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MIS ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

José María Castroviejo y la magia gallega

Par Ramón Chao  |  5 octobre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del mítico semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con personalidades excepcionales como el escritor gallego José María Castroviejo (1909-1983), de quien nos habla esta vez.

Al levantarse la veda en la Terra Chá (una choza aquí, otra allá y el resto es soledad), individuos de toda calaña, capitaneados por Fraga Iribarne, pululaban en busca de patos, conejos, perdices y urogallos indefensos. Sus actividades cruentas con animales me repugnaban. Mis padres tenían en Vilalba, capital de esta comarca, una fonda ostentosamente llamada hotel, célebre en toda Galicia debido al pastelón que cocinaba mi madre y algo también al genio histriónico de mi padre. Entre decenas de otros aparecían en el hotel, dos o tres veces al año, los cinegéticos escritores Álvaro Cunqueiro, Celso Emilio Ferreiro, Torrente Ballester y José María Castroviejo. Aunque no se dijera, Castroviejo era un precursor de la defensa del medio ambiente, uno de los creadores de lo que hoy se conoce por “sostenibilidad”. Sentía una devoción particular por los cuervos, aves mal afamadas en todo el mundo : “Son para mí –dejó escrito– las aves más inteligentes de toda nuestra fauna ornitológica ; la convivencia con los córvidos me da para siempre motivos de renovada sorpresa e interés acrecentado”. Lejos de los prejuicios de los lugareños por esta especie, Castroviejo protegía a esas aves injustamente maltratadas por la cultura popular : las criaba con cariño en su finca, las bautizaba con nombres católicos y hasta, retomando una incierta tradición de origen celta según sus teorías, pretendía entenderlas hasta el punto de mantener conversaciones con ellas.

Castroviejo gozaba de una reputación deleznable, simplemente porque, una noche, mi madre lo había sorprendido en calzoncillos al salir del cuarto de baño y porque, en sus años anarquistas, habría colocado un petardo debajo de la cátedra de su padre, rector de la Universidad de Compostela. Es más : una vez repuesto de las heridas causadas por los republicanos, ingresó en las J.O.N.S. junto a Ramiro Ledesma Ramos y luego en la Falange Española. Aunque en principio no era muy partidario de la fusión de esos dos movimientos fascistas, pronto se convenció de que sus temores eran infundados.

Antes de saber que se trataba de literatos, estos clientes eran para mí batidores insaciables y gorrones. A los diez años, yo era un niño prodigio del piano y mi padre me obligaba a tocar para los clientes importantes El Lago de Como, una pieza melosa y chocarrera que los cautivaba. Entre ellos a Manuel Fraga Iribarne, quien me proporcionó becas para ampliar mis estudios en Madrid y, más tarde, en París. Un día apareció en el Colegio de España de la capital francesa un extravagante individuo de barba poblada al que se le veía andar siempre con una carpeta bajo el brazo por si llovía o por si pegaba el sol : era Castroviejo. Allí me encontró y aún me recordaba. Yo sentía cierto bochorno por exhibirme con tal personaje, sobre todo porque el Colegio de España era un nido de comunistas a los que apreciaba.

Me sacó de mi error el pianista santiagués Moncho Castromil, también residente del Colegio : tendría que dejarme de tanto prejuicio ideológico. Obras de Castroviejo como Altura, Tiempo de Otoño, Los paisajes iluminados, La burla negra y un sinfín de artículos y relatos publicados en los más prestigiosos periódicos de España y de Galicia formaban el bagaje literario de este personaje apasionado y apasionante : “No debes olvidar que, aunque escrita en castellano, toda su obra está dedicada a Galicia ; una Galicia a la que ama profundamente y que recorrió de punta a cabo, escribiendo sobre todas sus comarcas sin excepción ; una Galicia, en fin, que él concibe como representante legítima del celtismo junto a otras tierras hermanas dentro del mundo celta, especialmente Armórica e Irlanda”.

