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Mis encuentros con escritores

¡Queríamos tanto a Manolo !

Par Ramón Chao  |  5 mai 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Apenas dos meses y medio después del final de la Guerra Civil española nació en Barcelona un niño, hijo de una costurera anarquista y de un militante gallego del PSUC [Partit Socialista Unificat de Catalunya]. Su padre no pudo conocerlo hasta cinco años después de su nacimiento, cuando salió de la cárcel al fin de la contienda fratricida. Aquel niño se llamó Manuel Vázquez Montalbán, y de hombre se definió a sí mismo como “periodista, novelista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humorista, crítico, gastrónomo, culé y prolífico en general”. En su ir y venir constante de géneros y cambios de registro, no dejó nunca de ser fiel a esta autodefinición.

Comenzó su carrera en Barcelona, donde estudió Periodismo y Filosofía y Letras. En el año 1962 fue condenado por sus ideas y actividades políticas a tres años de prisión, como su padre. Nos contó su hijo Daniel que utilizaba sofrito para relajarse entre escritura y escritura, y era lógico “tanto la vertiente gastronómica en la obra de mi padre, como que sus cenizas reposen en el Mediterráneo, en la cala Montjoi, delante de El Bulli donde, desde los primeros escarceos culinarios de Ferran Adrià, fue siempre muy feliz”.

Mientras estaba en la cárcel, Manolo escribió su primer libro narrativo, Recordando a Dardé. Es una curiosa descripción de la Cataluña rural, donde la vida giraba en torno a las labores del campo, los chismes y las partidas de cartas ; hasta que apareció Dardé, quien revolucionó la vida apacible de los lugareños. Su primer ensayo, Informe sobre la información, sale en 1963. En él ya se aprecia la mirada crítica y muy personal de Vázquez Montalbán que desarrollaría más tarde durante toda su vida y obra de reflexión (en el sentido doble de reflejo y recapacitación) sobre la realidad española de su tiempo. Se estrenó en el género policíaco o detectivesco con su novela Yo maté a Kennedy (en 1972), donde aparece Pepe Carvalho. Nace éste como un guardaespaldas de origen gallego que ha sido miembro del Partido Comunista de España y ahora lo es de la CIA. Carvalho fue el detective más gourmet de la literatura. Cuando se publicó en Francia el libro Las recetas de Carvalho, se cumplían 40 años de que entrara en acción con Yo maté a Kennedy. Alberto Herráiz ofreció con tal motivo un banquetazo en un restaurante del Barrio Latino. Fue la consagración de Pepe Carvalho, así como la del restaurante El Fogón, encargado se saciar a tantos literatos.

Era Montalbán un hombre de retranca como buen hijo de gallego, de humor socarrón también en su vida y obra y de generosidad ilimitada. No tenía enemigos, aparte de los fachas ; mas a estos tenemos que agradecer que lo encerraran en una celda donde aprendió a escribir. “Iban a visitarme amigos que me aconsejaban leer Triunfo ; que esta revista ya no era la que salía en Valencia hablando de películas de Hollywood y sus vedettes. Los amigos me daban consejos entre las rejas : Triunfo ha cambiado y se debe leer con mucha atención. Hay gente de los nuestros, me aseguraban. Y enseguida me planteaban una complicidad de identidad. Yo sabía que si bien habíamos quedado en mala posición dentro del Estado franquista, nos quedaba un problema de identidad. ¿Cómo recuperarla ? ¿Cómo recuperar la memoria, el lenguaje y nuestro patrimonio cultural ? Escribiendo esas crónicas sentí que crecía en mí la razón democrática y una nueva vanguardia”.

 Carvalho ha inspirado a Andrea Camilleri para crear a Salvo Montalbano, el policía siciliano cuyo apellido constituye un homenaje a nuestro escritor.

