« Pour nos combats de demain, pour un monde plus libre, plus juste, plus égalitaire, plus fraternel et solidaire, nous devons maintenir vivante la mémoire de nos luttes »

Gunter Holzmann

La paix et la guerre dans les médias en Colombie

Conférence de Maurice Lemoine et Yezid Arteta, le 7 décembre à Paris
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CLACSO : CUADERNOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO LATINOAMERICANO

La formación de las clases nacionales

Par René Zabaleta Mercado  |  8 mai 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

De todas maneras, es inevitable filiar a Bolivia como a un país perseguido, en un grado todavía mayor que las demás naciones latinoamericanas. Como semicolonia misma, es una semicolonia más desgraciada que las demás. Los hechos, las naciones, los intereses la asedian de una manera tan intensa que parecerían ser parte de una confabulación. Este acoso, que quiere hacer daño al país, o que, al servicio de sus intereses hace daño en efecto a un país que no le importa, crea un ritmo histórico en las clases nacionales, que son las que contienen la nación. Bajo el acecho extranjero, español o inglés o norteamericano, anglo-argentino o anglo-chileno, resistiendo a la invasión económica y a la invasión cultural, a la enajenación que fraguan sus agentes y sus clases-agentes dentro del esquema social del país, la nación sobrevive como un factum, disperso consistente e inédito en las clases nacionales. Pocas veces consiguen ellas expresarse como poder y ni aun como pertensión coherente del poder pero realizan una misión de resistencia, de conservación y de perseverancia en su propio ser, en medio de un país que, en todos los demás aspectos, está permanentemente ocupado. La nación fáctica, es decir, la nación inevitable y carnal, hecho a veces pasivo pero presente siempre y existente sin dudas, sobrevive así a pesar de un interminable acecho, de las catástrofes, de las mutilaciones territoriales, de la instalación pertinaz de la pedagogía oligárquica.

Son, empero, el propio imperialismo y sus socios locales los que crean las condiciones para que las clases nacionales despierten de su sueño defensivo, hasta entonces, estos grupos habían entrado a la historia sólo por irrupciones, desordenando la lógica del sistema pero frustrándose a la vez a partir de su propia inorganicidad. La Guerra del Chaco es un proceso de agnición, de reconocimiento de personaje desconocido ; moviliza a todos los hoombres activos del país y la oligarquía misma da lugar a que las clases nacionales, cuyos integrantes eran soldados en su totalidad, se identifiquen. El proceso crea a sus contradictores. Mientras las clases nacionales eran únicamente un vasto campesinado, históricamente marginal, osificado y clausurado en una suerte de perplejidad sin salida, y grupos caóticos de las capas medias era fácil para la oligarquía omitir a los primeros y alienar a los segundos. Pero la explotación capitalista del estaño crea un proletario que es relativamente extenso y moderno. Por un proceso de selección, los individuos más perspicaces, los más resueltos del campaesinado se hacen proletarios. Esta clase será la base de la resistencia a la oligarquía minera. Se diría que la movilización de las clases nacionales, que en el Chaco aprenden que son irreemplazables para los combates pero prescindibles y en definitiva ajenas a las decisiones del poder, se perpetúa en las minas, donde el proletariado vive una suerte de movilización permanente. En el Chaco, las clases nacionales –el proletariado, el campesinado y las capas medias– entran en contacto, se interpretan y crecen con sentido de pacto y, pues la vorágine de los derrumbes de la conducción oligárquica es más ostensible que en cualquier momento del pasado, se preparan para responder. La nación fáctica, que persevera en una resistencia introvertida, que insistía sobre sí misma en una paciencia petrificada, comienza a encontrar, enumerar y evaluar los factores reales que le permirtirán encarar su ingreso orgánico al país histórico.

Frente al acoso, en el pasado, las clases nacionales no habían hecho sino resistir rechazando. Se identifican en la movilización militar y se reconocen como combatientes y se aperciben de que ser no es solamente resistir sino que también es necesario elegirse. Es el tránsito de la nación fáctica a la nación para sí misma y del país resistente al país histórico en un proceso por el cual, después de haber resistido a la negación de la nación, las clases que la contienen, niegan la negación de la nación y tratan de realizar un Estado nacional, en sustitución de las semiformas estatales creadas por las clases extranjeras.

