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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Juan Rulfo, el lacónico

Par Ramón Chao  |  31 octobre 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En uno de nuestros encuentros, Juan Carlos Onetti me contó que Juan Rulfo fue uno de sus mejores amigos. La prueba es que dialogaban sin palabras : “Llegaba y me decía : ‘Hola Juan’. Yo le contestaba : ‘Hola Juan’. Y Rulfo se sentaba en la misma silla en la que tú estás. Dolly nos servía ; a él una Coca-Cola, y a mí un uisquecito. Al cabo de unas dos horas silenciosas, él me decía : ‘Adiós Juan’, y yo le contestaba : ‘Adiós Juan’.”

No es de extrañar que este hombre de pocas palabras, tímido e introvertido, escribiera solamente dos libros, Pedro Páramo y El llano en llamas –unas trescientas páginas en total– ; suficientes para convertirlo en uno de los grandes autores en lengua castellana. Cimentadas en silencios, hilos colgantes, escenas cortadas donde todo ocurre en un tiempo simultáneo que es un “no tiempo”. Se admira a Rulfo, como a Cervantes, más por lo que no ha escrito, que por lo que escribió. El lector habrá de rellenar los silencios de su obra por medio de un lenguaje imaginario tan potente como el de las palabras que lo enmarcan. Como ejemplo vale una de las primera frases de Pedro Páramo : “—¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber ? —oí que me preguntaban. —Voy a ver a mi padre —contesté. —¡Ah ! —dijo él. Y volvimos al silencio.”

En esa novela, Juan Preciado acude a Comala, en la mera boca del infierno. Cumpliendo la voluntad de su madre, va en busca de su padre (Pedro Páramo) y solamente encuentra una región desolada donde vagan las almas en pena. Es, en realidad, una aldea ; más bien un esqueleto de aldea, cuya sola vida está constituida por imágenes estancadas del pasado, y sobre todo por nombres paralizados por los murmullos. Los personajes muertos que siguen habitando en ella tienen derecho de ciudadanía, igual que si estuvieran vivos.

La lectura de Pedro Páramo, allá por los años 1960, me produjo una impresión solo comparable a la que sentí con Las crónicas del sochantre, de Álvaro Cunqueiro, que ya conocía. En esta obra, enmarcada en la Bretaña del siglo XVIII, una hueste del más allá rapta a un joven sochantre para que amenice un entierro con su bombardino. Para esto ha de viajar en una carroza durante tres años con sus captores, todos muertos, quienes se definen a sí mismos como terroríficos, pero al mismo tiempo serenos : “…, y porque veo en vuestros ojos, señor sochantre, tanta sorpresa como miedo, quiero aseguraros de que toda esta compañía, aunque sea de réprobos, fantasmas, ahorcados y sombras, es un batallón de gente pacífica.” La existencia de dos escritores similares a tantos kilómetros de distancia, se puede explicar por las oleadas de inmigraciones gallegas a la zona de Jalisco, llamada entonces Nueva Galicia. En este singular flujo de personas, la emigración gallega aportó sus costumbres y creencias, especialmente el culto de la Santa Compaña, de las meigas de los muertos. Ignacio Ramonet me contó que cuando estuvo en Guadalajara consultó la guía telefónica para ver cuántos apellidos gallegos quedaban en esa ciudad. Encontró páginas enteras de Pereiro, Cabaleiro, Anduriña, Carballeira y Manuel Chao, pariente mío y general de Pancho Villa.

Poco después de la llegada al poder de los socialistas franceses en 1981, el presidente François Mitterrand decidió reorganizar la política audiovisual de su país hacia el extranjero ; lo que era “la voix de la France”. En España se conocía por ‘Radio Paris’. Hasta entonces, las emisoras estaban dirigidas especialmente hacia África, donde Francia poseía grandes intereses económicos ; por lo que, sus dirigentes otorgaban su apoyo a los dictadores de ese continente, los cuales, agradecidos, los recompensaban con diamantes, como hizo el centroafricano Bokassa con Valéry Giscard d’Estaing.

