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ENTRE LA MEDICINA Y LA ECONOMÍA POLÍTICA

La erradicación del hambre en Europa

Par Josep L. Barona  |  2 mai 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En un informe reciente, la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) afirma que casi un tercio de los habitantes de las ciudades de Europa están expuestos a concentraciones excesivas de partículas finas en suspensión en la atmósfera. En otro informe, la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que la polución atmosférica daña la salud más de lo que se creía, y en concreto relaciona las partículas finas en suspensión con alergias, cáncer, enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Datos confirmados por la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), según la cual la contaminación atmosférica provoca unas 16.000 muertes prematuras cada año en España, siete veces más que los fallecidos en accidentes de tráfico.

Durante la primera mitad del siglo XX se produjo una importante transformación en el significado cultural y social del hambre. Estudios experimentales desvelaron la función fisiológica de los nutrientes (proteínas, carbohidratos, grasas, vitaminas, minerales) y exploraciones clínicas delimitaron las categorías de la malnutrición y su importancia política. Las grandes crisis internacionales que afectaron a Europa entre 1914 y 1945 otorgaron relevancia política, económica y social a los alimentos y a los problemas derivados del hambre y la desnutrición. Como consecuencia de la crisis provocada por la Gran Guerra, los conflictos internacionales, la reorganización del mapa colonial y el desplome bursátil de 1929, la producción y consumo de alimentos pasó a ser una cuestión de ­Estado y un asunto de política internacional. La investigación científica no sólo generó conocimiento sobre nutrición, sino que fue un referente para las políticas agrícolas y de salud pública, impulsó la industrialización y transformó los hábitos dietéticos, la economía y la educación. El hambre era uno de los tradicionales factores reguladores de la población, junto con las guerras, las crisis económicas, las catástrofes naturales, la pobreza y la exclusión. Sin embargo, la alimentación y la nutrición alcanzaron una dimensión cualitativamente diferente cuando comenzaron a ser objeto de análisis científico, cuando aparecieron como factor clave en la política económica internacional y cuando se convirtieron en un instrumento estratégico para las guerras.

En este contexto, los expertos en nutrición se convirtieron en los principales referentes para el desarrollo de la salud pública y las políticas de bienestar social. Durante el periodo de entreguerras, el hambre y la pobreza se convirtieron en un problema económico y político directamente asociado a la dimensión práctica de los derechos humanos y al derecho a la salud. En consecuencia, las organizaciones internacionales, en colaboración con los Estados y las asociaciones filantrópicas impulsaron la investigación experimental y las encuestas sobre la dieta, las campañas para coordinar la producción y el comercio de alimentos de acuerdo con las necesidades de calorías y principios inmediatos que establecía la nueva ciencia de la nutrición. El hambre adquirió una dimensión médica y fue clasificada en términos de “carencia”, “deficiencia” y “malnutrición”, con un amplio abanico de categorías y cuadros clínicos. La Sociedad de Naciones, la Oficina Internacional del Trabajo (OIT), el Instituto Internacional de Agricultura, la Fundación Rockefeller, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) estuvieron al servicio de una nueva política económica mundial de la salud y la alimentación.

Sin embargo, las políticas de alimentación y nutrición llevadas a cabo entre 1920 y 1950 fueron, en general, un gran fiasco, y buena prueba de ello es la persistencia actual del hambre como problema global de la humanidad. La transferencia de conocimiento científico como patrón de referencia para la producción y el consumo de alimentos, como sustento de una nueva economía de la alimentación humana, requerían ajustes radicales y por eso fracasaron las propuestas más ambiciosas, como la creación de un Consejo Mundial de Alimentos (World Food Board) en el seno de la FAO en 1946, que llevó a la dimisión de su primer director general, el escocés John Boyd Orr a los pocos meses de su nombramiento. La regulación mundial de la producción y el comercio de alimentos entraba en colisión con los intereses de las grandes potencias. Por otro lado, la perspectiva científica del hambre y su transformación en una pluralidad de condiciones médicas reveló la abrumadora presencia de deficiencias nutricionales, hambre y malnutrición en la Europa del siglo XX, algo sorprendente desde los parámetros liberales del progreso y la modernidad y también un excelente territorio para la intervención sanitaria. La ciencia experimental aportó instrumentos para diagnosticar el problema, pero no herramientas políticas para luchar contra la exclusión social.

