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CONTRA LA MANIPULACIÓN MENTAL

El periodista, la objetividad y el compromiso

Par Pascual Serrano  |  13 mars 2010     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Los teóricos neoliberales centran sus análisis sobre la información en la necesidad de elementos como la “imparcialidad”, la “objetividad”, la “independencia”, la “neutralidad”... Pero cantidad de ejemplos demuestran claramente que, en términos absolutos, la neutralidad informativa no existe. Para comprobarlo basta con plantearse algunas preguntas básicas, por ejemplo : ¿qué es noticia ? ¿cómo se jerarquizan las noticias ? ¿cuál es considerada como más importante que otra ? ¿por qué ? ¿desde qué ‘punto de vista’ se presenta ? ¿qué noticia no se difunde y se oculta ?... Algunos teóricos afirman : “Los hechos escuetos, los datos estrictos no mienten”. Cierto. Pero un dato o un hecho, sin su contexto significa muy poco. Como mejor se manipula a la opinión pública es con pretendidos “hechos escuetos” y “datos estrictos”.

El veterano periodista Robert Fisk, experto en Oriente Medio, criticó el falso concepto de “equilibrio informativo” y afirmó que “los periodistas deberíamos estar del lado de quienes sufren. Si habláramos del comercio de esclavos en el siglo XVIII, no le daríamos igualdad de tiempo al capitán del navío de esclavos en nuestros reportes. Si cubriéramos la liberación de un campo de concentración nazi, no le daríamos igualdad de tiempo al vocero de las SS” (1). José Ignacio López Vigil ha dedicado su vida al periodismo comunitario en América Latina, al lado de la gente pobre y sencilla. Él también reivindica el compromiso : “Frente a un panorama tan cruel, ninguna persona sensible, con entrañas, puede permanecer indiferente. Es hora de poner todos nuestros esfuerzos personales, toda nuestra creatividad, para mejorar esta situación. No caben mirones cuando está en juego la vida de la mayoría de nuestros congéneres, incluida la del único planeta donde podemos vivirla” (2). Incluso va más lejos : “Ni el arte por el arte, ni la información por la información. Buscamos informar para inconformar, para sacudir las comodidades de aquéllos a quienes les sobra, y para remover la pasividad de aquéllos a quienes les falta. Las noticias, bien trabajadas, aun sin opinión explícita, sensibilizan sobre estos graves problemas y mueven voluntades para resolverlos” (3).

No faltan periodistas jóvenes que también reniegan del mito de la equidistancia, como Olga Rodríguez, curtida en los conflictos de Oriente Medio : “Huyo de la equidistancia porque creo que es una trampa : no se puede tratar igual al que bombardea que al que es bombardeado, al invasor que al invadido, al opresor que al oprimido... Vivimos en un mundo plagado de desigualdades, injusticias y desequilibrios y creo que una de las misiones de los periodistas es buscar que la balanza se equilibre” (4). Decía el poeta español Gabriel Celaya, “maldigo la poesía del poeta que no toma partido”, y el recién fallecido ensayista estadounidense Howard Zinn tenía costumbre de afirmar que “no se puede ser neutral viajando en un tren en marcha que se dirige a un despeñadero”.

En su libro Idealistas bajo las balas, el historiador Paul Preston recoge el sentimiento que vivieron los corresponsales de prensa extranjeros destinados en España durante la guerra civil (5). Según Preston, “no se trataba sólo de describir lo que presenciaban. Muchos de ellos reflexionaban sobre las consecuencias que tendría para el resto del mundo lo que sucedía entonces en España. (…) se vieron empujados por la indignación a escribir en favor de la causa republicana, algunos a ejercer presión en sus respectivos países y, en unos pocos casos, a tomar las armas para defender la República”. Preston deja bien claro que ese activismo no fue “en detrimento de la fidelidad y la sinceridad de su quehacer informativo. De hecho, algunos de los corresponsales más comprometidos redactaron varios de los reportajes de guerra más precisos e imperecederos” (6).

