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ANTETÍTULO:ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Julio Ramón Ribeyro salvado del fracaso

Par Ramón Chao  |  10 décembre 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del mítico semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con genios como el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929 - 1994), de quien nos habla esta vez. desaparecer.

Considerado como uno de los mayores cuentistas de lengua castellana, Julio Ramón Ribeyro, nació el 31 de agosto de 1929 en un barrio limeño de clase media, sin llegar a conocer la celebridad. Ahora se le considera un escritor culto en España y América latina ; especialmente en Perú, donde su cuento Los gallinazos sin plumas es de lectura obligatoria en las escuelas.

Aparte de su inclinación por el fracaso, de lo que hablaremos luego, su obra es difícil de incluir en un movimiento determinado. La crítica peruana lo sitúa dentro de la “generación del 50” –heredera de César Vallejo como paradigma estético, y del pensamiento de José Carlos Mariátegui–, compuesta por narradores, poetas y dramaturgos “socialmente comprometidos” (Ciro Alegría, José María Arguedas…) que se interesaron en dar una visión neorrealista al desarrollo urbano del siglo XX. Sin duda, al principio, entre ellos se entroncaba Ribeyro, pero también es cierto que su narrativa desbordó pronto los lindes de aquella generación para abarcar el relato fantástico, y sobre todo, la interioridad de sus desventurados personajes.

Tampoco se le asocia al cacareado boom latinoamericano. Una injusticia. Cuando Vargas Llosa y Bryce Echenique intentaron que Carlos Barral lo incorporara a la pléyade de escritores que constituyeron ese movimiento literario, el editor catalán alegó que sólo publicaba a novelistas. Ribeyro también puso mucho de su parte ; aún siendo contemporáneo de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, se mantuvo al margen de ese fenómeno editorial gracias a su desinterés por cierta epopeya de comunidad continental y a su apego al cuento como género : “Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito un gran libro que reúne su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo. No creo que yo, a mi edad, lo pueda lograr (... ) En suma, nada importante he hecho : tres novelitas cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Luego, me olvidarán”.

Pues no. En 1983, recibió el Premio Nacional de Literatura, y poco antes de morir, en 1994, su calidad narrativa le hizo ganar el Premio Juan Rulfo, sin lugar a dudas una merecida recompensa. Además, su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, holandés y polaco. Seguro que, en cada caso, su reacción fue la misma que cuando consiguió un puesto no muy importante en la UNESCO : “Pues la verdad es que yo sé poquísimo de esta organización en cuyo círculo más hermético he penetrado. Estoy allí no sé por qué, ni cómo, ni gracias a qué méritos. Lo que me permite no hacer un papel deslucido no es la inteligencia ni la experiencia, sino ese fondo de sentido común y de discreción que nunca me han abandonado”.

Y no es todo ; añadamos su carencia de determinación, constante en su vida : “El pintor Eduardo Gutiérrez tiene razón : lo que yo tengo enfermo es la voluntad. Ha observado cómo, sistemáticamente, voy aplazando las cosas, hasta que una hecatombe cercana me hace despertar. ¿Qué hago en París ? ¿Qué espero para ir a La Sorbona ? ¿Por qué no recibo clases de francés ? ¿Cuándo buscaré un alojamiento que no sea un cuarto de hotel ? Todas las noches digo : mañana será. Ha pasado casi un mes y nada ha cambiado. Estoy enfermo, además, y esto me quita fuerzas para la acción. Enfermo de los nervios, del corazón, del estómago o qué se yo. Y además de la voluntad...”

Tratábamos de animarlo, que hiciese ejercicio, que viese a un médico. “No pretendo durar eternamente. Vivir no es primordial ; pero sí mantener el tipo, siempre fiel a los principios y a la degradación. Sin ello no es posible : la caída en el fracaso se torna inevitable. Toda mi vida es un acta de acusación contra la vida. No he hecho nada por mejorar la condición humana. Si mis libros perduran, será por la perversidad de mis lectores”.Más o menos, lo mismo decía Montaigne en sus Ensayos, le argüíamos. Y nos contestaba : “Eso demuestra que los clásicos nos siguen plagiando desde la tumba”.