Era, en efecto, no sólo una clase opresora sino también una clase extranjera. Por su origen, por sus intereses, por sus supuestos mentales, la oligarquía boliviana fue siempre ajena en todo a la carne y el hueso de las referencias culturales de la nación. Los latifundistas y el gran capitalismo minero, vinculado drectamente con el imperalismo, eran sus expresiones fundamentales. En cuanto a los primeros, sus intereses se fundaban en el despojo y la explotación de lo más tradicionalmente nacional, que son los campesinos indios. Antagónicos con relación a lo más diferenciado y original del país, a lo que en última instancia lo define, los latifundistas no podían negar en lo económico, al explotarlos, sin negarlos también en lo cultural y así se hacen antinacionales sin dificultades porque su propio arraigo había sido más bien contingente. Antinacionales como lo era el Superestado minero, por sus intereses económicos, ambos grupos se sirven sistemáticamente de la pegadagogía antiboliviana y resultan culturalmente extranjeros.

Con sus burócratas y sus políticos, que a veces trabucaban un oficio con el otro, con la trama larga y ancha de sus intereses, de sus francachelas y sus corruptelas, el Superestado crea lo que se llamó la rosca, apelativo, que es un bolivianismo, que sugiere la clandestinidad de un círculo de conjurados, el privilegio de un encierro calificado y antinacional. Toda la burguesía boliviana se hizo, en mayor o en menor grado, antinacional. Los importadores porque, de hecho, no eran sino intermediarios de ventas de las manufacturas del imperailismo y los otros sectores, como el industrial y el minero (los llamados mineros chicos y también los medianos nacionales), porque aunque pudieron ser la raíz de una burguesía verdaderamente nacional, llegaron tarde, mucho después del Superestado y jamás pudieron, por consiguiente, evadirse de las alternativas de un poder en el que no influían, al que, por el contrario, estaban sometidos. En la misma medida en que la burguesía y los latifundistas se hacen antibolivianos, las clases nacionales se radicalizan y, definiéndose, crecen.

Sin los campesinos, indios y mestizos en su totalidad, que constituyen un grupo –lo anotó Tamayo– resistente y persistente, los puntos culturales de referencia que nos permiten hablar de un modo de ser de la nación no hubieran existido o se habrían diluído en una confusión informe. Su exclusión, que jamás pudo convertirse –con los españoles ni con el latifundismo republicano– en una disgregación, el aislamiento y el destierro cultural a que se les sometía metódicamente, se traducían en una inferioridad práctica que servía de excusa al gamonalismo, que se explicaba así como una parte de paternalismo, irremediable pero, por otra parte, la tarea de latifundismo era consevar la inferioridad. La lucha por la tierra es más bien átona pero se distribuye en la constancia secular de los levantamientos y los alzamientos que, por lo general, no cobran otra fisonomía que la del terror sin promesas y de la venganza sin porvenir, seguidos de una precaria movilización multitudinaria cuyo signo primerio le hacía perder todo objetivo. Los alzamientos todos terminan con represiones exitosas, frecuentemente sádicas a la manera de las que instruía el general Montes, aconsejando “disparar al cuerpo” y no derrochar munición”. Cazaban indios azollispados entre los totorales de Taraco o en las mañanas atormentadas de Jesús de Machaca y todo era tan fácil que se explica porque era sólo la furia de hombres tan desdichados como desheredados de toda eficacia en las respuestas. No en el campo latifundista y semifeudal sino en las minas, mecanizadas y capitalistas, y en las ciudades es donde se realiza la lucha revolucionaria, localización que concentra y acelera los hechos tanto como explica algunas diferencias entre la Revolución Mexicana, cuyo carácter es dado por las guerras campesinas, y la Revolución Boliviana, que es un movimiento encabezado por el proletariado minero. Es probable que el punto de partida de la Revolución Boliviana haya abreviado el tiempo de la lucha y reducido su costo humano : arranca, en efecto, del centro del proceso de la producción, que son las minas y rompe el poder político del Superestado en sus ejes, que son las ciudades y así toma lo neurálgico del país, en lugar de agotarse en la extensión de la guerra territorial. Pero esta velocidad tiene sus propios defectos. El campesino recibe una liberación por la que no lucha, por lo menos directamente. Es probable que, reducido como estaba a una existencia dispersa y marginal, siendo virtualmente un fellah, si la insurrección hubiera tomado por escenario el campo, el campesino hubiera tardado en incoporarse a la lucha revolucionaria y ésta habría estado sometida a mayores fracasos y retrocesos pero, aún prolongándose, haciéndose más sangrienta y colectiva, este tipo de lucha habría tenido, seguramente, el valor de una escuela ; habría servido para formar, en un modo más coherente, la conciencia histórica dentro del campesinado. Es cierto que, cuando recibe su liberación, el campesino ingresa al consumo y a la economía de mercado y se mueve con grande facilidad, demostrando ser menos osificado, más receptivo, completamente apto para concurrir al juego económico moderno, más rico en reacciones y en iniciativas de lo que se podía suponer pero, ante una situación contrarrevolucionaria, como la que se presentó después, aunque se trataba de hombres ya en todo distintos a los que recibieron la tierra en 1953, su respuesta es débil. Acostumbrado a las emergencias de un papel conservador, que tiene un esencial valor defensivo en su resistencia a la ocupación cultural del país histórico durante la hegemonía oligárquica, lo repite después, en la contrarrevolución. Defiende su tierra pero no la cobertura política de su tierra ni sus intereses posteriores como clase. Vuelve, otra vez, a cumplir un papel defensivo.

