sin las armas, algo que siempre hemos deseado”.

Alguien menciona las palabras del presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien teme que, al finalizar el proceso de paz, algunos miembros de las FARC se conviertan en delincuentes comunes armados. Nadie parece excluir semejante posibilidad, aunque todo el mundo prefiere considerar que eso se reduciría a un epifenómeno. Otro participante menciona la llegada de la empresa Uber a Colombia y la transformación del modelo capitalista...

A las 8.00, el desayuno (carne con arroz) marca el final de la reunión. Más tarde, el resto de la mañana se dedica a la lectura individual de periódicos, manuales de Historia dedicados a América Latina o incluso trabajos de análisis marxistas –una parte de los libros parecen bastante complejos si se tiene en cuenta el nivel de lectura de algunos–. Sentados bajo una carpa, dos rebeldes ven en sus tablets una clase grabada dedicada a la utilización ortográfica de la coma.

Viernes, 1 de julio de 2016. La lluvia ha repiqueteado en las lonas de plástico durante toda la noche. Al despertar, la oscuridad es húmeda. El suelo barroso dispensa a los combatientes de ejercicios matinales. Cuando los primeros rayos de sol traspasan finalmente el espeso follaje, algunos tienden su ropa mojada en cuerdas colgadas entre los árboles. Otros colocan la ropa interior y los zapatos en las rocas lisas al borde del río para que se sequen más rápido. “Es la organización la que nos provee la ropa de paisano”, indica Jacqueline. Lleva un collar de perlas y una pulsera, ambos hechos a mano. Tiene el pelo largo teñido de un rosa casi fluorescente. “A veces podemos elegir una camiseta o un pantalón. También podemos pedir un color u otro. Lo mismo pasa con los pendientes, el maquillaje, etc. Cada uno recibe un reloj cuando se une a la guerrilla”.

Sigifredo detalla : “En un reloj o en una bota, el enemigo puede colocar un chip que podría transmitir nuestra posición. Por eso, algunos productos quedan almacenados, a veces durante mucho tiempo, antes de usarse. A veces los sumergimos en agua para destruir un posible dispositivo electrónico de localización. También por eso tenemos que recurrir a gente de total confianza : un campesino que conocemos, un miembro de la familia, etc. Nadie puede introducir nada en el campamento sin informar a sus superiores. Así pues, hay que dirigirse al intendente cuando se necesita algo : champú, ropa interior…”. De todos modos, la situación actual de alto el fuego nos ha dispensado de ese tipo de controles. ¿Y los uniformes, que se parecen mucho a los del Ejército colombiano, el adversario ? “Nos los procuramos directamente en tiendas del Ejército colombiano y de la Policía gracias a la corrupción”.

Después del almuerzo acompañamos a Olga, escoltada por tres guerrilleros vestidos de paisano, a visitar a algunos campesinos. Olga, de 31 años, dieciséis de los cuales los ha pasado en las FARC, se convirtió en la enfermera y dentista de la organización. De forma regular practica operaciones dentales a civiles –que no tienen permitido entrar en ningún campamento–. Pronto alcanzamos la cima de una colina en la que reside una familia. En medio de las gallinas y de los cerdos, Olga desempaqueta sus utensilios médicos, que sus anfitriones tienen escondidos. Guantes, jeringas, lámparas LED, tornos : el arsenal es impresionante y, según nos cuenta, proviene de amigos médicos y dentistas que proveen a la guerrilla.

Instalada en una habitación, la joven comienza sus intervenciones mientras que los pacientes llegados de los alrededores conversan en el exterior. “¡Doctora Olga !”, exclama sonriendo Dayron, de 15 años, sentado en una cama. El niño está de vacaciones, vive en Medellín. “Sé que forma parte de las FARC ; aquí todo el mundo lo sabe. Son los mejores amigos de los campesinos”. Tratamiento para la caries, colocación de aparatos dentales : Olga trabaja toda la tarde con Alejandra, su aprendiz. “Esta gente no cuenta con recursos para ir al dentista. Y,si van, no les terminan el trabajo para asegurarse de que van a volver y seguir gastando dinero. Trabajo por ética revolucionaria, no por dinero. Es lo que siempre me han enseñado”, insiste la joven. Esa forma de actuar también le garantiza a las FARC un apoyo benévolo entre la población.

