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La mordedura del perro guardián

Par Bernard Cassen  |  25 de febrero de 2012     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Hubo un tiempo en que los gobiernos gobernaban, incluso en materia económica y financiera. Tomaban decisiones inspirados en una serie de políticas cuyas consecuencias eran generalmente previsibles. Es el sentido de la máxima cuya paternidad se atribuye a Émile de Girardin, periodista francés del siglo XIX: “gobernar es prever”. ¿Tiene tal afirmación aún alguna validez? La crisis de la deuda pública que afecta a Europa ofrece en todo caso un contraejemplo caricaturesco.

Los principales dirigentes de la zona euro –Angela Merkel, Mario Monti, Nicolás Sarkozy y de manera accesoria Mariano Rajoy-, dedican cada vez mayor parte de su tiempo a encontrarse o a llamarse por teléfono para tratar de fijar posiciones comunes. Cuando lo logran, esa posición queda rápidamente invalidada por la realidad. Simplemente porque ya no tienen ningún poder sobre los mecanismos dispuestos por los Tratados europeos que ellos mismos votaron. Para financiar la deuda pública –de la que hay que recordar que su crecimiento es ampliamente imputable a las regalías fiscales otorgadas a las categorías privilegiadas y al rescate de los bancos privados- no pueden apelar al Banco Central Europeo (BCE). Contrariamente a la Reserva Federal y al Banco de Inglaterra que desempeñan el papel de prestadores de último recurso, el BCE no puede adelantar liquidez a los Estados. Solo puede hacerlo a los bancos privados. ¿Es absurdo? ¡Por supuesto! ¡Pero entonces, no tenían que haber votado el tratado de Maastricht ni el de Lisboa!

Queda pues, como única posibilidad, recurrir a los mercados financieros, a tipos prohibitivos para los Estados más vulnerables (¡28% para los bonos griegos a 10 años!). Consecuencia: la espiral infernal de planes de austeridad / recesión / disminución de rentas fiscales / aumento de la deuda / nuevos planes de austeridad, etc. ¿Y quién determina los tipos de interés que exigen los inversores? El juicio de las agencias de calificación de riesgo, perros guardianes de los mercados, a través de las “notas” que otorgan a los Estados. De ahí los esfuerzos desesperados de los gobiernos para dar garantías a Standard & Poor’s (S&P), a Moody’s o a Fitch Ratings. ¡Nicolás Sarkozy llegó al ridículo, por no decir a la indecencia, de calificar de “tesoro nacional”, no a la democracia o el respeto de la voluntad popular, sino la nota AAA de Francia!

A veces, los perros guardianes muerden la mano que los acaricia. Es lo que acaba de hacer S&P al rebajar de un grado la nota de Francia y de dos grados las de España, Italia y Portugal. En lo que a Francia respecta, esa bofetada viene acompañada de un curso de economía para principiantes: “Un proceso de reforma basado únicamente en la austeridad presupuestal corre el riesgo de autocondenarse al fracaso, la demanda interna cayendo en forma paralela con la inquietud creciente de los consumidores sobre la seguridad del empleo y de sus ingresos, minando las rentas fiscales de los países”. En otras palabras, una recesión es mucho más peligrosa que el aumento de los déficits. ¡S&P condena así –colmo de la humillación-, los planes de austeridad que no obstante fueron aplicados con el único fin de complacerlos!

Impotentes ante el BCE, prisioneros de las obligaciones para la supervivencia de la zona euro, y reprendidos por mercados financieros a los que les confiaron su salvación, los gobiernos hacen pensar en moscas chocándose contra las paredes de un bocal en el cual ellas mismas se encerraron. ¿Quién se atreverá a hacer saltar el tapón del bocal?





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