 Presentada como una aparente novela de aventuras, Yo maté a Kennedy es un ajuste de cuentas a todos los tópicos que formaron parte de la educación moral, política, sentimental de los españoles progres. Aquí, Pepe Carvalho es lector voraz, pasaba de García Lorca a Hegel sin olvidar a Jorge Luis Borges. Se prometió quemar todo lo leído, para “convertir su biblioteca en una galería de condenados a muerte”. La mayoría de las veces que presume de sus autos de fe, aduce que los libros no le han enseñado apenas nada útil para la vida, que es, a fin de cuentas, lo que verdaderamente importa. Más aún : los libros eran una mistificación, una suplantación de la vida.

Cuando yo entré en Triunfo, él salía de la cárcel, ya célebre por las crónicas que semanalmente publicaba nuestra revista. El director, José Ángel Ezcurra, decidió organizar reuniones mensuales con todo su equipo en un conocido restaurante de la calle San Bernardo de Madrid. Manolo iba desde Barcelona y yo desde París. Nos sentábamos uno al lado del otro, por eso del paisanaje, e hicimos amistad. Pronto me di cuenta de que lo que a él le interesaba en particular era el grupo musical Mano Negra, que lideraba mi hijo Manu. Organicé un almuerzo en Barcelona entre ellos e Ignacio Ramonet al que yo no pude asistir, pero supe que todos salieron muy satisfechos.

Hace cosa de un mes me llamó por teléfono Michèle Gazier para preguntarme si podría participar en un homenaje a Vázquez Montalbán. Crítica literaria en la revista Télérama, novelista notoria, Michèle Gazier, hija de catalanes, fue traductora de Manolo, su introductora en Francia, y según le hice confesar un día, informadora-documentalista de todo lo referente al Grupo de los Seis, movimiento musical francés presente a lo largo de El Pianista, para mí la mejor la novela de Montalbán.

La fecha de la velada estaba sin fijar : dependía de las posibilidades del restaurante La Canaille, al que solía ir nuestro querido Manolo cuando venía a París.

Éramos unos cuarenta y, una vez en el restaurante, nos dimos cuenta de que ese día se conmemoraba el aniversario de la desaparición de Manolo. Pura casualidad, aunque Borges decía que el azar no existe : toda coincidencia es una cita.

No voy a enumerar los nombres de los asistentes. Había editores, periodistas, escritores, pintores y dibujantes, todos amigos de nuestro amigo. Al final me instaron a que contara mi amistad con él, nuestras relaciones y experiencias.

“Temo defraudarles –les dije–. Nunca fuimos amigos. Para mí, amigo es aquel a quien ves a menudo, telefoneas, abrazas y con quien hablas de todo. Con Manolo no fue así. Nos queríamos mucho, pero por intermediarios. De vez en cuando venía alguien de Barcelona a París y me decía : estuve con Vázquez Montalbán, te quiere mucho. Yo le respondía lo mismo, y así durante años”.

Cuando nos veíamos, hola Manolo, hola Ramón y a otra cosa. Me sucede también con un amigo de Cedeira, Rubide Ramonde se llama. Llevábamos unos quince años sin vernos cuando fui a saludarlo a su tienda de Ferrol. “Hola home, ¿como che vai ?” Y se fue a buscar, debajo del mostrador, un dibujo que me había hecho decenios atrás, dándomelo como si me hubiera visto la víspera.

Me hacen pensar, el rubio (así le llaman) y Manolo, en el “Decíamos ayer” de Fray Luis de León.

Después nos vimos pocas veces en algunas conmemoraciones de Triunfo, más recientemente en México, con Chávez en Venezuela y el subcomandante Marcos en Chiapas. Al término de su encuentro con éste, Manolo manifestó que “el zapatismo está sitiado, pero acorrala a su vez al sistema de poder con un discurso nuevo y adaptado a las circunstancias”. “Creo que hay suficientes elementos indestructibles en el zapatismo, como el que no tengan una propuesta de dar la vuelta a las cosas, sino de llevar hasta sus últimas consecuencias a la democracia, lo cual me parece interesantísimo”, afirmó Vázquez Montalbán, que viajó a caballo hasta el punto de encuentro con el jefe guerrillero. Subrayó que “por primera vez, los indígenas tienen un protagonismo del que carecían”. La última vez que lo vi cenamos en Barcelona. No paró de preguntarme por el movimiento ATTAC y por mi hijo Manu.

