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¿DE QUIÉN SON LOS MANUSCRITOS ?

Los despojos literarios de Kafka

Par Ignacio Carrión  |  30 juillet 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En Tel Aviv se desarrolla un juicio para determinar a quién pertenecen unos manuscritos de Franz Kafka. Un proceso kafkiano que el autor del Proceso hubiera, sin duda, ridiculizado.

Aunque parezca absurda, tal vez kafkiana, la pregunta que podríamos hacernos cuando Israel y Alemania se enfrentan en un juicio para apropiarse de los manuscritos inéditos de Franz Kafka (1883-1924) es por qué no lo hace también China. Como litigante podría invocar a Elias Canetti, buen conocedor de la obra de Kafka, cuando dijo que de todos los escritores occidentales de su talla, sólo el autor de La Metamorfosis había utilizado por vez primera insectos en sus experimentos literarios, algo que al parecer es muy frecuente entre los chinos. Y también, si este no es un argumento suficiente, podría añadir que Kafka escribió en 1917 una narración dedicada a la muralla china, texto inconcluso como la mayoría de los textos de Kafka, que arranca con esta memorable frase : “La muralla china ha quedado concluida en su punto más septentrional”, y en el que más adelante su autor, que dice ser oriundo del sudeste de la China, se interroga contra quién habría de protegerles la muralla.

En efecto, el duelo legal entre Alemania e Israel, cuyas dos bibliotecas más importantes se disputan el derecho de quedarse con los papeles de Kafka, necesita un tercer litigante aunque sólo sea para evitar malentendidos. Ni el judaísmo de Kafka es rotundo, ni el germanismo de su obra es lo bastante poderoso más allá del uso de la lengua, como para que un contendiente u otro lleguen a satisfacer no al fallecido Kafka, que ya escribió en su día El Proceso, sino a la opinión pública que conoce que una hermana de Kafka pereció en un campo nazi, y que Kafka no habría aprobado el comportamiento de Israel con los palestinos.

Este juicio, cuyo desenlace no se hará esperar demasiado, se desarrolla en Tel Aviv, la ciudad en la que a los 101 años de edad murió la que fue secretaria y amante de Max Brod, amigo íntimo de Franz Kafka, gran promotor de su obra y depositario de sus escritos. Unos escritos que supuestamente no tendrían que existir si Brod hubiera cumplido el deseo de Kafka, expresado poco antes de morir, que no era otro que la destrucción absoluta de la obra (diarios, cartas, aforismos, relatos) no publicada : “Mi testamento será muy sencillo, pedirte que lo quemes todo”. Pero Brod incumplió felizmente el mandato. No destruyó nada aunque mutiló y alteró algunos textos que iría publicando a lo largo de su vida. Brod huyó de Praga con los papeles de Kafka poco antes de que los nazis cerraran la frontera checa en 1939. Se instaló en Tel Aviv donde falleció en 1968. Y dejó al cuidado de su secretaria y amante, Esther Hoffe, fallecida en 2007, todo el legado. En 1988 esta mujer vendió por dos millones de dólares el manuscrito de El Proceso al archivo de Literatura Alemana en Marbach. Y ahora, sus hijas y herederas Eva y Ruth, atesoran en Zurich y en Tel Aviv unos originales, publicados o inéditos, con la intención de venderlos al mejor postor. Nadie sabe a ciencia cierta lo que contienen los cofres. Y el Estado de Israel teme que incumplan la legislación (como lo hizo su madre) que prohíbe la venta de obras valiosas depositadas en el país, sin notificarlo y sin la autorización oportuna. Los responsables del archivo de Marbach argumentan que es mucho más accesible y seguro aquel lugar que Tel Aviv. Pero la Biblioteca Nacional israelí no está de acuerdo. De ahí que en estos momentos el legado de Kafka, una verdadera bomba de relojería, esté en manos de varios abogados. Y tampoco deja de ser paradójico que los manuscritos de Kafka se encuentren a escasos metros del banquillo de los acusados, en un juzgado judío, reclamados por los alemanes que están dispuestos a pagar lo que sea, aunque la canciller Merkel no se manifieste partidaria del multiculturalismo, cuyo máximo exponente sería Franz Kafka y su imperecedera escritura.

El escritor Milan Kundera carga despiadadamente en su ensayo Los testamentos traicionados contra Max Brod por incumplir la voluntad del moribundo Kafka cuando éste le pidió que destruyera todos sus papeles no publicados en vida. Por lo visto Kundera habría sido feliz sin leer, por ejemplo, los Diarios de Kafka. ¿Para qué conocer más escritos de un autor que aquellos que el mismo autor está interesado en dar a conocer ? La obra de Kafka publicada en vida no pasa del medio millar de páginas. Kundera se conforma con eso. Eso, piensa o dice pensar, es lo mejor de Kafka. O en cualquier caso lo que Kafka deseaba que se conociera. Quizá la verdadera traición a Kafka no ha sido desobedecer una orden innecesaria cuando bien pudo él mismo presenciar en vida esa destrucción. La traición sería lo opuesto : destruir la obra y dar satisfacción al autor que desea, pero no sinceramente, desaparecer sin dejar mas que una muestra depurada e irreversible de lo escrito.

