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UN SOCIALISMO EN BUSCA DE UNA NUEVA LITURGIA

Cuba, el partido y la fe

Par Janette Habel  |  15 juillet 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Destinado a “actualizar el socialismo”, el proceso de reformas emprendido por el presidente cubano Raúl Castro le ha llevado a elegir un interlocutor inesperado : la Iglesia católica.

Un mismo mensaje, repetido en los cientos de carteles que agita la multitud : “Bienvenido, Su Santidad Benedicto XVI”. Estamos en Santiago de Cuba, bastión histórico de las guerras de independencia, donde el Papa celebra una misa ante 200.000 personas. En efecto, del 26 al 28 de marzo, catorce años después de la visita de su predecesor Juan Pablo II, el más alto dignatario de la Iglesia visitó un país cuyo líder histórico antes había sido excomulgado.

En Cuba, el clero, única institución nacional independiente del Gobierno, no es un interlocutor como los demás. Lo que el diplomático Philippe Létrilliart califica como “competencia entre universalismos” (1) –catolicismo y castrismo– poco a poco dio lugar a una coexistencia pacífica. Hoy, lo político y lo religioso necesitan ponerse de acuerdo. Sentado en primera fila durante la ceremonia celebrada por Benedicto XVI en Santiago de Cuba, Raúl Castro –que ha emprendido un delicado proceso de reformas y liberalización económica– ha hecho del acercamiento con la Iglesia un eje de su presidencia. Una política que hace rechinar los dientes en las filas del Partido Comunista de Cuba (PCC), pero también entre los cristianos y los disidentes.

“Desde que cambió la presidencia, hace cuatro años (2) –observa el cardenal Jaime Ortega, que dirige la Iglesia ­cubana–, hay nuevos ministros y funcionarios. Se está desarrollando una reforma económica muy importante. Comprende la agricultura, la construcción de viviendas, la legalización del trabajo independiente, el crédito, la compra y venta de casas y automóviles y la creación de pequeñas empresas privadas” (3). Una evolución que, justamente, la Iglesia estaba esperando. “Desde hace tiempo, muchos cubanos hemos explicitado públicamente la necesidad de implementar cambios en el modelo social, económico, jurídico y político”, subrayaba un editorial de la revista católica Espacio Laical (octubre de 2010), en el centro de los debates ideológicos y políticos, incluidos los más delicados. Frente a las desigualdades, acentuadas por las reformas actuales, y a la profundización de la pobreza, la Iglesia brinda un amparo útil. Al disponer de una red asociativa humanitaria en los barrios pobres, ya se está encargando de la distribución de medicamentos y de la organización de comedores populares. Y, favorable a la apertura económica, imparte contabilidad e informática a los pequeños emprendedores que promueve el Estado.

El acercamiento entre el partido y la Iglesia también es resultado de un aggiornamento de la jerarquía católica, iniciada en 1986 con el Encuentro Nacional Eclesiástico Cubano. Para Enrique López Oliva, católico y profesor de historia de las religiones, “el episcopado cubano ahora está dominado por partidarios de la negociación : una nueva ­generación que no participó en los conflictos de las décadas de 1960 y 1970” y que tomó distancia tanto de la disidencia como de los cristianos enfrentados con el régimen. Para el cardenal Ortega, “la Iglesia no tiene por vocación ser el partido de oposición que falta en Cuba”. Lenier González, el joven jefe de redacción de Espacio Laical, nos lo confirma : la credibilidad de la Iglesia “proviene del hecho de que supo mantenerse a distancia del Gobierno cubano, de la oposición interna, de los cubanos exiliados y del Gobierno estadounidense”.

Pero la desazón, incluso el desacuerdo, es manifiesto en algunos creyentes. Oswaldo Payá, promotor del Proyecto Varela (que reunió más de 11.000 firmas para pedir una reforma de la Constitución) y ganador del premio Sajarov en 2002, considera que la voz de la Iglesia ha sido confiscada por el equipo de Espacio Laical, que, de manera directa o indirecta, apoya al Gobierno. Una posición que aparentemente no sería unánime dentro del “pueblo de Dios” : “Jaime [el cardenal Ortega] es mi pastor, lo respeto, pero tiene una orientación política que no comparto. Para él, hay que confiar en Raúl y apoyar los cambios actuales. Es claro que se trata de una posición política” (4). De hecho, el episcopado multiplicó las señales de moderación. Las “Damas de blanco”, que protestan contra el régimen blandiendo gladiolos en las calles de La Habana al grito de “Libertad, Libertad”, no tuvieron derecho al “minuto de entrevista” con Benedicto XVI que habían solicitado, cuando este se entrevistó con Fidel Castro, el alma condenada de los disidentes. Y fue el cardenal quien pidió a la policía que interviniera para terminar con la ocupación de una iglesia de La Habana por parte de opositores que querían ejercer presión ante el Papa.