La percepción del periodismo como un compromiso con los oprimidos ha inspirado a lo más valioso de nuestra profesión, quienes, a diferencia del hipócrita discurso dominante actual, han reivindicado esa responsabilidad. Desde el cubano Pablo de la Torriente Brau al británico Robert Fisk o el franco-español Ignacio Ramonet. Recordemos que iniciativas tan justas y loables como la creación de un impuesto para las transacciones financieras especulativas (la Tasa Tobin), el apoyo a los Foros Sociales Mundiales o el combate contra el Acuerdo Multinacional de Inversiones (AMI) surgieron en medios de comunicación de indiscutible prestigio como Le Monde diplomatique. También lo han entendido así muchos fotoperiodistas profesionales : “Me molestan ciertas etiquetas, como cuando me dicen que soy un periodista solidario. Para mí el periodismo es compromiso” (7), afirmó, por ejemplo, el fotógrafo Gervasio Sánchez, Premio Nacional de Fotografía en España y añadió : “Si yo fuera alguna vez decano de una facultad de Periodismo eliminaría una palabra : ’objetividad’, la quitaría, rechazaría y quemaría” (8).

El periodista siempre tendrá la tentación de dejarse llevar por los oropeles palaciegos, bien por razones económicas, por sumisión al poder, o simplemente por la tendencia a considerar más veraz y valiosa la información sólo porque procede de la moqueta y el esplendor de los centros del poder. Pero hay que recordar que tenemos una obligación social, un compromiso, una especie de juramento hipocrático que consiste en sacar a la luz, en informar, sobre tantas y tantas luchas de hombres y mujeres que combaten por su supervivencia y dignidad. Como dice Kapuscinski en su obra El Sha, debemos reivindicar “las palabras que circulan libremente, palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de uniforme de gala, desprovistas del sello oficial”. Por eso, cuando en una guerra un jefe militar nos anuncie una liberación le preguntaremos a la señora que salió a comprar el pan en la zona recién liberada ; mientras el ministro nos esté enseñando el nuevo hospital inaugurado, acercaremos el micrófono al anciano que se encuentra en la sala de espera, y durante la pomposa inauguración de la industria de vanguardia tecnológica interrogaremos al obrero por su paga.

Tal como sucedió a algunos periodistas que cubrieron la guerra civil en España, es necesario sentir en la piel el destino de los desfavorecidos para comprender cuál es el lugar del periodista. Insiste Kapuscinski : “El verdadero periodismo es intencional, a saber : aquél que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodista. Si leéis los escritos de los mejores periodistas –las obras de Mark Twain, de Ernest Hemingway, de Gabriel García Márquez–, comprobaréis que se trata siempre de periodismo intencional” (9).

El discurso de la neutralidad se utiliza inteligentemente desde los medios de comunicación neoliberales. Basta con observar los nombres con los que gustan denominarse en sus cabeceras : El Imparcial, Informaciones, ABC, La Nación, El Nacional, El Mundo, El Universal, El País, La Razón... Todos son asépticos y neutrales, como desean que creamos que son sus contenidos. Su celo por aparentar ausencia de ideología les lleva incluso a prohibir a sus periodistas que tengan ideas hasta fuera de la redacción, en su vida privada.

La ciudadanía se indigna ante cualquier intento de dirigismo político e ideológico. Sabedores de eso, la estrategia actual de los medios es disimular a toda costa la intencionalidad para que pase inadvertida a las audiencias y pueda ser efectiva. El objetivo es proporcionar (u ocultar) al lector, oyente o espectador determinados elementos de contexto, antecedentes, silenciamientos o métodos discursivos (en el caso de los medios audiovisuales las posibilidades son infinitas) para que llegue a una conclusión y posición ideológica determinadas, pero con la percepción que es el resultado de su capacidad deductiva y no del dirigismo del medio de comunicación. De ahí la importancia de denunciar las falsas objetividades y neutralidades para dignificar un periodismo de principios y valores.