Sus publicaciones siguen marcando su vida. Los mares del sur se centra en la Barcelona de 1979 en vísperas de elecciones municipales. El protagonista tiene que investigar el misterioso crimen de un hombre de negocios llamado Stuart Pedrell. Tras un año de supuesto viaje del señor Pedrell rumbo a la Polinesia, encuentran su cuerpo inerte en una barrio marginal de Barcelona. La viuda del señor Pedrell pide a Carvalho que investigue el asesinato de su marido y éste acepta el trabajo. Indaga lo que Pedrell hizo en el curso de ese año, empieza a conocer la peculiar personalidad de la víctima –sus aficiones intelectuales y su obsesión por seguir los pasos de Gauguin e irse a los mares del Sur, que en la novela es un insistente símbolo de plenitud vital soñada e irrealizable– y va desenredando un complicado embrollo que tiene como fondo un sentimiento de frustración general. Desde la alta sociedad al inframundo de los suburbios, la novela traza un intenso cuadro de personajes y ambientes que refleja los conflictos personales y colectivos de la España de entonces.

Durante la escritura de este libro, Manolo siente la necesidad de trasladarse a la Polinesia para documentarse bien sobre ese tema. Juan Madrid, prologuista de la novela, afirma que, como todas, ésta es un viaje fuera de la cueva, una vuelta a casa : “La Odisea es lo que le cuenta Ulises a Penélope para hacerse perdonar por estar tanto tiempo fuera. Uno puede ir a por tabaco y regresar cinco años después. El problema es qué cuenta y cómo lo cuenta después de que le abren la puerta. En eso reside la maestría del contador de historias. Los mares del Sur están en cualquier esquina, en el trayecto de un autobús o en la memoria de cualquier cama perdida, manchada de sudor y de sueños”.

Al final de la velada en el restaurante parisino La Canaille de la que les hablaba, Michèle Gazier me invitó a leer con ella, a dúo, el original y la traducción en francés de un poema del libro de Manolo : Pero el viajero que huye. Data de 1990, y de tan premonitorio que es, pone la carne de gallina :

El cartero ha traído el Bangkok Post / el Thailandia Travel / una carta sellada / la muerte de un ser querido / para la muchacha de mi American Breakfast cada mañana / aunque he pedido mi carta no estaba / o no me la han dado compasivos / con el extranjero que espera vida o muerte / ignorado en un rincón de Asia. / El cartero nunca llama dos veces / viaja en una Yamaha y sonríe en la ignorancia / de que la distancia / permite a la memoria cumplir nuestros deseos”.

Me van a perdonar la larga cita, pero creo que vale la pena. Manuel Vázquez Montalbán falleció a los 64 años, de un paro cardíaco en el Aeropuerto Internacional de Bangkok, donde hacía escala para regresar de los mares del Sur a Madrid. Su muerte fue una triste sorpresa para la Literatura española.

Fuentes policiales de Bangkok afirmaron que su muerte acudió en “cuestión de minutos”. Al parecer, tras bajar del avión procedente de Sídney, comenzó a sentirse mal y fue atendido en el dispensario sanitario del aeropuerto. Vázquez Montalbán había sido operado del corazón hacía nueve años en Barcelona, donde le fueron implantados cuatro bypass.

Su obra ha sido traducida a 24 idiomas y acababa de entregar a su editor el último volumen de de las aventuras de Pepe Carvalho. Como todos los grandes escritores, puede ser llorado, mas no olvidado gracias a la obra y a su mensaje : “Vamos a una derecha universal, hacia una época de un cierto triunfalismo, que no durará demasiado, basado en la sensación de que en el mundo sólo hay una verdad que son el neocapitalismo y el neoliberalismo, un mercado y un ejército de vigilancia de todo esto. No sé cuánto durará. Durará hasta que volvamos a descubrir otra vez que, debajo de este orden, existe el desorden de siempre y que genera otra vez la misma injusticia, falta de igualdad, falta de solidaridad que ha existido, pero incluso reforzada por un neototalitarismo, disfrazado muchas veces de neoliberalismo”. 





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