Sin embargo, el clero cubano se enfrenta con varias dificultades. La primera es la falta de participación de los fieles : el 1% de la población de la isla asiste regularmente a la misa del domingo. La segunda es el avance de los cultos afrocubanos. El eco que encontró durante meses la procesión de la Virgen de la ­Caridad del Cobre, santa patrona mestiza de Cuba, da cuenta de una religiosidad sincrética. A las autoridades católicas les gustaría integrarla, incluso anexarla, ­pero sin aceptar sus ritos. Tercera dificultad : el crecimiento de las iglesias evangélicas. En este contexto, la Iglesia “no aspira a recuperar sus privilegios pasados”, nos asegura Jorge Cela, ex superior de la Compañía de Jesús en Cuba, nombrado presidente de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina. Más allá de que probablemente desee ver engrosar sus filas, “simplemente quiere que sus fieles encuentren un lugar en una sociedad plural”.

La Iglesia ya ha logrado muchas cosas. El Gobierno le está restituyendo edificios confiscados durante la revolución de 1959. En noviembre de 2010, el cardenal Ortega inauguró, en presencia del presidente Castro, las nuevas instalaciones del seminario San Carlos, donde se forman los futuros curas, cuyo número se encuentra en aumento. El seminario acoge también el Centro Félix Varela, un espacio de debates en el que a veces participan opositores. En un país donde ni siquiera los militantes críticos del PCC pueden publicar sus opiniones en el diario del partido, la Iglesia dispone de una red de publicaciones vinculadas con los obispados y las parroquias (alrededor de 250.000 lectores) y de alrededor de veinte medios digitales. Pero también anhela el acceso regular a la radio y la televisión. Y, para el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado en el Vaticano, “sigue sin resolverse el problema, muy importante, de la escuela” (5). La integración de la educación católica al servicio público constituye una prioridad para el episcopado, que desea poder enseñar teología y humanidades en las universidades. “El Estado debe reconocer a la Iglesia el papel que tiene en la sociedad”, considera el cura Yosvani Carvajal, rector del Centro Félix Varela. Castro anunció que desde ahora el viernes santo será festivo.

El lugar dado a la Iglesia no cuenta con el apoyo unánime del PCC, donde algunos sienten que la estrategia de ­Castro los debilita. Al transformar a la Iglesia en un mediador legítimo, el presidente cubano condujo a su Gobierno a aceptar “concesiones realizables, ­pero difíciles (muy difíciles) de asumir de manera directa”, resume el sociólogo Aurelio Alonso (6). Un ejemplo : ­enfrentado en 2010 a una campaña mediática internacional que apuntaba a obtener la liberación de setenta y cinco detenidos después del fallecimiento del disidente Orlando Zapata al cabo de una huelga de hambre de ochenta y cinco días, el aparato del PCC se mostraba más desarmado en la medida en que otro opositor también iniciaba un ayuno peligroso. La Iglesia logró que el Gobierno sorteara el mal paso organizando “entre cubanos” la liberación de los detenidos y participando en las negociaciones con la diplomacia española.

Los dirigentes del PCC lo entendieron bien (y, en algunos casos, le temen) : el lugar que ahora se da a la Iglesia ­lleva a preguntarse por el del partido –único– en el paisaje político. La conferencia del PCC que se realizó en enero de 2012 debía modernizar su funcionamiento y renovar su dirección, realzar su prestigio y prepararlo para enfrentar los desafíos de las reformas económicas anunciadas un año antes. Si bien la reunión confirmó la limitación de los mandatos políticos a dos veces cinco años y la composición del Comité Central se renovará en un 20% de aquí al próximo congreso (cuya fecha no ha sido fijada), todavía se está lejos de las transformaciones anunciadas. Ahora bien, el Presidente tiene 81 años y su sucesor según la Constitución, el número dos del gobierno, Machado Ventura, pronto cumplirá 82… “Renovar la dirección del partido” representa una tarea delicada, “a falta de relevo ­generacional”, había comentado Castro en el VI Congreso del PCC, en 2011, ­dando la impresión de olvidar que él mismo había separado a dos de los principales dirigentes quincuagenarios capaces de sucederlo, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, en 2009. ¿Estaría contemplando un “cambio” que ya no pasara exclusivamente por el partido ?