Autor en castellano, aunque publicase algunos libros de poesía en gallego, Castroviejo compartió con su íntimo amigo Álvaro Cunqueiro una pasión común por la fábula, la magia, la tierra y la gastronomía. “Amigos en largueza y profundidad –escribió Armesto Faginas en su obituario–, Castroviejo y Cunqueiro estarán otra vez juntos, intercambiando opiniones y sueños, polemizando sobre las venturas y desventuras del lobo con Froilán, obispo y santo, por testigo”. El periodista Ánxel Vence se lamenta de que de tanta amistad, de tantas anécdotas y aventuras, de tantos caminos recorridos pie con pie, tan sólo hubiese salido una obra conjunta, la magistral Viaje por los montes y chimeneas de Galicia en la que, siguiendo con Vence, “resultan indistinguibles el Cunqueiro que transformaba la realidad en fábula y el Castroviejo, por una vez, alejado de las fabulaciones de sí mismo”.

Personalidad trascendente de la imaginación gallega del siglo XX, Álvaro Cunqueiro fue, precisamente, uno de los miembros del círculo de amigos que distinguía a José María Castroviejo con el tratamiento correspondiente al titular del imaginario señorío de Tirán. Ésta y la no menos fabulosa de guarda mayor de caza y pesca fluvial del reino de Galicia y sierra de los Ancares eran las únicas distinciones apreciadas por un hombre de barba vagamente valleinclanesca, que obtuvo la casi totalidad de los premios de periodismo convocados en España y el Premio Nacional de Literatura. José María Castroviejo escribió teatro, ensayo, novela y poesía, aunque su actividad más constante fue la de articulista de prensa.

Resulta significativo que, entre los intelectuales gallegos –preferentemente decantados hacia el republicanismo y la izquierda y, por lo tanto, críticos e ítem más que adversarios del franquismo–, Castroviejo fuese un hombre que caía en gracia a pesar de sus algo más que “buenas relaciones” con el régimen y de su, a fin de cuentas, privilegiada posición en el marco de la cultura oficial durante la dictadura. Así, en la hora de su muerte, el comunista Xesús Alonso Montero no dudó en definirle como “un hombre noble, incluso en las ocasiones en que ejercer la nobleza era muy difícil” en tanto que Valentín Paz Andrade, una de las figuras más destacadas del galleguismo histórico, insistió en la necesidad de “separar la postura política y los valores literarios de su obra”. Claro que don José María jamás se definió como franquista. “Recuerda –me dijo Castromil– que él mismo se calificó de ¡tradicionalista-comunista !”.

Castroviejo preguntó por mí al director del Colegio de España en París, Antonio Poch (gallego también), y pronto nos reconocimos. Yo tenía un viejo Renault 4, con el que le llevé a la Torre Saint Jacques, situada cerca de la catedral de Notre Dame. “De aquí –me explicó– salían miles y miles de caminantes hacia Compostela. Ignoraban que los restos de su idolatrado Santiago no se encuentran allí, porque lo martirizaron en Jerusalén en el año 44 por orden de Herodes Agripa I y sus restos fueron diseminados en el desierto para evitar idolatrías”.