 La enfermedad vino a añadirse a sus problemas psicológicos : “No veo las horas de que termine este año espantoso, en el que no he hecho más que sufrir sin interrupción desde el 12 de enero, día de mi primera operación. La enfermedad, aparte de volvernos egoístas y envidiosos, nos hace caer en la superstición y la irracionalidad, y uno cree así en los años fastos y nefastos. 1973 habrá sido fatal, 1974 será mejor, porque lo quiero intensamente y todo lo que he querido con esta fuerza lo he realizado”.

En 1973, había sido operado de un cáncer provocado por su excesiva adición al cigarrillo. Tuvo que someterse a un prolongado tratamiento : “¡Ay mísero de mí, ay infeliz ! Yo pensaba que mi relación con el tabaco estaba definitivamente concertada y que, en adelante, mi vida transcurriría en la amable, fácil, fidelísima y hasta entonces inocua compañía del Lucky. No sabía que me iba a ir del Perú y que me esperaba una existencia errante en la cual el cigarrillo, su privación o su abundancia, jalonarían mis días de gratificaciones y desastres.…”

Detestaba que le preguntaran constantemente por su salud. Invariablemente contestaba : “Si me quejo de mis males no es para que me compadezcan, sino por el infinito amor que les tengo a mis semejantes. Me he dado cuenta de que la gente duerme más tranquila arrullada por la música de la desgracia ajena”.

En París ocupaba un vasto apartamento cerca del parque Monceau. En su nutrida biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo o escuchando música (tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara), recibía al atardecer muy irregularmente a sus amigos y a los pocos jóvenes autores que habían leído sus escasas publicaciones. Al principio sólo asistían los peruanos Pablo Paredes, Patrick Rosas y Bryce Echenique. Con la aparición de Oscar Manzur, Saúl Yurkiévich y Leopoldo María Panero, las tertulias se abrieron a España y América latina. Eran reuniones sencillas : sólo vino (tinto y de Burdeos, en esto Ribeyro era inflexible) y se hablaba sin protocolo ni concierto. Era evidente que encontraba un vivo placer en estas visitas ; le permitían salir de su reclusión y asomarse a una realidad cada vez más extraña y en muchos aspectos insoportable.

Con el tiempo, estas pláticas se fueron espaciando, y llegó un momento en que dejó de salir y de recibir, a veces por razones de salud y en parte porque su tendencia a la soledad se había exacerbado y lo conducía a pruebas más rigurosas y también, diría yo, irrevocables : “Algún día analizaré con calma los orígenes de mi incapacidad para la vida social. Me gustaría determinar la época exacta en que comienzo a sentirme incómodo entre mis semejantes, a sufrir su presencia como una agresión, a buscar la soledad y el silencio”.

Entre las ciudades europeas en las que vivió figura Madrid. Tampoco allí se adaptó, por razones muy suyas : “Es curioso, pero en Madrid pierdo la capacidad de concentración y tiendo a extrovertirme. Me resulta difícil permanecer solitario, reflexionar, en consecuencia, mantener con regularidad este diario. Prueba de ello es que, durante los ocho meses de mi primera residencia en esta ciudad (noviembre de 1952 a julio de 1953), no escribí ni una sola línea en este cuaderno y más bien frecuenté los cafés y a los amigos. En París todo resulta distinto. Es una gran escuela de soledad”.

En 1984, le propuse integrar el jurado del premio de cuentos Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional. Aceptó con gran cortesía, aunque le impresionara encontrarse entre los otros miembros del jurado (Claude Couffon, Álvaro Mutis, Juan Carlos Onetti)… Cedió, dijo : “Para leer tantos relatos procedentes de América Latina. Y aprender las infinitas expresiones literarias del humor, el erotismo, la indignación, así como las variaciones sobre los temas históricos”. Llevaba leídos a conciencia, y dos o tres seleccionados, los treinta manuscritos que a cada uno le tocaban.

Una particularidad que le agradecíamos es que siempre evitaba las discusiones : “Entrar en un debate significa admitir que tu contrincante puede tener razón”. Y él, eterno perdedor, se daba por vencido de antemano. De todos modos, exponía sus argumentos : “El autor no busca la palabra justa, ni la más bella, ni la más rara. Suelta simplemente su propia palabra”. Y refiriéndose a un participante, resumía : “Me conmueve la desesperación de tantos jóvenes por no perder el carro de la modernidad. No se dan cuenta de que ese tren lleva inexorablemente al museo de antigüedades”.