Desde ese momento, la lluvia nos acompañará todas las noches. Ese sábado, a las 5.30, los guerrilleros se despiertan y se alinean en cuatro filas en medio del barro para la diana, como todas las mañanas. El oficial los saluda, se informa de las necesidades de la tropa en materia de higiene (¿a quién le falta jabón ?, ¿talco ?) y de salud (¿hay algún enfermo ?). A continuación distribuye las tareas del día. Hoy moviliza a todo el campamento. Hay que agrandar la carpa central con vistas a la llegada de otra parte del Frente al día siguiente. Como hormigas, los combatientes desmontan la instalación, derriban un árbol viejo que se erguía en mitad del terreno y, más tarde, erigen una nueva estructura dos veces más grande. “Un campamento de semejante tamaño es poco frecuente –explica el comandante Figueroa–. La situación de alto el fuego bilateral nos permite mantenerlo. Pero es algo reciente. Hace veinte días que estamos aquí. En circunstancias normales no nos quedaríamos más de dos, tres o cuatro días en el mismo lugar. De 1990 a 2000, nuestros campamentos duraban un mes, a veces dos. Y después aumentaron las operaciones militares”. Desde principios de los años 2000, Washington se involucró directamente en el conflicto a través de su “Plan Colombia”, que preveía la financiación y la formación de las fuerzas militares locales so pretexto de guerra contra la droga (3). Esta implicación del aliado del Norte se intensificó aún más con la llegada al poder de Álvaro Uribe, en 2002, y permitió algunos avances del Ejército contra las FARC. Durante sus dos mandatos (el segundo terminó en 2010), Uribe, especialmente respaldado por su ministro de Defensa de 2006 a 2009, un tal Juan Manuel Santos, llevó a cabo una política feroz respecto de la guerrilla –y de la oposición de izquierdas en general–. Sin resultados convincentes…

“Hasta hace muy poco teníamos que apagar todos los ordenadores, ya que el Ejército cuenta con aviones que detectan la actividad electrónica. En cuanto detectaban algo en medio de la selva, bombardeaban. A veces usábamos los ordenadores durante algunas horas y después los guardábamos lejos del campamento”. Mientras nos ofrece un cigarrillo, Valentina, de 26 años, recuerda : “Durante los periodos de ofensiva del Ejército no podíamos fumar de noche, para que no nos vieran. Nos desplazábamos sin ningún tipo de luz, sin nada”. Apoyada contra un árbol aprovecha una pausa mientras sus compañeros terminan de montar la carpa principal, el aula. Valentina, cuya mirada se ha endurecido tras once años de guerrilla activa, posee un neceser con una decoración singular : por un lado, el eslogan de las FARC, “Vencer o morir” ; por el otro, imágenes de Mickey y de Pluto. Aristizábal, de 32 años, también se acuerda de los años de guerra bajo el mandato de Uribe : “Tuvimos que soportar numerosas deserciones. Pero ganamos en calidad de efectivos : los que se quedaron eran los más motivados. Pasábamos días enteros escondidos en trincheras o entre la vegetación. Entonces no comíamos tres veces al día”.

Parece que esa época ha acabado. Ante nuestra mirada, el campamento respira un aire de relajación general. Los guerrilleros ríen y, a veces, se divierten mientras se dedican a sus tareas. A la pregunta sobre lo que piensan hacer después de la guerra, todos responden mecánicamente : “Seguir haciendo política, trabajar para la organización, en la forma que ésta tome en el futuro” ; o bien “seguir estudiando”, sin realmente precisar nunca estudiar qué. Aunque existe, la inquietud está perfectamente disimulada tras la confianza que todos exhiben en la “gran familia de las FARC”.

