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DISTURBIOS EN INGLATERRA

Los tiempos que vivimos

Par John Berger  |  18 septembre 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El día ocho de agosto por la tarde, el tercero de revueltas callejeras en el distrito londinense de Croydon, los jóvenes alborotadores prendieron fuego a algunos edificios, entre ellos una tienda de muebles por la que habían pasado varias generaciones. Por las imágenes de la televisión, pensé que había identificado el edificio. A finales de los años treinta, mi madre solía ir una vez a la semana a comprar a Croydon, y muchas veces yo la acompañaba. La ayudaba a llevar las bolsas, y como éramos dos, la compra se convertía en una pequeña fiesta, lo que mayormente significaba que después nos íbamos al cine, a la primera sesión de la tarde. Primero íbamos al mercado de Surrey Street, luego a unos grandes almacenes y finalmente, entrábamos triunfantes en el Odeon Cinema, que estaba casi al lado. Cada vez veíamos, y comentábamos posteriormente, una nueva producción hollywoodense. Gracias a mi madre y a aquellas películas, empecé, a la edad de diez u once años, a saber un poco de cómo se cuentan las historias. ¡Ay ! ¡Howard Hawks, Capra, Dieterle, Archie Mayo... !

El ocho de agosto los jóvenes se echaron a la calle porque no tenían futuro ni palabras ni sitio adonde ir. Uno de ellos, arrestado por pillaje, era un chaval de once años. Viendo las imágenes de los disturbios de Croydon, deseé poder comentar con mi madre, que lleva muchos años muerta, mi reacción frente a lo que estaba viendo, pero no estaba disponible, y supe que era así porque no era capaz de recordar el nombre de los grandes almacenes a los que íbamos siempre antes de apresurarnos a entrar en el cine. Me devané los sesos intentando recordar el nombre, sin conseguirlo. Hasta que de pronto me vino solo a la cabeza : Kennards. ¡Kennards ! Enseguida tuve a mi madre a mi lado, viendo conmigo las imágenes de los disturbios callejeros de Londres. El pillaje es un tipo de consumo cabeza abajo y con los bolsillo vacíos.

Qué extraño cómo los nombres –incluso uno tan lejano como Kennards– pueden estar tan íntimamente ligados a una presencia personal, física ; esos nombres funcionan a modo de contraseñas.

El lago, que esta rodeado de montañas, es muy profundo y tiene unos setenta kilómetros de largo. El Ródano lo atraviesa. En tiempo de tormenta, las olas se asemejan a las del mar. Entre los peces que habitan sus aguas está la trucha alpina (Salvelinus Alpinus), un pescado muy buscado por los gourmets. La trucha alpina pertenece a la misma familia que el salmón. Las crías son casi transparentes, como un pañuelo de seda azulado ; los ejemplares adultos pueden llegar a pesar quince kilos. Cuando se aproxima la época del desove, las aletas pectorales y los costados ventrales de los machos adultos toman una coloración anaranjada.

En la orilla meridional del lago hay una pequeña villa que se retrepa por las laderas de una colina, y entre ésta y la orilla hay espacio suficiente para un pequeño puerto, un paseo marítimo con cafés y terrazas, una piscina, una playita de guijarros, campos de juego, praderas y palmeras, de modo que en los calurosos días de agosto, parece una modesta miniatura de los grandes lugares de veraneo junto al mar.

Quienes llenan el lugar están de vacaciones. Han dejado sus vidas cotidianas en algún lugar, puede que sólo a unos kilómetros de allí, puede que a cientos de kilómetros. Pero todos se han vaciado. La palabra vacación viene etimológicamente del latín vacare, con el significado de “estar vacío”, “estar libre”.

Si paseas por allí, tienes que avanzar con cuidado –pues el espacio es muy estrecho y pequeño– entre esas libertades, mayormente tumbadas, para no pisarlas. Muchos de estos veraneantes tienen entre treinta y cincuenta años. Los ves allí, descalzos, en bañador, tumbados en las toallas al sol o bajo la sombra de un árbol ; algunos están en el agua con los niños, otros, repanchigados en hamacas. Nada de grandes proyectos, pues el lugar es demasiado pequeño y su tiempo aquí demasiado corto (así se alargan las horas). Ni plazos, ni fechas. Y muy pocas palabras. Han dejado atrás el mundo y su vocabulario, que normalmente repiten, pero en el que no creen. Para vaciarse, para liberarse. No hacer nada.

Pero no del todo. Les vienen pequeños deleites, que ellos recogen. La mayoría de ellos son recuerdos, y, sin embargo, esto puede conducir a error, pues, al mismo tiempo, son también promesas. Recogen las promesas de placer que recuerdan, las cuales no se pueden aplicar al futuro que ellos han abandonado gustosamente, pero sí se pueden aplicar de alguna manera al breve presente vacío.

Esas promesas son físicas y carecen de palabras. Algunas se ven, otras se tocan, otras más se oyen, y todavía otras se gustan. Algunas no son más que una emoción.

El sabor del chocolate. La anchura de sus caderas. El chapoteo del agua. La melena empapada de la hija. La forma en que se rió él esta mañana. Las gaviotas sobrevolando los barcos. Las patas de gallo que enmarcan sus ojos. El tatuaje por el que armó tanto escándalo. El perro con la lengua fuera, muerto de calor. Las promesas que encierran todas estas cosas funcionan de contraseña : contraseñas para entrar en unas ilusiones vitales anteriores. Y los veraneantes que llenan la orilla del lago recogen estas contraseñas, las tocan, les susurran, y recuerdan sin palabras aquellas ilusiones, aquellos deseos, que vuelven a vivir subrepticiamente.

Muy poco o nada en las vidas de esos jóvenes de Croydon ha confirmado o fomentado esas ilusiones. Y así, viven, aislados pero juntos, en el presente, un presente violento y desperado.





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