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Encuentros con genios de las letras

Cristóbal Serra, el discreto escrutador

Par Ramón Chao  |  30 avril 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con genios como el escritor y erudito mallorquín Cristóbal Serra (1922-2012), de quien nos habla esta vez.

Como todos los veranos, aquel de 2012 fui a Mallorca dispuesto a compartir algunas charlas y almuerzos con Cristóbal Serra. Abrigaba tal devoción por este escritor insólito y recluso, que hasta lo ponía a la par de mis admirados Álvaro Cunqueiro y Juan Carlos Onetti. El humus de su tierra, la hondura chispeante con que abarcaba diversos y hasta herméticos temas ocuparon sus ansiedades hasta el fin de sus días, convirtiendo a este escritor provinciano en figura universal.

Nacido en Palma, hijo de una familia acomodada, en su niñez sufrió los desastres de la Guerra Civil y una tuberculosis que lo mantuvo en cama durante unos cinco años.

“El médico aconsejó que me expusieran al sol y a los aires marinos ; de modo que si alguien busca una influencia en mi obra, habrá de recurrir al mar y a la costa.” Por eso vivió su adolescencia en el Puerto de Andratx. No le apetecía salir del pueblo y ya entonces rechazaba la notoriedad, cosa singular en nuestros días. Creador de universos anclados en la tradición inconcreta del conocimiento, explicaba que “la imaginación es omnipotente y nutre la realidad ; basta figurar una cosa para que esta cosa exista”.

Debía de ser el año 2004, cuando tuve la suerte de conocerlo, llevado a su casa por Miguel Servera, director de la Fundación Pilar y Joan Miró de Palma. Vivía solo en un modesto pisito de la avenida de Argentina. De entrada se mostró atento, afable y a menudo dicharachero. Su presentación fue escueta e inmediata : “Tengo 82 años. Leo y escribo traducciones del Tao, Swift, Blake, Melville, Michaux, Papini, Rabindranath Tagore…” Corre y saca de un cajón una carta en la que el poeta indio le felicita por la traducción de sus versos.

Me toca ahora a mí presentarnos. Primero mi esposa Felisa, nacida en Bilbao… Salta entonces Serra del sillón, vuelve a su biblioteca y regresa con un libro en la mano : “Mira, Felisa, este libro de Milosz asegura que los hebreos son los eberos, los íberos ; lo que le lleva a afirmar el origen común de ambas tradiciones : la hebrea y la euskera. Dicho de otro modo, el pueblo judío es el que con mayor pureza ha conservado la idiosincrasia ibérica.” Interviene Miguel Servera : “Y este es Ramón Chao. Escritor gallego que escribe en castellano.” “¡Y qué razón tiene ! –dice Serra–. Soy gran admirador de esta lengua, y la considero muy superior a mi literatura.”

Empezó a tutearme cuando se aseguró de nuestras coincidencias misteriosas, que atribuyó a mi condición de gallego y a mi libro sobre Prisciliano (1). Su inmensa cultura agnóstica me descubrió prolongaciones insospechadas : “Este obispo [Prisciliano] ha dado mucho que hablar desde que lo decapitaron y dejó de saberse en qué sarcófago se hallan sus despojos. Digo esto porque a diferencia de los priscilianófilos, no estoy muy seguro de que sus restos yazcan en el sepulcro de Compostela. También tengo mis dudas sobre su paradero, porque al final de las Visiones de Ana Catalina Emmerich el lector descubre que Santiago es el único apóstol que, por llegar tarde a Éfeso, encuentra ya inánime a la madre de Jesús. Lo cual lleva a sospechar que Santiago no acabó sus días en tierra gallega. ¿Puede alguien demostrarlo ?”Prisciliano le interesaba porque a él le unía la “expectativa apocalíptica” : “No fue el hereje desmandado que nos pinta don Marcelino Menéndez y Pelayo, sino un maniqueo de altos vuelos. Cristiano apasionado, pronunció palabras inquietantes : ‘Condéname porque no sé, condéname porque no leo, condéname porque no investigo en la pereza ociosa en que vivo’”.

Con una sonrisa irónica, Cristóbal Serra decía que los restos allí encerrados son de burros, animales por los que sentía gran devoción. “Salta usted de Prisciliano a un borrico –le dije–. ¿Cómo explica este brinco ?” “Hace más de medio siglo entré en una librería de viejo de Valencia y descubrí El asno ilustrado, un tomo de 1837 firmado por el clérigo Manuel Lozano Pérez Ramajo. Desde entonces, no paro de meditar en la sabiduría de este animal, su pausado ritmo mediterráneo y su labor silenciosa. Se le toma como ejemplo de la necedad, cuando es la criatura más sabia.” Por esto Serra escribiría, en El asno inverosímil (2001), que “la vox pópuli” recompensó al rucio con el privilegio de ser “el único que soporta los efectos del rayo”.