Los muchachos terminan la nueva aula para la hora de la cena (a las 18.00). A continuación, todo el mundo se reúne bajo la nueva construcción para ver la televisión. La sesión, ya sea de carácter documental o de ficción, siempre debe tener fines pedagógicos, transmitir un mensaje de lucha o una forma de crítica social. De vez en cuando, en el campamento también se puede ver un partido de la selección colombiana de fútbol. Mientras esperan a que un oficial vaya a buscar el documental previsto para esta noche, los jóvenes hacen zapping y encuentran una película de acción hollywoodiense. Quedan cautivados hasta que comienza un documental dedicado a los conflictos agrarios en América Central. Sin protestar, el público acepta esta interrupción. “A veces vemos películas, como los filmes soviéticos sobre la Segunda Guerra Mundial”, comenta uno de los chicos.

La lluvia golpetea la lona y hace difícil escuchar el documental. En la última fila empiezan a armar jaleo. Los jóvenes intercambian cosquillas y confidencias. No es fácil identificar a las parejas, dado que las demostraciones de afecto son a la vez púdicas y extendidas. Una cabeza apoyada en el hombro de un compañero, susurros al oído, brazos alrededor del cuello, pellizcos en las caderas : ya formen parejas entre ellos o no, los guerrilleros mantienen entre ellos una tierna intimidad. La organización autoriza el concubinato (las parejas duermen juntas en las carpas), pero prohíbe el “libertinaje”. Al documental le sigue el telediario del grupo Caracol, a pesar de su hostilidad militante hacia las FARC. Finalmente, bajo la tormenta, cada combatiente vuelve a su caleta.

El domingo 3 de julio de 2016, a las 4.45, se encienden las radios. En la penumbra, unos cuarenta guerrilleros vienen a saludar y a abrazar a los primeros que se han levantado. Son otros miembros del Frente 36 que han vuelto de misión. Rápidamente, el segundo grupo se retira para comenzar la construcción de su propio campamento, algunos metros río abajo. A las 7.30, después de haber bebido tinto (café), los combatientes se reúnen por escuadrones para la “reunión de partido”. Cada escuadrón forma una célula del Partido Comunista Colombiano Clandestino (PC3). En grupos de diez o doce inician una lectura colectiva de un editorial del comandante jefe de la organización, Timoleón Jiménez, en Voz, el semanario del Partido Comunista.

Henry ameniza una de las asambleas. Tiene 31 años (trece años de guerrilla) y demuestra una facilidad oratoria que le destaca de los demás. Con entusiasmo, alienta a sus compañeros de armas a tomar la palabra y a expresar sus impresiones. Uno a uno, a menudo con gran timidez, éstos se levantan y exponen su opinión. En un tono monótono, las intervenciones se suceden una tras otra y se parecen entre ellas, sin ninguna contradicción : poco o nada de debate de ideas, ninguna palabra discordante. En general, cada intervención se limita a una paráfrasis de las ideas principales del texto estudiado. Seguramente el nivel desigual de educación política entre los más experimentados y los jóvenes reclutas explica, en parte, la ausencia de intercambios más animados, así como la incomodidad por expresarse públicamente.

Al final de la mañana, un grupo de guerrilleros vestidos de paisano abandona el campamento para dirigirse a pie a una asamblea en un caserío de la región. Cerca de cincuenta campesinos y campesinas se encuentran reunidos bajo un refugio de chapa en medio de un prado para intercambiar opiniones sobre los problemas de la comunidad. En medio de gritos de niños y ladridos de perros, el presidente abre la sesión y anuncia el orden del día. Después de algunas cuestiones sobre tesorería y organización, se le cede la palabra a los miembros de las FARC, que hasta ese momento esperaban a un lado. Aníbal se levanta y, en primer lugar, propone responder a las preguntas. Las principales se refieren al proceso de paz en curso. Un campesino le pregunta : “¿Qué va a pasar cuando firméis la paz ? ¿Quién nos va a proteger ? Si el paramilitarismo continúa, entonces, nosotros, los civiles, ¡vamos a tener que tomar las armas !”. Con una media sonrisa, Aníbal responde : “Eso es exactamente lo que hicimos hace más de cincuenta años. Por las mismas razones”. Y resalta : “Tienen que darse unas condiciones reales de paz. Si no, no habrá acuerdo final, estad seguros de eso”. Leónidas, encargado de la propaganda dentro del Frente, se levanta a su vez. Carismático, previene a su auditorio : “El fin de la guerra no significa la victoria. Va a comenzar otra batalla. Las multinacionales van a venir para intentar apropiarse de vuestro río, de vuestro campo, de vuestros bosques. Va a hacer falta que os organicéis para defenderos”.