Ante nuestros ojos, Kafka se reencarna nuevamente en otro espantoso insecto a la espera, temerosa y resignada, de que su familia acabe de desayunar y se asomen por la puerta de su habitación para comprobar qué clase de bicho les hace ahora tan incómoda su existencia. Ahora no será su propia hermana con la escoba quien lo empuje escaleras abajo y lo mate a golpes. Tampoco el padre lo amenaza. ¿Quién lo amenaza ? ¿Las hermanas Eva y Ruth ? ¿Los abogados ? ¿El fantasma de Max Brod, el amigo que salvó para la humanidad un tesoro, pero se quedó con el botín entre las llamas de un imaginario incendio ?

Estamos sumidos en otra fantasía teñida de realidad, en un sueño vivido en la vigilia, envueltos en párrafos interminables de una escritura que tan pronto es luminosa como insufriblemente oscura. Esa prosa que le hizo decir a Gabriel García Márquez en una conversación con Kundera que “fue Kafka el que me hizo comprender que se podía escribir de otra manera” (es decir, añade Kundera, “traspasando la frontera de lo verosímil”) como es la clase de escritura que practica quien necesita en cada momento no dejar de ser quien es : un hombre débil amenazado por la enfermedad física y mental, como tantos otros parecidos a él, débiles y neuróticos denostados de un plumazo por Milan Kundera.
 
Algunos escritores débiles –el novelista norteamericano David Foster Wallance, por ejemplo– se ahorcan y su testamento no exige nada : simple nota de adiós a la esposa. Dejan unos papeles (una novela inconclusa, en este caso) en el desorden de su escritorio. El editor va corriendo a ver esos papeles. La viuda los entrega. Por supuesto no es la mejor novela de DFW. ¿Y qué ? ¿Hay que destruirla incluso antes de enseñarla a los lectores que admiran el esfuerzo de este malogrado escritor ?

Es todo lo que pudo hacer en su lucha de escritor que no logra innovar un género y un lenguaje podridos. ¿Quién le manda copiar a Kafka y a Thomas Bernhard ? ¿Cuál era su problema dentro de la depresión ? ¿Cuál era el problema de don Quijote ? ¿La imaginación ? No. Era Sancho. Nos lo recuerda Kafka : “Sancho Panza (…) logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, apartar de sí a su demonio –al que más tarde le dio el nombre de Don Quijote– por el método de proporcionarle una gran cantidad de libros de caballerías y novelas de bandoleros hasta el punto de que aquél, desatado, dio en llevar a cabo los actos más demenciales, aunque sin causar perjuicio a nadie”.

 Olvidamos a Kafka porque siempre nos recuerda algo. Y él, Kafka, desaparece detrás de sus metáforas, parodias, aforismos, parábolas y pesadillas.

El lector aplaude la traición de Brod y exculpa a sus astutas herederas. Salvó de la destrucción una obra para la posteridad aunque ahora Eva y Ruth pasen factura por ella. Nada es gratis. Kafka no tiene por qué ser un regalo. Es una fuente de inspiración y de controversia. Es un escritor subversivo, como lo es el inconsciente. Nos permite enlazar y entremezclar sus narraciones como si se tratara de una sola historia. Cruzamos esas historias y el efecto es un vértigo inquietante. Otra experiencia onírica como cuando “la jaula salió a cazar un pájaro”. Así, Un Informe para una Academia dará acceso a la formidable narración titulada En la colonia penitenciaria. Y frases sueltas, como tantos textos muy breves de Kafka, nos subyugarán al instante : “Toda ciencia es un método aplicado a lo absoluto. Por eso no hay por qué tener miedo a las cosas inequívocamente metódicas. Son cáscara, pero no más que todo el resto, a excepción del Único”. ¿El único ? ¿De quién se trata ? ¿Dios ?

“Ilustrísimos señores académicos : es para mí un honor que me hayan ustedes invitado a presentar a esta academia un informe sobre mi anterior vida de simio”, leemos al comienzo del relato, y a continuación ya aparece el mono siendo capturado por los cazadores en un lugar de África. Lo traen a la civilización para humanizarlo. Sus domadores, educadores, maestros, pedagogos de simios, hacen un buen trabajo. Aunque el animal sólo ansía la libertad, comprende que ni en el barco, durante la travesía, ni cuando lo pongan sobre sus dos patas en tierra, la libertad estará a su alcance. Era libre en la selva, cuando era un simio. No lo será nunca siendo un hombre educado para el circo o las variedades, para que el público le aplauda cuando fuma, como si fuera un auténtico ser humano, la pipa que le entregan mientras se balancea en la mecedora.

Luego, acompañamos sumisos a Kafka en su visita a la Colonia Penitenciaria, cuyo comienzo, desnudo y directo, es éste :

“Es un aparato muy peculiar”, dijo el oficial al viajero llegado en misión de exploración, abrazando con una mirada en cierto modo admirativa el aparato que, sin embargo, conocía perfectamente. El viajero parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante, quien le había pedido que asistiese a la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e injurias a un superior”.