En este libro, Serra da cuenta de su asnomanía, pasión que lo llevó a fundar una Hermandad Asnológica regida por el siguiente aforismo : “Sin reverencia al asno decae toda civilización, pierde su carácter sacro y se vuelve vertiginosa y alocada”. “Napoleón –me contó– disponía de un cuerpo de observadores de orejas de asnos. Las mandaba consultar antes de cada batalla : el temblor de las orejas, por ejemplo, anticipa eventos meteorológicos y propiciatorios. También, de unas palabras de Plinio se colige que hubo rebuznantes (imitadores de rebuznos) en los anfiteatros romanos. Debieron ser los primeros en descubrir el arte rebuznadora, que llevarían a la perfección Apuleyo en El asno de oro y Cervantes en ‘El Retablo de Maese Pedro’ : ‘No rebuznaron en balde/ el uno y el otro alcalde’”.

Gracias a ellos, Serra se sentía menos aislado. De sus búsquedas dedujo que llamaron a los primeros cristianos “asinaios” por mofa, al ver que adoraban una cabeza de asno : “También Aarón ‘el Pacificador’, hermano de Moisés, sumo sacerdote de los hebreos, adoptó esas orejas de burro sobre su cabeza, distintivo jerárquico que se convertiría en tiara episcopal”. “¿Como la que lleva Rouco Varela ?”, le pregunté. “Y toda la jerarquía, de arriba abajo –me respondió–. ¿Acaso sólo se la merece el señor Rouco ?” “Fue mi amigo de infancia y adolescencia –le expliqué–. Desde luego que por tozudo puede alcanzar lo que sea.”

Ante mi experiencia de los borricos, “Tófol” Serra decidió proponerme para miembro honorífico de la Cátedra de Asnología, creada por él en Palma. Antes quiso saber si en mi pasado figuraba algún acto que avalase mi nombramiento. “A ver si sirve este –le indiqué–. Hace años se creó en París una asociación llamada Platero, formada por Octavio Paz, Juan Goytisolo, Elena Garro, yo y pocos más. Nuestra misión consistía en denunciar las brutalidades que se cometen con un ser tan apacible. La asociación me envió al carnaval de Villanueva de la Vera, en Cáceres. Allí sacaban del ayuntamiento a un muñeco de trapo montado en un burro de carne y hueso al que subían montones de jayanes y que soportaba toda clase de golpes sobre el lomo. Escribí un artículo para denunciar esa animalada. Además, en el maletero del coche, llevo la pegatina de un burro balear.”

Es de creer que mis méritos, indiscutibles, no resultaban suficientes como para merecer el alto honor que deseaba otorgarme ; días después recibí un mensaje de la secretaria de la asociación en el que se me reconocían virtudes imaginarias e irrefutables : “Tal día como hoy, hace unos tres años, cuando usted salía a mediodía de la iglesia de Santa Eulalia, a una paloma le dio por descargar las tripas desde el campanario, cayendo las defecaciones en su caletre. Que suceda en el mismo lugar, a semejante hora, en análoga parte del cuerpo y que lo haga el susodicho animal, le ocurre a un humano cada dos o tres siglos. Esto ha sido más que suficiente para que Cristóbal Serra decidiese ipso facto que usted queda elegido miembro honorario de la Cátedra de Asnología.”

Esta distinción constituye un gran honor para mí, aunque llegué a saber que la cátedra de marras, con secretaria, alumnos y bedeles, no sumaba más de cinco miembros... Me puse a reflexionar que, tenido por símbolo de la ignorancia y de la testarudez, y a pesar de provocar la irrisión general, el asno es desde antaño el más servicial de los animales. “Dime, Tófol, acabo de crear una fundación de Amigos de Prisciliano. Queremos que los restos que puede haber en la cripta sean sometidos al carbono 14. ¿Quieres formar parte de ella ?”, le pregunté. “Eso –me respondió– por lo menos puede eliminar a Santiago, lo que ya es mucho. Pero no nos certificaría que se trate de Prisciliano. Dicho esto, acepto gustoso tu invitación. ¿No se puede llamar a un artista gallego para que actualice la obra del maestro Mateo, como hizo Barceló con la catedral de Palma ?” “Pienso, por ejemplo –le dije–, que Leiro comparte muchas semejanzas con el muchacho de Felanitx. A propósito, ¿quién crees que le debe más a quién, Barceló a Mallorca o Mallorca a Barceló ?”

Así era Tófol. De repente le caía una ocurrencia y uno no sabía por dónde salir. “Bueno –me dijo–, Mallorca le dio la vida y él le pagó con la fama. Están empatados.”

“Pues que a Leiro le encarguen, por ejemplo, arreglar las falsedades históricas de la fachada que reproduce la Batalla de Clavijo, la Traslación de su cuerpo a Galicia, y que, de paso, rehabilite a Prisciliano… Dinero hay. Que atribuyan a estas obras indispensables el presupuesto de la engorrosa Ciudad de la Cultura y todos saldríamos ganando.”