El campesino tiende a existir como masa indeterminada así como el proletariado existe como clase primero y después como conciencia de clase, es decir, como grupo estricto, delimitado y coherente. Las capas medias, en cambio, hacen un grupo que, por su indeterminación, se parece al campesinado pero que, a diferencia de él, proporciona un gran número de individualidades. Mientras el campesinado resiste y se mueve como multitud, el proletariado actúa en cuanto clase y el hombre de las capas medias vive socialmente como un individuo. La riqueza de estas capas intermedias en cuanto a personalidades está vinculada con su mayor proximidad a los instrumentos ideológicos y, por tanto, a las ideas como definición y a la confusión de las ideas. Como un pólipo inteligente y avizor, no tienen un destino por sí mismas y hasta para definirlas hay que hacerlo por exclusión –porque no son proletarias o no son burguesas– y su destino por tanto es errabundo e incierto, creador, impalpable, tortuoso y lúcido. Ni siquiera, para diferenciarla del proletariado y de los campesinos, se la puede definir por no realizar trabajo manual porque los artesanos, que realizan su labor con las manos, o los comerciantes pequeños, que hacen trabajo mixto, corresponde sin duda a estas dilatadas capas indecisas. Se dice por eso que la llamada clase media es una media clase, una clase a medias y para saber lo que son estas capas es menester enumerarlas o decir lo que no son. Se sabe lo que es su género próximo pero apenas puede conocerse su diferencia específica y está a la vista que su destino, en estas circunstancias, no puede ser sino la ambivalencia y el desdoblamiento.

En la sola descripción, el suyo parece un destino desgraciado y disperso y es bien cierto que en ningún sector como en éste la pedagogía oligárquica tiene frutos más devastadores. Hijas de un país in tnsamente empobrecido y desfigurado, acceden con más facilidad a los instrumentos culturales pero sólo en la medida en que puede ofrecérselos el país desfigurado y empobrecido. En conjunto, no logra hacerse muy culta ni muy rica y la incertidumbre de su destino económico y su fácil soberbia, en una letradura que no es sino la de los imaginativos, hacen cómoda la implantación de ciertas mitologías –pues el mito suele ser la idea del semiletrado– así como la tendencia a las ideas abstractas que con furia prosperan y se recrean en estas zonas humanas porque las capas medias, en contraste con lo que ocurre con los proletarios y también con los campesinos, no tienen puntos carnales de referencia y tienden al vagabundeo histórico y al ensuenno ideológico. Estas características de duplicación y de inminente falsificación de sí misma de las capas medias, su hybris medular, resultan esclarecidas para explicar la suerte política de los militares y también de sub-grupos de complemento, como los universitarios y los maestros.

Nunca logran darse a sí mismas una definición y están condenadas a no ser una clase pero al mismo tiempo expresan ideológicamente a las clases que luchan y se enfrentan y ahcen explícito el pensamiento de las clases nacionales como de la oligarquía y así su destino, naturalmente errátil y éticamente desdichado, es a la vez un destino brillante. Como al fin y al cabo el pequeño burgués no es sino un burgués que no ha crecido, su tendencia normal –pues flota en un caos de datos remotos e inverificables– es servir, implementar y organizar la alienación en la que está interesada la oligarquía y que promueve el imperialismo. De esta manera, por lo menos en sus fases más altas, las pequeñas gentes se visten igual que la burguesía, pero más pobremente y comparten con ella sus alienaciones, sus prejuicios y sus ambiciones, porque el pequeño burgués es la caricatura del burgués, es un burgués que ha fracasado. Por su misma ambivalencia, suelen tener muchas explicaciones para cada hecho y explicando y explicando van perdiendo el sentido de la realidad, de lo sdatos gruesos de la realidad y se van enajenando de sí mismas hasta que nadie es culpable de su frustración sino sus imposibles ideas. El pathos de las capas medias consiste en que nunca o casi nunca descubren de dónde viene su perdición.