El ilustre historiador Claudio Sánchez Albornoz, en absoluto sospechoso de beligerante con el cristianismo, dejó escrito que, “pese a todos los esfuerzos de la erudición de ayer y de hoy, no es posible alegar a favor de la presencia de Santiago en España y de su traslado a ella una sola noticia remota, clara y autorizada.Ya en el siglo VI surgió entre la cristiandad occidental la leyenda de la predicación de Santiago en España, pero no llegó a la Península hasta finales del siglo VII”. Es objetivamente muy difícil, tal y como reconoce la mayoría de los investigadores e historiadores que se han acercado al tema desde su vertiente puramente histórica. Otra cosa son la tradición secular cristiana, que lleva siglos contando que el cadáver de Santiago el Mayor llegó hasta Galicia en una inverosímil balsa de piedra, y los intereses económicos, crecientes de año en año, que se mueven alrededor de la ruta Jacobea. En un año normal, Santiago recibe casi dos millones de peregrinos. En Año Santo, que se celebra cada vez que el día de Santiago, el 25 de julio, cae en domingo, puede haber hasta cinco millones de peregrinos. Cada Año Santo, un miembro de la Familia Real española realiza en la catedral la ofrenda al apóstol. ¿Quién se atrevería a remover los cimientos que sostienen ese entramado social, económico y, también, espiritual ? De hecho, la Iglesia nunca permitió el estudio científico de esos restos que dice conservar bajo el magnífico templo románico compostelano, huesos cuya autenticidad ha sido puesta en duda por numerosas voces autorizadas. Martín Lutero aseguraba que los huesos eran de una gallina... Hoy predomina la tesis de que quien realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, obispo de Ávila en el siglo IV que fue declarado hereje y decapitado en el año 385, convirtiéndose en el primer ortodoxo ajusticiado por la Iglesia católica utilizando una institución civil como mano ejecutora. La Iglesia reniega de Prisciliano y no quiere hablar de que, muy probablemente, sea él quien esté enterrado en Compostela. “¿Cómo va a explicar después de todos estos años de reverencia santa que la tumba puede contener los restos de un hombre que fue acusado falsamente de brujería y de herejía y ejecutado, junto con varios de sus seguidores –incluyendo una mujer–, con el total conocimiento, incluso la aprobación, de la Iglesia ?”.

De esta forma, Castroviejo me convirtió al priscilianismo y ahora milito en la Asociación de Amigos de Prisciliano. Volviendo la vista muy atrás, Castroviejo me recordó que a Diego Gelmírez, primer arzobispo de Compostela y principal impulsor de la peregrinación hasta la catedral que él mandó hacer grande a principios del siglo XII, “no le interesó en absoluto si el que estaba allí enterrado era el apóstol Santiago o no ; él era, básicamente, una especie de hombre de negocios que fue a Braga, robó las reliquias de otros santos y las trajo en triunfo, porque lo que quería, sobre todo, era poner a Compostela en el mapa del peregrinaje. Luego, los andarines del Camino trajeron dinero, regalos y fama e, implícitamente, ayudaron al obispo a obtener un estado ’metropolitano’ para la ciudad”.

Desde entonces, Castroviejo nos tomó afición, al coche y a mí. Paseamos por el Barrio Latino y por el Marais de París, y en el renqueante Renault 4 fuimos al Festival de poesía de Ámsterdam. Un día de esos le manifesté mis deseos de escribir en algún periódico español, yo, que sólo practicaba la radio. Un escueto “de eso me ocupo yo” y, de vuelta a Madrid, me indicó que fuese a hablar con Luis Climent, redactor jefe del periódico El Alcázar.

No me arredré ; me presenté en el meollo del fascismo español y, como yo era amigo de Conh-Bendit, Sauvageot y otros dirigentes del Mayo del 68, pronto me convertí en el más conspicuo del periódico hasta que Fraga Iribarne (la persona que más me ayudó y que más me perjudicó en mi vida) devolvió la empresa a la Hermandad de los Defensores del Alcázar, retirándosela al Opus aperturista que aceptaba mis deslices hacia la izquierda.

No perdí de vista a Castroviejo. Cuando en los veranos íbamos a Galicia, mi mujer y yo lo visitamos en su casa de Tirán, donde vivía con una recua de criaturas y una mujer encantadora, más la aparición frecuente de Celso Emilio Ferreiro y de Álvaro Cunqueiro, exquisitos catadores de los mostos que el padre de familia mezclaba. 

Consecuente hasta el último momento con su filosofía vital, Castroviejo rehusó ser hospitalizado cuando se produjo el agravamiento de la dolencia incurable en la columna vertebral que había contraído en la guerra. Operado en Holanda, conocía la irreversibilidad del proceso ; se negó a salir de su casa y expresó su deseo de morir en la cama de todas las noches, rodeado de su mujer y de seis de sus nueve hijos. 





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