Pese al aislamiento de Serra, Péndulo (1957), su primera obra, no escapó a la sagacidad de Octavio Paz, lo que ya es mucho para un escritor clandestino y amante de lo recóndito. El poeta mexicano bautizó a su autor “el ermitaño de Mallorca” : “Serra habita el secreto con la misma naturalidad que otros nadan en el ruido. No es ni dragón, ni caballero andante, ni filósofo gimnosofista ni hechicero. Sabe sonreír y esa sonrisa lo aparta de los hombres modernos”. “Octavio Paz –me dijo Serra– sabía que algunos de mis libros no son del todo míos. Me ayudaron varios escritores conocidos. Yo no hubiera reescrito Las Visiones de Catalina de Dülmen si Brentano no las hubiese recogido y si una señora no hubiera querido iluminarme enviándomelas.” Reacio a los elogios, a los reconocimientos mundanos, se complacía en un aislamiento dulce e irónico, del que algunos le queríamos sacar pese a su mirada incrédula y temerosa del bullicio.

“Tampoco existiría Efigies si, a mis desvelos por archivar aforismos, no los acompañara una serie de libros sobre la aforística universal. Sin Péguy, sin Lao Zi, sin Jules Renard, mis gustos hubieran sido diferentes. Tal vez por eso soy ante todo un hombre de frases sencillas. Es normal que viniera a verme el escritor Joan Guasp para que respaldara la creación de un Museo del aforismo en una vieja casa mallorquina en Consell. La idea no podía ser más altruista ni más insólita, pues Consell era más conocido por mondonguero que por autor de aforismos. Era tan inusitada allí esta palabra que se celebró una sesión tormentosa para aclarar su significado, con bandos favorables a esta clase de dichos inexplicables, y bandos hostiles.”

“Usted prefiere el castellano al mallorquín. ¿Será porque brilla de autores refraneros ? : Gracián, Quevedo con Los sueños, Bergamín... ¿Se trata de aforismos alejados de los suyos ? No obstante, ha llegado a decir que el mayor aforista ha sido Ramon Llull, en mallorquín…”

“Ramon Llull es el más grande e indiscutible maestro de la metáfora. Sus aforismos son cuadros llenos de vida en los que reina el desvarío de una sociedad prevaricadora. A veces la composición es tan breve como compacta ; otras es amplia y plenamente desarrollada. Abundan las similitudes de tipo mediterráneo como la del pecado, que simboliza con la rueda gemebunda de la noria moruna.” “Dígame, por favor, un título de Llull para que me precipite a comprarlo”.

“Te diré Félix. Para mí, el inmenso libro del universo, al que trata de descifrar porque es libro que espolea a ser descifrado. El mundo es para Llull fuente de preguntas inquietantes. A través de ellas, la duda, compañera de la Fe, hará insinuaciones propias de un ‘angelismo mefistofélico’. Es cierto que muchos capítulos dan pie a una terminología caduca, pero que jamás mata el símil.” Con esta receta, Cristóbal Serra produjo obras singulares, como Viaje a Cotiledonia, Diario de Signos y otros títulos reunidos en 1996 en un hermoso volumen editado por Bitzoc y Basilio Baltasar, autor del prólogo. Según este, Serra acepta “el destino de los raros, que es ser ignorado y vivir en paz”, porque “no quiere dominar a los hombres”, sino que se limita a ser “escrutador de la minucia”.

Una vez alcanzado el éxito editorial, Serra prometió abandonar las letras, ateniéndose a uno de sus aforismos : “El que se aferra a la fama suele morir infame”. A pesar de ello, no cesó de escribir hasta su último día. Nunca quiso abandonar su isla ni la lengua castellana, a la que consideraba superior a su obra. Siempre sencillo, discreto y transparente, pocos conocían fuera ni dentro de Mallorca a este gran y misterioso escritor, orfebre de la brevedad, que odiaba el charlatanismo literario y huía de la pomposidad (“quintaesencia de banalidad”) comprimida en aforismo.

“¿Como ese que reza ‘más vale estar solo que bien acompañado’ ?” “Bueno, eso es un retruécano a lo Bergamín, quien escribió : ‘Más vale pájaro volando que ciento en la mano’. Tiene su gracia, pero no cumple con los objetivos del aforismo.”

De eso hablamos la última vez que lo vi, en un restaurante situado a dos pasos de su casa, donde tenía mesa reservada. A los tres días me dijeron que Cristóbal había sufrido una caída, peligrosa a sus casi noventa años. Hube de conformarme con su voz en el teléfono, animosa como siempre. Por desgracia, no llegó a reponerse de la caída y falleció el 6 de agosto de 2012, a los 89 años y sin salir del cuasi anonimato.

Mis amigos Guillem Ferrer y Laura Buadas asistieron al entierro. Me contaron que sus exequias fueron similares a las de Mozart, al que por lo menos siguió un perro. En torno al cuerpo de Tófol, magníficamente ataviado con un manto de anacoreta, estaban su hermana, su asistenta, su editor, cuatro porteadores y un cura de misa y olla, quien aprovechó los funerales para amonestar a los presentes por no ser católicos ortodoxos, una forma de condenar al finado. Se conoce que el clérigo no había leído nada de él, ni tan siquiera su aforismo : “Los que no ven más allá de sus narices no sospechan la existencia de formas espirituales”. R.I.P.

NOTAS :

(1) Ramón Chao, Prisciliano de Compostela, Seix Barral, col. "Los Tres Mundos", Barcelona, 1999.





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