Los grandes medios comerciales hablaban, en 2003, de “neutralidad periodística” mientras tenían a periodistas empotrados entre las filas del ejército estadounidense en Irak. Se vanaglorian de “pluralidad informativa” cuando sus redactores no salen de la sala de prensa de la Casa Blanca y nunca visitan un suburbio pobre de Washington o Nueva York. Insisten en su “imparcialidad” mientras siguen estigmatizando en sus informaciones a los gobiernos que cometen el delito de recuperar sus recursos naturales de las manos de transnacionales. Alardean de “objetividad”, pero sus páginas y espacios informativos se reservan al oropel, el lujo y el glamour de famosos y grandes fortunas que identifican de esta forma como modelos a admirar.

No es verdad que los medios de comunicación comerciales sean soportes neutrales de información. Ellos militan y hacen apología del modelo económico dominante en el que se desenvuelven y del que obtienen beneficios, bien para su propia empresa o para la casa matriz accionista. Frente a ello, no se trata de que, desde el compromiso del periodista, el periodismo se convierta en panfleto. La ciudadanía rechaza los intentos de un periodismo militante que no aporte rigor ni información contrastada y sólo incluya ideología. Lo que reivindicamos es la recuperación de la dignidad y el servicio a la comunidad, a la justicia social, a la soberanía de los pueblos y a las libertades. No será periodismo si no se hace así, como no es medicina curar sólo a quienes tienen dinero para pagarla.

No se debe confundir periodismo comprometido con servir incondicionalmente a un partido político o a un gobierno con el que se simpatiza. El compromiso es con unos principios y unos valores no con unas siglas o un determinado órgano de poder. Y, sobre todo, dar la voz a quienes tantas veces tiene vetado el acceso a los medios de comunicación. La escritora Elena Poniatowska en su libro La noche de Tlatelolco (10), reportó la masacre de cientos de estudiantes que protestaban en la plaza de ese mismo nombre, en Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968. Para ello se dedicó a transcribir textualmente los testimonios de los afectados y ordenarlos cronológicamente. Sin duda se trata de un periodismo incompleto –hay elementos y datos que no se pueden ofrecer únicamente mediante testimonios–, pero es un ejercicio magnífico de “dar voz a los sin voz”.

En muchos foros, los profesionales insisten en que su capacidad de maniobra para practicar un periodismo comprometido con valores distintos de los impuestos por el mercado es muy limitada. Es verdad. Pero es imprescindible que todo periodista ponga al servicio de esos ideales sus conocimientos y su trabajo si quiere que la honestidad sea emblema e insignia de su vida y su profesión, y probablemente deba ser fuera de su puesto de trabajo en un medio de comunicación comercial. No se trata de militancia, sino de decencia. La decencia es lo que diferencia al biólogo que trabaja para una gran empresa farmacéutica o para una organización ecologista, al abogado que defiende los intereses de una multinacional o los de los trabajadores que exigen un sueldo justo, al militar que dispara contra el pueblo refugiándose en órdenes de superiores o al que combate al lado de la gente. ¿Acaso puede, cualquiera de ellos, ser neutral, o imparcial, u objetivo ? 

© lmd EN ESPAÑOL

 

Notas :

(1) Robert Fisk, “Tediosas comparaciones sobre Oriente Medio”, La Jornada, México, 13 de enero de 2009.

(2) José Ignacio López Vigil, Manual urgente para radialistas apasionadas y apasionados, Ministerio de Información y Comunicación de Venezuela, Caracas, 2005.

(3) Ibid.

(4) Muñoz, S. Entrevista en la revista Paisajes, noviembre 2009.

(5) Paul Preston, Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España, DeBolsillo, Barcelona, 2008.

(6) Ibid.

(7) Público, Madrid, 7 de noviembre de 2009.

(8) Declaraciones a CNN+ 8 de noviembre de 2009.

(9) Ryszard Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo, Anagrama. Barcelona, 2002.

(10) Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, Editorial Era, México, 2007.





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