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INTENTOS DE DESESTABILIZACIÓN EN VENEZUELA

Contra el maleficio de la “guerra de colores”

Par Raúl Morodo  |  10 mars 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El pasado 12 de febrero, en Caracas (Venezuela), una manifestación organizada por la oposición degeneró en choques violentos que causaron tres muertos y decenas de heridos. Estos enfrentamientos forman parte de una nueva estrategia diseñada por los diputados de la llamada la “Movida Parlamentaria”, un grupo de 25 diputados opositores encabezado por el dirigente de Voluntad Popular (VP), Leopoldo López, y por la ex precandidata presidencial, María Corina Machado. Ante la perspectiva de dos años sin elecciones, y después de haber perdido cuatro comicios seguidos desde octubre de 2012, la oposición venezolana está de nuevo dividida. Tanto Leopoldo López como María Corina Machado, ligados a los círculos neoconservadores estadounidenses, apuestan ahora por el activismo callejero, la violencia y la desestabilización de la República Bolivariana. Dos semanas antes de los enfrentamientos del 12 de febrero, estos dirigentes reunieron a un grupo de seguidores en una plaza de Caracas para anunciar públicamente que presionarían con protestas hasta provocar “el cambio del régimen de Nicolás Maduro”. El Gobierno ha acusado a Leopoldo López de ser el responsable intelectual de los muertos y de los heridos en Caracas. En el análisis que publicamos aquí, el profesor Raúl Morodo recuerda los orígenes históricos y políticos de la Revolución Bolivariana, y muestra que el marco constitucional actual permite continuar profundizando el diálogo con la oposición sobre los problemas nacionales, tal y como ha sido promovido por el presidente Nicolás Maduro desde su elección, el 14 de abril de 2013.

Desde hace ya quince años, Venezuela protagoniza un proceso político y social encaminado a una transformación de la sociedad y del Estado, por vía electoral y pacífica. Como todo cambio in fieri, provoca, desde sus inicios, adhesiones y rechazos, polémicas constantes, polarizaciones radicales y confusión. El punto de partida normativo para realizar este camino transformador vendrá dado por el texto constitucional de 1999, que sustituyó a la Constitución de 1961, considerada, por muy amplios sectores, envejecida, agotada y deslegitimada. El procedimiento de sustitución constitucional fue muy singular, con dos asambleas (constituida y constituyente) y con enfrentadas posiciones doctrinales (ruptura vs. reforma). La Asamblea Constituyente, que reflejaba un mayor apoyo nacional popular, ganará ampliamente esta batalla dialéctica, quedando así establecido el fin del sistema o régimen político de Punto Fijo (1959), con cuatro décadas de vigencia y que desaparece por descomposición y autodestrucción : las instituciones han perdido legitimidad y credibilidad, desde las magistraturas institucionales, presidenciales, judiciales y representativas hasta los partidos políticos hegemónicos, y las exigencias de nuevo rumbo se generalizan, desde la derecha a la izquierda. La nueva Constitución institucionalizará este cambio histórico.

Aunque el caso venezolano tiene, sin duda, una singularidad compleja, ni es único, ni es una excepción con respecto a otros países iberoamericanos : por el contrario, la idea de cambio/revolución se extiende en muchos de ellos. Por lo que se refiere a Venezuela, a su proceso sociopolítico se le denomina “revolución” en cuanto transformación genérica, y se le adjetiva “bolivariano”, que remite directamente a Simón Bolívar, a su vida y obra, como militar, pensador y estadista : aristócrata criollo, mantuano “gran cacao”, libertador independentista, ilustrado y romántico, revolucionario social con Rousseau en su equipaje y luchador contra la amenaza de la “guerra de colores”(negros, pardos, blancos). Este personaje excepcional y sincrético, no exento de contradicciones, será el primero, entre otras cosas, en ensamblar la conjunción cívico-militar para lograr la independencia. Bolívar y antes Francisco de Miranda, este no como “criollo principal” sino como “blanco de orilla”, escala inferior en la Colonia, con su formación ilustrada y experiencia viajera y conspiratoria –conocedor y partícipe en la Revolución americana, y, como girondino de adopción, en la gran Revolución francesa–, pronto quedarán instalados en la emergente conciencia nacional venezolana como el anticipador y “Precursor” (Miranda) y como el forjador y “Libertador” (Bolívar). Ambos, pero sobre todo Bolívar, representarán la seña de identidad de la Patria y su símbolo permanente.