Después del voto, solíamos ir a cenar a un restaurante de la calle Grenelle. Tras mucho comentar los cuentos seleccionados y leídos, un día le planteamos la consabida pregunta : “¿Cuándo escribirás una novela ?”.“Yo soy corredor de distancias cortas. Si me lanzo a un maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido. Prefiero escribir diarios. Es el mejor refugio de la soledad. Soledad frente al amor, la religión, la política, la sociedad. La mayor parte de los diaristas fueron solteros. Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan, y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno. Es una forma de confesión apartada del rito católico, hecha para personas incrédulas...”

En realidad, le era muy doloroso escribir para ser leído ; cada palabra le resultaba un suplicio : “Estoy inventando una nueva lengua con palabras como amor, soñar, libre, amistad… ¿Qué ya existen ? Si ; pero la gente ignora su significado”. Tropezaba en cada línea ante el significado de la expresión justa y la multitud de ellas que cabrían en cada frase : “Así como existe una palabra origen de todas las palabras, debía haber una sentencia que contuviera toda la sabiduría del mundo. Cuando la descubramos, el tiempo dejará de existir, pues para entonces habremos entrado en la era inmóvil de la perfección.”

Por supuesto, Ribeyro se sabía bien alejado de esta época idílica : "Estoy asqueado de la bohemia. Ayer me codeé con la hez de la vida nocturna ; conocí de cerca el hampa de la ciudad. Camilo y yo salimos con cuatrocientos soles y los dilapidamos en un abrir y cerrar de ojos. No es en la carne donde está el absoluto, ni en el dinero, ni en los amigos, ni en la alegría, ni en el licor. Tal vez esté en los viajes que aún no he realizado, en el amor que todavía no he conocido, en la gloria que es mi ambición íntima o en Dios, a quien creo haber perdido. He de probar esos caminos, para ver si, al fin, puedo hacer algo que no me hastíe y de lo cual no tenga que afligirme”.

Que yo sepa, no se arrepintió de nada. Ribeyro carecía de medida, de sentido del equilibrio : “Uno de los caracteres esenciales de mi temperamento es la avidez, la vehemencia, la voracidad. (...) Previsión, economía, método son palabras que no tienen sentido para mí. Jamás he podido distribuir mis bienes en proporción a mis necesidades. Mis apetitos no tienen otro límite que la fatiga y no se extinguen sino con el abuso”.

Este texto es una recopilación de Los dichos de Luder, de los que Julio Ramón Ribeyro me refirió y de extractos de sus obras. Al publicarlo ahora –por simpatía y con la esperanza de provocar interés por un inmenso autor casi ignorado–, he tenido que vencer un escrúpulo. ¿Lo hubiera aprobado él ? Su retorno intempestivo a Perú no me permitió tratar con él de forma explícita el asunto. Recuerdo que, en una ocasión, le sugerí que alguna vez divulgara alguno de sus conceptos : “Los conceptos pertenecen al dominio público –me dijo secamente– sólo las formas son privadas”. Frase poco clara y discutible que interpreto a mi favor, si bien comprendo que, en su caso, conceptos y formas son inseparables.

Ribeyro no era capaz de abandonar el tabaco. Y eso que no ignoraba su nocividad : “Toso, sufro de acidez, náuseas, fatiga, pérdida del apetito, palpitaciones, mareos y una úlcera estomacal que me retuerce de dolor y me fuerza a someterme regularmente a un régimen de leche y de abominables gelatinas”.Probó cuanto truco y treta han inventado los que intentan dejar de fumar : esconder los cigarrillos, andar cargado de caramelos, boquillas contra la nicotina, pastillas anti-tabaco, agujas de acupuntura : “Nada dio resultado”. Ingresó varias veces en hospitales. “No te desesperes –le decían cuando se lamentaba por no haber encontrado a la compañera ideal a causa de sus achaques y sus manías– Siempre hay un roto para un descosido”. “Sí –contestaba– pero yo no estoy roto ni descosido : soy un remendado”.

A los cuarenta años casi murió de hambre... Se lo llevó el cáncer el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener aquel Premio Juan Rulfo de Literatura.





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