Europa pasó por una crisis excepcional entre la Gran Guerra y 1960. Aunque la situación tenía un alcance global, la emergencia del hambre y la malnutrición como problema económico, político y sanitario transformó a la población europea en un gran laboratorio de experimentación. La nueva ciencia de la nutrición recibió apoyo internacional, y gracias a ello se analizaron los efectos de las deficiencias nutricionales sobre la salud humana, se cartografiaron los niveles de desnutrición, que principalmente afectaban a las zonas rurales, se clasificaron las deficiencias nutricionales y se definieron los parámetros de una dieta equilibrada.

En definitiva, la ciencia de la nutrición se convirtió en el sustento de las políticas de racionamiento en tiempos de crisis, en la base doctrinal de la industrialización alimentaria y en garantía de la dieta mínima, concebida como expresión política del derecho a la salud. En muchos países europeos, la situación nutricional de la población incluso mejoró como consecuencia de los sistemas de racionamiento en los periodos más críticos. Además, la población europea, especialmente los niños y embarazadas, pero también los trabajadores y grupos en situación de riesgo, se vieron sometidos a exámenes clínicos para detectar estados carenciales y malnutrición. La producción, el comercio y el consumo de alimentos debía acomodarse a los estándares de salud, de modo que la economía política de la alimentación era el punto de partida de una nueva sociedad.

La fisiología de la nutrición experimentó un gran auge por el interés social en evaluar el impacto de la crisis internacional sobre el deterioro de la salud. Una dieta equilibrada era esencial para la salud óptima, y esta para luchar contra las enfermedades infecciosas. Sin embargo, los niveles de consumo en la población europea en años de conflicto, guerra y posguerra eran demasiado bajos en comparación con los estándares científicos, por lo que había que aumentar la ingesta de calorías y modificar los hábitos alimentarios. Las cantinas escolares, los comedores obreros para trabajadores industriales y otros comedores sociales fueron parte de las políticas sociales en todos los países de Europa.

La estrecha interacción entre el contexto internacional y las políticas nacionales era evidente en el caso de las políticas agrícolas para la producción de alimentos, su comercialización y las políticas de investigación científica sobre nutrición y dieta. La Sociedad de Naciones representó un papel de coordinación a través de su Comisión Técnica sobre Nutrición, que impulsó la investigación experimental, las exploraciones clínicas y somatométricas para identificar enfermedades carenciales y prevenir la malnutrición durante el periodo de entreguerras. Lo mismo hicieron la FAO y la OMS tras la Segunda Guerra Mundial a través de encuestas planetarias de alimentos, informes sobre el estado nutricional de la población y otros estudios específicos dedicados a grupos de población. Consecuencia de esa economía política fueron los programas de educación nutricional, los estudios clínicos sobre malnutrición, las normas de calidad de los alimentos, los niveles de consumo en los hogares, las tablas de composición de alimentos, las normas de racionamiento y muchos otros asuntos.

Los grupos de expertos apoyados por organismos internacionales trabajaban conjuntamente para establecer criterios de referencia para las políticas de nutrición, instrucción de expertos y regulaciones de composición y control de calidad. La industrialización, llamada a producir alimentos más ­baratos y accesibles, era la punta de lanza de un proceso amplio de movilización económica y social. Los comités de expertos, las conferencias internacionales, las encuestas alimentarias, los programas de alimentación en la escuela y los informes técnicos alentaban la política europea contra el hambre y la malnutrición. Se realizaron esfuerzos de coordinación para que los estudiantes de medicina, el personal médico, las enfermeras, los maestros y los funcionarios públicos recibieran los más recientes conocimientos sobre nutrición, al tiempo que se alentaba una vigorosa política educativa para el público en general.