Esta referencia identitaria bolivariana y, por extensión, mirandina, irá asentando una constante histórica, hasta hoy, que, con énfasis, el presidente Chávez reactualizará y potenciará, pero no como novedad. En la Constitución de 1947, el Libertador Bolívar aparece ya como el conductor “de la empresa emancipadora del continente americano”, y los constituyentes se considerarán receptores de “este patrimonio de autoridad moral de América” que es Bolívar. Este legado, pueblo con moral y luces, quedará también fijado en la propia Constitución de 1961, en donde se habla de “conservar y acrecer el patrimonio moral e histórico de la Nación, forjado por el pueblo en sus luchas por la libertad y la justicia y por el pensamiento y la acción de los grandes servidores de la Patria, cuya expresión más alta es Simón Bolívar, el Libertador”. Figuras relevantes de la historia intelectual y política venezolana del siglo XX coincidirán así, desde posiciones diferenciadas, en este consenso : entre otros, Andrés Eloy Blanco, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Vicente Lecuna, Rufino Blanco Fondona, Guillermo Morón, Jerónimo Carrera, Jóvito Villalba, Rómulo Bettancourt, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Rafael Caldera (“Bolívar siempre”), Eduardo Fernández. Consenso simbólico que no parece necesario interrumpir.

Desde luego, estas referencias simbólicas remiten a interpretaciones subjetivas como proyectos actualizadores. A veces, son discursos retóricos o visionarios, pero otras veces, como sucede en la Venezuela actual, son apoyaturas reales basadas en una vigencia popular muy extendida. En la cultura europea, estas cargas simbólicas tienden más a una sustanciación racionalista, pero pueden desempeñar también un papel integrador, aun teniendo connotaciones anacrónicas (magistraturas vitalicias hereditarias). Tampoco la racionalización europea ha podido evitar, en ocasiones, una suspicacia o crítica hacia el simbolismo extraeuropeo y, en especial, con respecto a los pueblos iberoamericanos. A esto se le suele llamar eurocentrismo, en cuanto mistificación prepotente, combinándose, al mismo tiempo, con compensaciones románticas del “buen salvaje”. Ya en los ­momentos de la independencia de América, Hegel será paradigmático, con los “pueblos sin Historia”. Y otros grandes autores como Benjamin Constant, en su polémica con De Pradt, y el mismo Karl Marx, no escaparán, al juzgar a Bolívar, a estos planteamientos. En ambos, la realidad objetiva iberoamericana, naciente y compleja, se simplificó en personalismos caudillistas, relegando u oscureciendo los factores políticos y sociales del conjunto. Marx, sobre todo, sorprende en sus escritos neoyorquinos : a diferencia de sus agudos y excelentes análisis sobre nuestra revolución frustrada gaditana y nacional de 1810-1814, no percibirá las tres notas esenciales de la acción militar y política integradora de Bolívar : la independencia general americana, y no sólo venezolana/colombiana (libertad anticolonialista), el cambio social (igualdad, abolición de la esclavitud) y la unión continental de América como horizonte utópico a realizar (Congreso de Panamá).

Hasta aquí un legado histórico que sigue teniendo una presencia consciente o en el subconsciente colectivo venezolano. ¿Cómo se ha plasmado este legado en la Constitución de 1999 y con qué intencionalidad ? En términos generales, el techo ideológico de este texto fundamental no responde a una concepción partidista unidimensional –liberal, socialista, comunista– sino que es una plataforma progresista amplia, con incidencia nacionalista e ­internacionalista. Asumiendo los supuestos clásicos del Estado de Derecho, se proyecta, como nueva etapa, hacia la transformación del Estado Liberal de Derecho en un Estado democrático de Derecho y de Justicia (art. 2), con el fin de establecer una sociedad avanzada más participativa y de inclusión social efectiva. De la misma forma que, en Europa, y teniendo en cuenta las particularidades propias, hubo una evolución jurídica y política de avances y retrocesos hacia este tipo de democracia social. En la Constitución de 1947 venezolana se observa esta tendencia revisionista y aparecerán ya los derechos sociales. La denominación explícita de “Estado democrático de Derecho” será empleada en el Acta Constitutiva de Gobierno, en 1958, por el contralmirante progresista W. Larrazábal : aldabonazos que servirán de fractura ideológica a la visión positivista autoritaria del gomecismo y de sus continuadores. Así, frente al “gendarme necesario”, teorizado por Vallenilla Lanz, se querrá instaurar un Estado de Derecho social. En definitiva, la Constitución de 1999 tiene, al mismo tiempo, antecedentes en su novación jurídica.

