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Reino Unido, ¿un Estado “off-shore” de Europa?

Par Bernard Cassen  |  14 de marzo de 2013     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Winston Churchill, en su célebre discurso de Zúrich de 1946, preconizaba la creación de los Estados Unidos de Europa. Una Europa federal a la que el Reino Unido aportaría su apoyo paternalista, pero desde el exterior. “Estamos con ustedes, pero no somos parte de ustedes” (with you but not of you). Según Churcill, el Reino Unido se encontraba en la intersección de tres círculos: Europa, los países de lengua inglesa –en este caso, Estados Unidos y los países blancos de la Commonwealth– y el resto de la misma. De ninguna manera, por lo tanto, una pertenencia exclusiva a ninguno de estos. Y si realmente hubiera que elegir, Churchill avisó que sería Estados Unidos.

Tal es el marco fundacional de las relaciones entre Londres y la construcción europea de posguerra. Ello explica por qué, en los años 1960, el general de Gaulle rechazó en dos ocasiones la entrada en la Comunidad Económica Europea (CEE) de lo que consideraba como un “caballo de Troya” de Washington. Una vez levantado el veto francés por Georges Pompidou, el Reino Unido se hizo miembro de la CEE en enero de 1973, bajo la presión de la City y de los empresarios que temían que la Comunidad se transformara en una fortaleza comercial de la que quedarían excluidos.

Ningún gobierno británico manifestó jamás entusiasmo alguno por el objetivo político fijado por los diferentes tratados: una “unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos”. Fue Margaret Thatcher, primera ministra de 1979 a 1990, quien expresó de forma más fiel lo que Londres verdaderamente esperaba de su adhesión: “Todo el Gran mercado y sólo el Gran mercado”. Desde entonces, los primeros ministros, tanto conservadores como laboristas, han limitado su ambición europea a la de un mercado único. No sin éxito: se puede decir que la Unión Europea (UE) es ampliamente una Europa británica dado que fue fundada sobre la base de los dogmas de la competencia, la libre circulación de los capitales y el libre comercio.

Curiosamente, un gran número de conservadores no comprende que hace tiempo que ganaron la partida. Por sorprendente que pueda parecer, ven en la Comisión Europea –pese a ser esta una máquina de producir liberalismo– una especie de buró político del partido comunista. Ya no se trata de un euroescepticismo tradicional, inscrito en la herencia cultural churchilliana, sino una eurofobia primaria avivada día a día por los medios de comunicación del grupo Murdoch.

En la Cámara de los Comunes, el grupo Fresh Start, que agrupa a los diputados conservadores eurofóbicos, cuenta con 100 miembros de un total de 304. Únicamente una treintena de ellos piden la salida pura y simple de la UE, pero todos tienen como reivindicación común la repatriación a Londres de diversas competencias parcialmente o totalmente comunitarias: política regional, política social y del empleo, política pesquera, justicia y policía. Pretenden “ultra liberalizar” nacionalmente sectores en los que existe una reglamentación europea mínima. Por ejemplo, rechazan –por excesivamente social– la directiva que limita a 48 horas la semana laboral.

David Cameron se halla entre dos fuegos: por un lado, una parte de su base parlamentaria; por otro, la City, la patronal, sus socios de la UE, así como Washington, quienes temen que todo esto desemboque en una salida de la UE. El primer ministro sostiene simultáneamente dos discursos: quiere permanecer en la Unión Europea pero eximiéndose de ciertas políticas comunitarias. Una especie de pertenencia off shore, como esos bancos que tienen a la vez su sede en un Estado europeo y gran parte de su actividad en paraísos fiscales…





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