Las embarazadas, los lactantes y escolares, los campesinos, los agricultores, los trabajadores industriales y las poblaciones rurales eran el principal objetivo de una política internacional aplicada con peculiaridades en cada país, que incluía la investigación de laboratorio, los exámenes clínicos, los estándares dietéticos para los grupos con bajos ingresos y otros grupos en situación de riesgo. La alimentación y la dieta no eran sólo cuestión de ­economía, fisiología y supervivencia : la nutrición comunitaria era crucial para la estabilidad y el cambio social, una herramienta política para superar la ­crisis y civilizar a la gente de acuerdo a los patrones científicos y los valores liberales.

Los informes técnicos planteaban los criterios de una buena dieta, especialmente para los niños y las familias de bajos ingresos. Establecían los criterios de la dieta óptima, el valor nutritivo de los alimentos, los métodos de evaluación del estado nutricional de la población para detectar y corregir las deficiencias. Dietistas y nutricionistas, expertos en fisiología de la nutrición y funcionarios de salud pública lograron legitimidad a los ojos de las autoridades políticas, y estudiaron los hábitos populares en un momento en que la industria alimentaria cobraba un gran impulso y poder económico.

La economía política del conocimiento científico construida alrededor del hambre y la malnutrición durante el periodo 1918-1960, configuró un poderoso instrumento para la estabilización internacional. Aportó conceptos e instrumentos para elaborar una cartografía de las deficiencias nutricionales. Sin embargo, una vez que el panorama de los problemas nutricionales se habían esbozado, la acción política y la gobernanza económica requerían acciones globales que cedieron ante los intereses de los grandes Estados nacionales y del mercado. Así, en la década de 1940, las enfermedades carenciales habían sido identificadas y evaluadas. Sin embargo, la economía política de los alimentos se mostró incapaz de aliviar el problema. Los campos de internamiento fueron el laboratorio de investigación más dramático, donde se establecieron los límites del hambre y la inanición humana. Las exploraciones clínicas y los ensayos experimentales practicados en los campos de concentración se legitimaron como argumento humanitario y de ayuda sanitaria, aunque superaron todos los límites del respeto a la dignidad humana y a los derechos civiles. Otros experimentos con seres humanos siguieron patrones similares, sin ninguna restricción internacional. La Declaración de Helsinki, que estableció los principios éticos de la experimentación con seres humanos, fue adoptada por primera vez por la Asociación Médica Mundial en 1964.

La ciencia experimental de la nutrición y el examen clínico de la población permitieron analizar, identificar y clasificar las formas clínicas de la ­malnutrición y las deficiencias nutricionales específicas. Un conocimiento científico que no fue capaz de provocar una respuesta política global ni cambiar la dinámica del mercado de alimentos, pero aportó los fundamentos científicos y técnicos para el desarrollo de una industria alimentaria potente, impulsando además la producción farmacéutica de nutrientes y vitaminas. La alimentación entró en el gran mercado de los anuncios, campañas de publicidad y marketing.

El nuevo enfoque hacia una política alimentaria mundial, promovido por la FAO y otras organizaciones internacionales en su etapa fundacional, se fue desarrollando de la mano de lo que se ha llamado sociedad civil global, el rostro menos crudo de la globalización. Desde su creación en la Conferencia de Hot Springs, en mayo de 1943, la FAO había destacado la importancia de las cooperativas de ayuda mutua y de la cultura democrática para la producción agrícola y la distribución de alimentos. Sin embargo, el mercado global, basado en la explotación y no en la equidad, aún carece de instrumentos y capacidad de regulación para erradicar el hambre del mundo, en una etapa en la que la producción global de alimentos permitiría una alimentación digna para todos.

A pesar de que la crisis actual muestra en Europa –y especialmente en España– cada día sus víctimas, el hambre y la malnutrición no aparecen en la agenda política europea. Por el contrario, durante el verano de 2011, Somalia se convirtió en la imagen trágica del fracaso de la economía política global para coordinar la producción de alimentos, el comercio y los precios de los productos alimenticios básicos. La incapacidad del capitalismo como sistema mundial y la escasa influencia de las iniciativas nacionales e internacionales, públicas y privadas para el acceso universal a los alimentos –lo que requiere la sabia combinación de tecnociencia, producción, regulación y política– significan que el problema sigue hoy, perversamente, a escala internacional, sin solución.





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