Por otra parte, hay una nota política que, en ciertos ámbitos, no se contempla suficientemente : su calado integrador. Me refiero a la actualización del poder constituyente popular originario, fuente de la democracia moderna, y a su impacto en las sociedades iberoamericanas. En concreto, que la vía violenta para alcanzar el poder, planteamiento legitimador extendido durante décadas en casi toda América Latina, queda anulado y se asume explícitamente la vía democrática pacífica y electoral : sustitución de las armas por las urnas. Y, en Venezuela, la lucha guerrillera tuvo también importancia. Así, el Estado social y democrático de Derecho adquiere una nueva dimensión integradora.

Al mismo tiempo, el tradicional bipartidismo dominante en Venezuela ha dado paso a un nuevo esquema : han surgido nuevas formaciones y coaliciones, tanto en los sectores de la oposición, como en los gubernamentales. En la Venezuela actual, el presidente Chávez ha objetivado, hasta su fallecimiento el 5 de marzo de 2013, una confluencia ideológica (reactualizando a Bolívar), y, desde esta elaboración, constituirá un movimiento plural y más recientemente, un nuevo partido socialista de izquierda, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), diferenciado tanto de la socialdemocracia de corte europeo, como de los partidos comunistas clásicos : el apoyo del Partido Comunista (PC) venezolano será parlamentario, pero no forma parte del Gobierno. El peculiar carisma comunicador de Chávez, muy identificado con las bases populares, es decir, caracterizado por un lenguaje y discurso de cambio, por etnia, cultura, religión, ha llevado a creer, equivocadamente, que se trataba sólo de un ­fenómeno pasajero, de carácter personalista y voluntarista. Su procedencia militar y su énfasis en la conjunción cívico-militar, tema muy bolivariano, abonará esta percepción, tanto en sectores internos como en Europa. Sin embargo, esta creencia –muy conocida como “no hay chavismo sin Chávez”– ha resultado incierta : sigue existiendo en Venezuela una mayoría social-popular manifestada en todos los comicios realizados en estos años, con Chávez y ahora con el presidente Nicolás Maduro y su partido socialista de nueva planta. Esto no significa que no existan, al mismo tiempo, junto a esta mayoría, amplios sectores que, en su conjunto coyuntural, están ya muy cercanos en votos al chavismo socialista así como en conflicto permanente. Esta conflictividad, que ha llenado todo el periodo del presidente fallecido y que continúa, consiste en una polarización abierta, conformando una variante más extensa que de la que hablaba Bolívar : la “guerra de colores” (étnica, pero también social y política, con petróleo y en un mundo globalizado).

En las últimas elecciones presidenciales del 14 de abril de 2013 (victoria de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles) y municipales (victoria del PSUV) se vuelve a confirmar la constante señalada : continuidad chavista y continuidad en la polarización. En los primeros comicios, la oposición pierde, pero por poca diferencia de votos ; en las segundas, el socialismo chavista recupera sus posiciones. ¿Caben salidas de flexibilización o hay que aceptar que la polarización, sin puntos de encuentro, se siga convirtiendo en una aporía griega, en cuanto problema inviable por su dificultad insoluble ? Todos los grandes iuspublicistas y teóricos sociales suelen enseñarnos que no debemos instalarnos en este mundo dogmático de las aporías y sí buscar encuentros. Para ello, existen las reglas de convivencia –legales y políticas– que no tienen por qué hacer dejación de los principios finalistas de cada parte : la democracia, en sus distintas visiones, es, al mismo tiempo, consenso básico y disenso cotidiano. En la actualidad venezolana es más que posible que la Constitución sea un buen lugar de encuentro y que el legado simbólico, bolivariano o mirandino, lo sea también. El disenso, conflicto sin duda, tiene que estar en la interpretación, control y desarrollo constitucional concreto y en la praxis política cotidiana, pero existen problemas que deben considerarse suprapartidistas

Las citadas elecciones municipales últimas del 8 de diciembre de 2013, con los resultados no cuestionados, ni por los sectores gubernamentales y coaligados, ni por los de la oposición, también plural, deben abrir un nuevo escenario. Por supuesto, si hay voluntad e imaginación y el lenguaje adecuado. Y, de esta manera, con los naturales tanteos, de táctica y estrategia, muy normales en polarizaciones arraigadas, los encuentros abiertos forman parte de la lógica y de la dialéctica políticas. En sentido figurado, se trata de exorcizar el maleficio de la “guerra de colores”, contra la que combatió Bolívar, y avanzar hacia el Estado democrático y social, y de Justicia, en la “Tierra de Gracia” venezolana.





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