Los socialistas cambiaron las prioridades. Bajo el impulso de Régis Debray, consejero de Mitterrand, entre otros, ya no se inundaban con noticias las antiguas colonias, sino América Latina. Se dobló el número y la potencia de las antenas, y las ondas llegaban fácilmente a los países de lenguas ibéricas. Fue entonces cuando me nombraron director de los programas en portugués y en español. Empezamos a emitir, pero ¿quién nos iba a escuchar ? ¿Quién sabía de nuestra existencia ? ¿No hablaríamos en el desierto ? Lo menos que podían haber hecho los consulados de Francia en Sudamérica y en España, sería poner anuncios en la prensa de sus relativos países, divulgando las frecuencias, las horas, los programas. Tal vez exagerásemos, porque un oyente sí que teníamos en Venezuela. Nos escribió aquella misma tarde : “Desde hacía catorce años, trataba de conectar Radio Francia Internacional cada noche”. Hasta que dio con nosotros.

Para que nos conocieran mejor, decidí crear un premio literario de cuentos. ¿Su nombre ? Elegí a Juan Rulfo, cuyos relatos de El llano en llamas me habían subyugado. En aquel entonces, la insigne Mercedes Iturbe, una de las mujeres más animosas que conocí, dirigía el Centro Cultural de México en París. Le propuse que montásemos juntos el concurso. Dicho y hecho ; primero obtuvo dinero de Jack Lang, ministro francés de Cultura, para ayudarnos a lanzar el proyecto durante dos años. Luego Mercedes fue a México a ver a Rulfo, que ella conocía. Regresó eufórica : el autor de Pedro Páramo había aceptado. Estas primeras gestiones nos animaron a negociar con la Maison de l’Amérique Latine en París, y con Unión Latina. Ambos organismos se adhirieron inmediatamente al proyecto, sobre todo porque contábamos con el visto bueno de Juan Rulfo.

De un viejo archivo de Radio Francia Internacional desempolvamos unas quinientas direcciones, sin saber si correspondían a personas vivas o muertas : les pedíamos que distribuyeran la octavilla adjunta (con fechas, programas, horarios y frecuencias) al medio de comunicación más cercano de sus domicilios. Hasta aquí, todo lo hacía yo de forma clandestina ; estaba seguro de que mi dirección jamás aceptaría una programación que no fuera informativa. Mientras tanto, ya estaba formando el jurado con amigos como Jorge Enrique Adoum (poeta ecuatoriano), Severo Sarduy (escritor cubano), Claude Couffon, Claude Fell, críticos y profesores franceses.

Entretanto vinieron a París, en viaje privado, Juan Rulfo y su esposa. Adoum, periodista en RFI, nos invitó a mi esposa Felisa y a mí a cenar en su casa con los Rulfo. Imagínense qué emoción, pasar unas horas con el autor de Pedro Páramo y su esposa Clara Aparicio. Llegamos con cinco minutos de retraso al piso de la rue de Vaugirard. Ya nos estaban esperando. De entrada, tanto Juan Rulfo como su esposa, que él llamaba Chachinita, fueron cordiales, aunque poco amigos de platicar. Cuando él tenía algo que decir, lo hacía con frases cortas, y justificaba sus mutismos diciendo que era “de chispa retardada”. Con sonrisa involuntariamente irónica si se veía obligado a conversar ; tímido e incluso taciturno, su charla estaba llena de silencios, de momentos incómodos para un interlocutor que no lo conociera en profundidad. Esa inhibición lo hacía entrañable, querido, y uno temía herirlo con preguntas impertinentes o con un acento “golpeado”.

Me tocó cenar al lado de Clara. Tampoco de muchas palabras, esquivó con discreción mi pregunta de circunstancia, y que le habrían hecho miles de veces. ¿Cómo se había atrevido Rulfo, tan pudoroso, a manifestarle su amor ? Sabemos que con misivas como esta : “Chiquilla : ¿Sabes una cosa ? He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar ; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños. (…) He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Clara : corazón, rosa, amor… Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.” –Desde muy joven, yo quería que me tuvieran respeto. Y Juan, siempre tan atento, me pareció único.”