Seguramente es ésta la historia más dura, espeluznante y estremecedora escrita por Kafka. Ya desde el principio perturba al lector. Y ni siquiera quienes hemos asistido a una ejecución (en EEUU) y hemos escrito sobre ese horror sin utilizar apenas adjetivos que lo resalten, sabemos que el viajero de Kafka es un invitado que deberá poner a prueba sus nervios al escuchar las explicaciones pormenorizadas que el oficial de la penitenciaría le da sobre la máquina desolladora, explicaciones que imparte en un tono rutinario como para el de un folleto de un electrodoméstico. Eso sí, hay que seguir literalmente las instrucciones para que todo salga a la perfección y el reo sea consciente del perfeccionamiento de la máquina que lo va a aniquilar, diseñada por el comandante (y mejorada con el tiempo), pese a los fallos que siempre se presentan y serán subsanados sobre la marcha. El lector percibe hasta qué punto el ser humano es capaz de organizar la agonía y muerte de un semejante, hasta triturarlo como un pedazo de carne destinado a la barbacoa, gracias a una metodología y un esmero extremos, incluso a un aliento de amor sin el que la tortura sólo sería un acto salvaje, tal vez repetitivo por su insensible crueldad, tal vez como ocurre en la base militar de Guantánamo.

Pero, ¿acaso sabemos qué nos va a enseñar el oficial cuando añora mejores tiempos en los que el comandante de la colonia penitenciaria estaba al frente de la colonia en la que ahora ya hay algunos detractores ? (¿Ocupa la Casa Blanca un nuevo comandante que reprueba, impotente, las atrocidades permitidas por el comandante en jefe que le precedió ?).

El viajero pregunta al oficial si el reo conoce su sentencia. “Sería inútil comunicársela”, responde el oficial. Y añade : “Ya la conocerá en su propio cuerpo”. También se interesa el viajero por saber si el reo ha podido defenderse de los cargos que le imputan. A esto se le dice que “la culpa está siempre fuera de duda”. El reo, el soldado, no cumplió su obligación de saludar militarmente al capitán cada vez que sonase la hora y el capitán lo sorprendió una vez durmiendo acurrucado. “Cogió la fusta y le dio con ella en la cara. Pero en vez de levantarse y pedir perdón, el hombre aferró a su superior por las piernas, lo zarandeó y le dijo : ¡tira ese látigo o te comeré vivo ! Estos son los hechos”.

Acto seguido, el oficial muestra orgulloso la máquina de la ejecución. “Cuando el hombre está echado en la cama y ésta empieza a vibrar, la rastra va descendiendo hasta el cuerpo con las agujas (…) y comienza el juego”.

Un juego que debe prolongarse doce horas, al cabo de las que el reo –destrozado y desesperado– muere. Pero la máquina tiene otra virtud : los pinchos inscriben en el cuerpo de la víctima el delito que ha cometido “con una profundidad cada vez mayor durante las doce horas (…) sólo a partir de la sexta hora pierde el condenado las ganas de comer (…) Pero ¡qué tranquilo se queda el hombre hacia la sexta hora ! Hasta el más necio acaba comprendiendo (…) el hombre empieza a descifrar la inscripción (…) nuestro hombre la descifra con sus heridas”.

Se convoca una reunión a la que igualmente invitan al viajero para que traslade al consejo sus impresiones, sinceras impresiones, de lo que acaban de mostrarle y el viajero se declara contrario a la pena de muerte, y a la tortura : es inhumano. ¿Algo necesario, algo tan providencial le parece inhumano ?

Regresamos a la escena de la ejecución pero ahora Kafka ha cambiado los papeles y el oficial ya no es el verdugo sino la víctima. La víctima está satisfecha, con su ayudante, de poder desplegar ante el viajero todas sus capacidades. ¿Quién mejor que un verdugo para sufrir los suplicios que infligía a la víctima ? Los nuevos verdugos se dan ánimos. Van a superar al oficial : por favor, viajero, no nos abandone precisamente ahora.

El simio humanizado. Es lo mismo. Siendo víctimas es fácil convertirse en verdugo. La jaula busca al pájaro. La libertad no existe. Existe el sometimiento. La resignación y la impotencia. Existe la comicidad de una tragedia que divierte al publico en la penitenciaría. ¿No ha sido domesticado el público para que acepte estos y otros pasatiempos ? ¿No es revolucionario este intercambio de papeles ?

Nos preguntamos, por último, qué es, en verdad, una colonia penitenciaria. Y qué somos unos y otros, lectores de Kafka, el mismo Kafka y vestigios literarios en disputa legal, mas que fantasmas que ríen, aplauden, torturan o matan a sus semejantes sin perder por ello el apetito.

Kafka es una metáfora de Kafka. No sabemos todavía si los manuscritos de ese mar muerto en el que chapotean las ancianas Eva y Ruth descubrirán a otro Kafka o, por el contrario, reaparecerá el mismo de siempre con su sonrisa más triste y burlona.





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