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José Bergamín, el exilio de un esqueleto

Par Ramón Chao  |  10 juillet 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Al terminar nuestra Guerra Civil (1936-1939), el éxodo y la consiguiente instalación de los exiliados en el extranjero trastornó la geografía humana y cultural de España. Según los historiadores, podrían ser entre 300.000 y 500.000 los emigrados (entre los cuales muchos médicos, abogados, ingenieros, catedráticos, rectores, escritores, pintores, compositores y periodistas). Un destierro masivo que desangró a nuestro país, enriqueciendo la vida cultural de América Latina.

Es notable, en particular, el número de poetas que tuvieron que emigrar. De la “generación del 27” solo quedaron Dámaso Alonso y Gerardo Diego ; se fueron Juan Ramón Jiménez, José Bergamín, Antonio Machado, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, León Felipe, Pedro Garfias, Juan Rejano, Juan Larrea, Rosa Chacel y María Zambrano. Unos a México, otros a Argentina, algunos a Puerto Rico... Otros eligieron el exilio interior, como Vicente Aleixandre.

De todos los citados, José Bergamín fue el que más peleó por dar a conocer la causa de la España republicana, sobre todo en Francia. Por su francofilia casi “nativa”, inculcada por su institutriz francesa, se le consideraba como un “afrancesado”. Pero, a imagen de su admirado Manuel de Falla, su amor por Francia le ayudaría a comprender mejor la irreductible singularidad del pueblo español.

Nacido en Madrid de padres malagueños, Bergamín encarna una figura extrema cuyo corazón fue la República : “Si vamos más lejos, diría que algo tengo de italiano, y que mis ancestros procedían de Bérgamo”. Su obra es la más extensa y diversa de los miembros de la “generación de la República”, denominación que prefería a la “del 27”. Abarca aforismos, ensayo, teatro, periodismo (literario y político) y, por supuesto, poesía : a ello cabe añadir su trabajo de editor en España y en México (Ediciones del Árbol, Editorial Séneca) y revistas (Cruz y Raya). Su obra poética es la que presenta un mayor consenso entre los estudiosos.

Mantenía excelentes relaciones con numerosos intelectuales franceses, gracias en particular a los lazos existentes entre las revistas Cruz y Raya, que él dirigía, y Esprit, aunque algunos componentes de ésta última (Paul Claudel, Max Jacob…) le decepcionaran. Por lo demás, estos fueron ampliamente substituidos por otros como Max Aub, agregado cultural de la Embajada de España en París.

Encargado de explicar la causa republicana y de recabar apoyos morales y financieros entre los intelectuales franceses, a él le debemos la adhesión de Jacques Maritain, de Emmanuel Mounier y de Georges Bernanos. Al mismo tiempo, no dudó en prohibir la presencia, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, de André Gide, quien acababa de publicar Regreso de la URSS. Desde entonces se le atribuye una frase que, si non é vera, me viene muy bien para seguir el cuento : “Yo, con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más”. Sentencia digna de don José, y ahí se detiene todo parecido de persona tan admirable con esos animales políticos ambiguos, en vías de desaparición, que fuimos los “compañeros de viaje”. El término data de 1923 cuando Trotski definió así a los defensores del comunismo que se resistían a entrar en el Partido Comunista : “No consideran la revolución como un todo, e ignoran el ideal comunista. No son los artesanos de la revolución proletaria, sino sus compañeros de viaje artístico. Con ellos se plantea siempre la misma pregunta : ¿hasta dónde irán ?”.

Después de la victoria fascista, Bergamín hubo de exiliarse. No es una casualidad que, como tantos desterrados republicanos, estableciese su residencia durante un periodo extenso en Uruguay, tras las primeras escalas “obligadas” en Francia y en México, los dos lugares privilegiados del exilio español, y un rápido intermedio en Venezuela. Gracias a la estabilidad política y al bienestar económico, Montevideo era una ciudad moderna, tranquila, “europea” y cosmopolita. El mismo Bergamín recuerda que “en aquel momento Uruguay contrastaba mucho con todo el resto de Suramérica : Allí viví mi más larga estancia americana y la más feliz” ; “No sé si volvería a México o a Caracas, pero Uruguay fue una España idealizada, una España que no ha existido nunca ; una España en que realmente le quieren a uno”.

España le quemaba el alma, le llamaba, y él, respondió al grito de auxilio de su patria, regresando en 1958. Muchos exiliados no entendieron su regreso. Bergamín pisó de nuevo el suelo español porque lo necesitaba para seguir respirando, para que la añoranza y la nostalgia no quebraran su corazón, porque creyó que sus compatriotas también querían que compartiese la dictadura con ellos. Franco lo citó como ejemplo de “los que supieron perder”, fanfarronada a la que él contesta que “él no ha sabido ganar”. En 1963 encabeza una carta de apoyo a los mineros asturianos en huelga dirigida a Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo. Y tiene que refugiarse en la Embajada de Uruguay hasta que las presiones del Vaticano, de Kennedy y de Malraux logran liberarlo. De modo que, el 30 de noviembre de 1963, inicia su segundo y más doloroso exilio, a los 68 años, sin documentación y sin recursos. Sin embargo, mantiene su altivez y su humor sarcástico : “La gente no sabe que la felicidad es un deber y no solo un gusto. Claro, esto se empieza a comprender de los sesenta años en adelante. Cuando se es viejo se descubre así el ideal de una vida”.