De todos los combatientes con los que conversamos, Leónidas y Aníbal, ambos de alrededor de cuarenta años, son los únicos que militaron en la Juventud Comunista Colombiana (JUCO) antes de involucrarse en la insurrección armada. Su habilidad oratoria, así como su conocimiento profundo de la esfera política, provienen seguramente de esta experiencia. Una vez terminada su intervención saludan a la asamblea y se retiran. De vuelta en el campamento, asistimos a los preparativos que anuncian la fiesta de la noche. En la carpa central hay un gran cartel en el que puede leerse “Bienvenida la paz”, junto a los rostros de Manuel Marulanda Vélez, fundador histórico de las FARC, y Raúl Reyes, miembro del Secretariado del Estado Mayor Central (ambos fallecidos en 2008, el primero por causas naturales, el segundo en un bombardeo). Para la cena, tortillas de maíz y una chocolatada.

Hacia las 19.00 se reúnen un centenar de guerrilleros. Henry, haciendo las veces de maestro de ceremonia, ameniza esta hora cultural durante la cual los voluntarios cantan, rapean, recitan poemas o cuentan chistes. El ambiente es risueño. Sólo los fusiles de asalto en las manos de los combatientes recuerdan la realidad del conflicto. Al final se retiran las sillas para dejar despejada una pista de baile en mitad del refugio. Hasta medianoche, las canciones “movidas” retumban en medio del silencio de la selva.

Lunes 4 de julio. La lluvia ha borrado las huellas de los pasos de baile de la víspera. Después del desayuno, el comandante reagrupa en el claro al conjunto de los guerrilleros, con atuendo para desfilar, con sus boinas o gorras. Es el momento del saludo a la bandera. Bajo un sol que ya calienta, un centenar de uniformes se alinean en varias filas. Presentación de las armas, marcha militar en el lugar : los combatientes se esfuerzan por responder cuidadosamente a las órdenes de su jefe. Tres de ellos se salen de las filas, llevan una bandera plegada que cuelgan del mástil de madera fabricado para la ocasión. La bandera, una vez izada, se despliega con el viento y descubre a los ojos de todos el escudo de las FARC sobre los colores de la bandera colombiana. El himno de la guerrilla sale de dos altavoces.

“¿Nos teníais miedo antes de venir ?, ¿vais a decir cuando volváis a Francia que os secuestraron las FARC ?”, bromea el joven Franki, de 24 años (ocho años de guerrilla). Lo tranquilizamos. La solemnidad vuelve a reinar en el ambiente cuando, para cerrar nuestra fiesta de despedida, Leónidas recuerda el objetivo del proceso de paz y el “carácter universal” de la lucha de los comunistas y de las FARC. “¡Venceremos !”, grita la tropa a coro.

Un chaparrón torrencial hace su aparición esta última noche en el campamento. A algunas pocas semanas o meses de lo que se anuncia como el desenlace de un conflicto de más de cincuenta años de duración, seguramente sería presuntuoso intentar adivinar cómo se seguirán desarrollando los acontecimientos. La transición de la vida militar a la vida civil no es el único desafío que tendrán que afrontar las FARC. Pasar de un entorno totalmente consagrado a lo colectivo y al grupo a otro, más individualista, que ofrecen los grandes centros urbanos también amenaza con cambiar por completo a las personas que hemos conocido aquí. “Hemos sido enormemente demonizados en los medios de comunicación. Pero, con las negociaciones de paz, la gente va a aprender a conocernos”, predice Figueroa. Y la guerrilla, ¿ conoce realmente el mundo en el que va a entrar ?

NOTAS :

(1) Véase Maurice Lemoine, “¿Quién le teme a la verdad en Colombia ?”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2015.

(2) Cada bloque se compone de al menos cinco frentes y cada frente, de más de un centenar de unidades.

(3) Véase Hernando Calvo Ospina, “En las fronteras del plan Colombia”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2005.

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