Empezábamos a entendernos cuando Nicole, la anfitriona, llegó con un magnetófono para brindarnos su versión radiofónica de los cuentos de Rulfo, interpretados por actores helvecios con sus acentos peculiares, para más regocijo. La sala estaba penumbrosa, y en aquellos tiempos, como ahora, yo no aguantaba cenáculos prolongados ; de modo que al rato me despertaron los codazos de Felisa, abochornada por mis ronquidos. Logró acallarlos, sí ; pero los prolongó Rulfo con los suyos, sin que nadie se atreviera ni a rechistar. Ese encuentro fue para mí muy revelador. Me pareció impúdico suspender con preguntas inapropiadas el momento de gracia que yo sentía, y ya me saltaban dudas en cuanto a las circunstancias del encuentro del escritor con Mercedes. 

El Concurso salió adelante ; se recibieron más de dos mil cuentos el primer año, cuando a lo máximo esperábamos la mitad. No tuvimos más remedio que comunicarlo a la dirección de RFI : nos felicitó y decidió apoyarnos a fondo. Lo primero, designamos urgentemente nuevos lectores de base y aumentamos el número de jurados. Antes de designar a los ganadores de la primera convocatoria, Mercedes Iturbe invitó a cenar a todos ellos. Se enzarzó una discusión enfurecida entre Severo Sarduy (Requiescat in pace), y otro que no quiero nombrar. El resto ignorábamos a qué se debía la trifulca. Hasta que ambos combatientes se calmaron y el más violento, el innombrable, decidió abandonar la mesa y dejarnos plantados. Severo lo acompañó hasta el auto, sin duda para reconciliarse. El que no nombraré sacó del coche un maletín y Severo descubrió con horror que allí estaban las cajas de cuentos sin abrir. No había leído ninguno, y así se explicaba su arrebato. Mercedes y yo decidimos no contabilizar el voto del tramposo.

Y así, el premio de ese año 1984 recayó ex aequo en la puertorriqueña Ana Lydia Vega por su libro Pasión de historias y otras historias de pasión, y en El rayo Macoy del mexicano Rafael Martínez Heredia. La prensa se ocupó ampliamente del tema, sobre todo porque el propio Juan Rulfo se lo entregó a Martínez Heredia en la embajada de Francia.

Como estaba previsto, al cabo de dos años el Ministerio francés de Cultura nos retiró la ayuda económica. Para compensarla me dirigí al Colegio de España de la Ciudad universitaria, a Le Monde diplomatique y al Instituto Cervantes de París. Los tres aceptaron participar en la financiación del concurso y, a cambio, les cedimos derechos en su organización. De este modo, a finales de siglo, había ganado prestigio y número de participantes, llegando ya a ocho mil. El diario El País lo denominó “premio Nobel del cuento”.

En esto, Mercedes Iturbe regresó definitivamente a México, para dirigir el Festival cervantino de Cuernavaca. Años después, a mí me tumbó una hemorragia cerebral, con meses de recuperación. Cuando me repuse, alcanzaba ya la edad de retiro, de modo que abandoné RFI, concurso incluido. Conmigo salieron Le Monde diplomatique y el Colegio de España, y no es que yo les aconsejase seguir mi gesto ; al contrario, creo que “el Rulfo” está en buenas manos y animo a los escritores a participar en él. Seguí de cerca los avatares del concurso. Supe las gestiones realizadas por Víctor Jiménez, presidente de la Fundación Juan Rulfo, y de Clara Aparicio, para quitarnos el derecho de utilizar el nombre del autor de Pedro Páramo con el argumento de que Rulfo lo había aceptado “por amabilidad”. “Rulfo simplemente se encogió de hombros”, reafirmó Jiménez. “No quería ofender a nadie y aceptó, pero nunca le interesó”. Cuando me enteré de estas explicaciones y de otras semejantes esgrimidas por Juan Pablo Rulfo, hijo del escritor y cineasta, pensé que cuadraban a la perfección con aquel personaje frágil, dulce y vulnerable que conocí en la cena con Adoum. Tal vez no había podido o deseado Rulfo resistir al arrebato de Mercedes Iturbe, y esta habría interpretado un encogimiento de hombros como una aprobación.

El Concurso Juan Rulfo fue una gran aventura que favoreció a miles de escritores de lengua española, entre ellos Enrique Lázaro, Senel Paz, Salvador Garmendia, Carlos Montemayor, Enrique Serrano y tantos otros. Si se ha de cambiar de santo, propongo que, en adelante, se dedique a Juan Carlos Onetti o a Alejo Carpentier, que no protestarán. Ni ellos, ni sus descendientes.





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