La brecha entre el PCC y la población se ha ampliado, en particular en las jóvenes generaciones : las cuestiones que plantea en nombre de la población que se supone representa en cuanto “Partido de la Nación” no son las que preocupan a la mayoría de los cubanos. El partido habla de “actualizar el socialismo” ; la calle, de las mil y una maneras de sobrevivir (7). Mientras que los medios de comunicación oficiales practican un discurso políticamente correcto –el “teque teque”, dicen los cubanos–, las discusiones abundan en las revistas y las páginas de Internet, aunque su acceso sigue siendo limitado (a pesar de que el año pasado se instaló un cable submarino entre Venezuela y la isla). El aparato del Partido, incapaz de promover una democratización del sistema, ve menguado su crédito, aunque Castro se cuide siempre de recordar su lugar “central”.

Si bien el católico Roberto Veiga critica “esta burocracia que reina en el Estado y la sociedad”, los miembros más prudentes del clero no cuestionan la existencia del partido único. Para monseñor Carlos Manuel de Céspedes, vicario general de La Habana y consejero de redacción de Espacio Laical (8), “el partido único no está peleado con la democracia, del mismo modo que el pluripartidismo no garantiza su buen funcionamiento. Pero para que el partido único permita una democracia real, debe funcionar de manera transparente y aceptar la libre discusión de todos los problemas”. Un pluralismo que la Iglesia ya practica en sus publicaciones.

Reformar el antiguo sistema, “salvar la Revolución”, supone, pues, una refundación ideológica y espiritual : “La Patria y la fe” –título de un artículo del diario de las juventudes comunistas, Juventud Rebelde, fechado el 17 de marzo de 2012– parece ser su nuevo credo. Según el diario, “la unidad entre el pensamiento revolucionario, la fe y los creyentes se enraizó en los fundamentos mismos de la Nación. El amor por la Patria, la lucha por una sociedad más justa no son contradictorios con una concepción de la vida que cree en la trascendencia”. Alfredo Guevara, ex dirigente del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y personalidad histórica de la revolución, va más allá : “habría que inventar una catedral y una liturgia tremenda que movilizara las consciencias”. Para él, “la Iglesia es un centro de elaboración intelectual, (…) un socio maravilloso para sembrar esa diversidad necesaria para el desarrollo del país” (9).

La transición cubana se juega también al otro lado del estrecho de Florida. Todo parece indicar que el Gobierno ve con buenos ojos la participación de los emigrados en el cambio. El cardenal Ortega viajó a Washington para pedir la disminución de las sanciones contra Cuba. Comentario de The Washington Post, del 25 de marzo de 2012 : “El cardenal cubano se ha transformado en socio de facto de Raúl Castro”. Por su parte, la radio anticastrista ­Radio Martí, en Miami, lo trataba de ­“lacayo” (5 de mayo de 2012). “La oligarquía de la diáspora desea el desmoronamiento del país y trabaja para ello”, analiza Veiga. Por lo tanto, todo lo que podría facilitar un cambio dirigido desde La Habana exaspera a los exiliados. El Vaticano, por su parte, apoya al clero cubano, que según él podría encarnar una renovación religiosa, símbolo de reconciliación, fraternidad y defensa de la soberanía nacional. Desde Roma, la Iglesia cubana se ve como ­mejor colocada que otras para hacer frente a la competencia de las sectas protestantes y pentecostales.

Pero si bien no se pronuncia la palabra “transición”, ¿hay que imaginar una Iglesia que trabaje de común acuerdo con las Fuerzas Armadas –que dirigen sectores clave de la economía– para prepararla, de manera no violenta y desde una perspectiva de normalización con la diáspora ? Como escribía Max Weber, “entre el poder político y el poder religioso, la relación adecuada es la del compromiso y la alianza tendentes a un dominio común, a través de una delimitación de sus respectivas esferas” (10).

 

(1) Philippe Létrilliart, Cuba, l’Église et la Révolution, L’Harmattan, París, 2005.

(2) Raúl Castro asumió oficialmente la presidencia el 24 de febrero de 2008, tras ser nombrado presidente interino el 31 de julio de 2006, por problemas de salud de su hermano Fidel.

(3) L’Osservatore Romano, El Vaticano, 25 de marzo de 2012.

(4) Citado por Fernando Ravsberg en su blog “Cartas desde Cuba”, 27 de marzo de 2012, www.cartasdesdecuba.com

(5) La Stampa, Roma, 22 de marzo de 2012.

(6) Espacio Laical, nº 24, La Habana, octubre de 2010.

(7) Véase Renaud Lambert, “Así viven los cubanos”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2011.

(8) También es tataranieto de su antepasado epónimo, el Padre de la Patria, quien proclamó la independencia de Cuba y liberó a los esclavos para luchar contra la dominación española

(9) Espacio Laical, n° 28, octubre-diciembre de 2011.

(10) Max Weber, Sociologie des religions, París, Gallimard, 1996 ; citado por Philippe Létrilliart, op. cit.





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