Su nuevo exilio lo devuelve a Montevideo, donde permanece el tiempo justo para conseguir un documento de identidad. Gracias a su amigo André Malraux, entonces Ministro de Cultura en el gabinete francés del general De Gaulle, puede entrar en Francia sin papeles. En París, Bergamín se encierra en una “célula” de la Casa de México de la Ciudad Universitaria. Allí lo ví por primera vez ; no digo que lo conocí, pues aquel hombre encorvado, vestido de negro, nos causaba mucha impresión. Sabíamos quién era, y nos limitábamos a dirigirle una mirada afectuosa. Sin recursos económicos, creamos una Asociación de Amigos de Bergamín, destinada a recaudar dinero a la chita callando, compuesta por Daniel Pézeril, Michel Mitrani, Jacques Roubaud, un servidor y otros. La acepta con la condición de que contase con mayoría de mujeres hermosas, como Florence Delay, Adelaida Blázquez y Leonor Fini. Yo le pedí a mi amiga Florence Delay que me lo presentara formalmente. Nos vimos en el domicilio de ésta. Lo primero que hizo fue curiosear en su biblioteca con sus manos huesudas, largas, surcadas de venas. Cogía los libros con dulzura, casi con devoción.

Además, y también por no herir su orgullo, los pintores Bazaine, Calder, Masson, Miró y Tàpies organizan una subasta de cuadros en el Hôtel Drouot. André Malraux, al que había conocido durante la guerra de España y quien había hecho de él uno de los personajes de L’Espoir, lo seguía protegiendo. Le atribuyó la buhardilla de un monumento histórico y lo nombró Comendador de las Artes y Letras. Después de Picasso y de Luis Buñuel, Bergamín sería el tercer español que recibía esta distinción, a la que renunciará algunos años después en solidaridad con los refugiados nacionalistas vascos.

Para la Administración francesa, Bergamín era, en aquel momento, un auténtico fantasma, porque carecía de nacionalidad y su situación estaba aún por determinar ; una situación que coincidía con lo que él siempre había creído que era ser español : dejar de serlo. En su sueño literario y político, dejar de ser español era lo más característico de lo hispánico, la vocación de universalidad que tan bien mostraba Don Quijote : “A mí no me he tomado en serio nunca. Desde muy niño, desde que tuve conciencia de mi esqueleto, me fue difícil tomarme en serio. Para mí un esqueleto jamás es dramático. Tiene un aire cómico, el mismo aire que quise atribuirle cuando escribí La risa en los huesos. No siempre dejé de tomar en serio a los demás. Cuando recuperé la conciencia esquelética de mi niñez fue cuando volví al punto de partida : no tomé ya en serio ni a Dios ni al Diablo, con la consecuencia inevitable –no para mi razón, sino para mi fe– de que llegué a tener conciencia de que ni el Diablo ni Dios me tomaban en serio a mí”.

El 3 de diciembre de 1969, combinando con ironía el cambio gubernamental y el nombramiento del sucesor de Franco, exclama : “¡Viva el Opus-Rey ! ¡Perdón !”. Al mismo tiempo reinicia las gestiones para sondear las posibilidades de su regreso a España. El 9 de diciembre recibe la información oficiosa de que en la Dirección General de Seguridad no consta ninguna anotación que haga imposible su entrada en el país, ya que figura como “expatriado por su propia voluntad”. Un mes más tarde comunica a su familia que su decisión de volver ya está tomada y, tras pasar en España el verano de 1970, en los primeros meses de 1971 se instala en Madrid.

Le fui a visitar a su casa de la plaza de Oriente, a donde llegaban, decía, “los alaridos de las turbas fascistas”. El ascensor no le funcionaba, pero él no sufría por su falta, porque “al ser un simple esqueleto, puedo subir los cinco pisos sin que mi organismo se canse demasiado”. Aquel día, con sus años a cuestas, subió andando los cinco pisos, largo y delgado, mientras recitaba en voz alta un poema :

Padezco por anhelo de ese fuego
que, invisible, me abrasa y no me prende,
volviéndome esqueleto, espectro, escombro.
Ni sombra soy cuando a mirarme llego ;
pues cuando en tal figura me trasciende
mi sombra no es mi sombra, que es mi asombro.

Desde su azotea se veía el balcón que usaba el caudillo para dar la bienvenida a los brazos en alto. Así que, durante años, cada vez que Franco se asomaba, un par de números de la Policía Armada subían a su casa, armados, para proteger a su vecino.

“Los guardias siguen ahí, vivimos una situación de continuidad o continuismo”.

–¿Cada vez más exiliado… ?, le pregunté.

–De hecho lo fui oficialmente en Francia, cuando se decidió que yo era jurídicamente inexistente. Me siento un fantasma ahora en España, un país que a mí me dieron hecho. En España, ni a los fantasmas se les deja vivir en paz. En Francia me había sentido un fantasma irreal. Aquí me siento un auténtico fantasma.

Pronto se instala en una especie de exilio interior en Donostia. La académica francesa Florence Delay asegura que el escritor decidió pasar los últimos momentos de su vida “en un país en el que respiraba algo de República”. El abogado Castells, quien fue su “contacto” en Euskal Herria, recordó que Bergamín “vino porque quiso integrarse en el pueblo vasco y, por supuesto, en su lucha por la independencia”. También repetía que “él quería ser vasco ; aquí se sintió en casa y aquí, por fin, encontró a su pueblo. Luchó hasta su último aliento por nuestra causa, como independentista. Colaboró con los ‘gudaris’ vascos escribiendo para el diario Egin. Su apoyo a la causa de ETA aumentó la incomprensión de muchos de sus amigos sin que él cediera, en absoluto”.

Su amiga y gran filósofa María Zambrano cree que murió para ser crucificado : “Sus simpatías, su adhesión, su entierro a la sombra de ETA, los interpreto como un rosario de improperios, esos reproches que Nuestro Señor –digo Nuestro Señor porque es el mío–, dirigió al mundo desde la cruz”.





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