Es un proceso de selección el que determina que ciertos sectores de las capas medias se integren a las clases nacionales pero, cuando lo hacen, su incorporación es más lúcida que la de los campesinos y los proletarios. Cuando los proletarios se mueven, políticamente son la nación. Quietos, interdictos, marginados, los campesinos conservan, de hecho, los datos que permiten hablar de la existencia de la nación como cultura horizontal y colectiva. Pero es la ideología, es decir, la práctica de la libertad de elección, la vía por la que las capas medias se agregan a la lucha revolucionaria y, a partir de ese momento, comienzan a expresar ideológicamente al proletariado y al campesinado, que no pueden hacerlo por sí mismos porque su explotación ha sido más intensa y ha consistido, entre otras cosas, en que los medios culturales les han sido negados. No es más original ni más avisado el comportamiento de las capas medias bolivianas ni más rico que en parte alguna y sólo se hace más tenso por la capacidad histórica de las clases a las que se adjuntan. Por el contrario, el empobrecimiento y la clausura del país se traducen también en una fiesta de prejuicios, de miedos decisivos, de suplantaciones activas y de jerigonzas doctrinales y en ningún grupo social como en ellas estalla con estridencia tanta el provincialismo cultural.

Mucho más vital es la presencia del proletariado, referencia dentro de la cual, en Bolivia, se menciona principalmente y a menudo exclusivamente, al proletariado minero. Se trata de un grupo minoritario numéricamente y cualitativamente superior. Cuando se menciona al minero de Bolivia, por las circunstancias en que se ha dado esta agrupación, se habla, en la práctica, del proletariado en su estado puro, sometido sólo a escasos factores de desclasamientos. Es el proletariado del tiempo de Carlos Marx. La minería como tal, explotación capitalista avanzada en un país semifeudal todavía, crea una clase moderna. Culturalmente, sin embargo, esta clase presenta aspectos todavía más castigados para expresar auténticamente a la nación. Sus integrantes proceden por lo general del campesinado pero son, además, los individuos más perspicaces y resueltos del campesinado los que deciden romper su nexo con la servidumbre del latifundio. Es una elección en la que caben algunos siglos de la historia del mundo : la decisión de hacerse minero contiene el paso del feudalismo al capitalismo. Aislados en distritos remotos, ni siquiera sufren el asedio sistemático de ciertos factores de desclasamiento, que operan en la superestructura, como los proletarios de las ciudades –los fabriles, principalmente– que, minoría ínfima acorralada por el gran número del lumpen y las capas medias, padecen un verdadero bombardeo de los mitos, las mixtificaciones y las predilecciones de los sectores urbanos, cuyo lujo consiste en huir de sí mismos, en alienarse. Ex-campesinos o hijos de campesinos, sus datos culturales son típicamente los propios de la nación. Con el salario reciben al mismo tiempo el signo de su dignidad y de su explotación ; el trabajo colectivo y organizado les proporciona la identidad de clase y cuando afrontan todos los días, las horas enteras de su vida, las señales de una tarea con boca de riesgo, el ritmo esforzado de una vida que concluye pronto, están ya en condiciones de convertirse en una clase despierta y peligrosa, capaz de analizar sus necesidades, de exigir y de asediar. Al hacerlo, expresan de modo automático los intereses de la nación porque asedian, exigen y analizan contra el capitalismo oligárquico, conecgtado con el imperialismo, que ocupa el país. Sus intereses de clase manifiestan peligrosamente, de un modo concentrado, los intereses de la nación y, por eso, el proletario minero, que resulta de una selección humana del sector más tradicionalmente nacional que es el campesinado, que se enfrenta directamente a la clase más típicamente antinacional y desnacionalizadora, es la clase dirigente de la Revolución. Los dirigentes como tales suelen provenir, en cuanto individuos, de las capas medias, que son las que disponen de los instrumentos culturales, pero como clase no son las capas medias ni el campesinado los que toman la iniciativa en las luchas históricas sino el proletariado. La propia voracidad de la oligarquía minera conservó un estado de pureza al proletariado minero. En otros países, en efecto, la elevación sistemática del standard de vida se tradujo en una suerte de desclasamiento del proletariado, por una aproximación formal cada vez más flagrante a los modos de vida de las capas medias pero eso no ocurrió en Bolivia.

Es cierto que esta división –capas medias, proletariado, campesinado– no deja de ser convencional y que el campesino, por ejemplo, en la medida en que se enriquece, si puede hacerlo, creando un mundo conceptual en torno a la propiedad de la tierra, se va aproximando cada vez más, es lo que ha ocurrido en Europa, a las características de las capas medias. Es obvio que las contradicciones internaas dentro de cada clase son abundantes y a veces determinantes. Pero en la medida en que el campesino es un hombre acosado y lo es, sin duda, y lo seguirá siendo en el futuro inmediato, su presencia entre las clases nacionales y su lucha sigue siendo vigente.

* * *

El proceso capitalista de la producción hace un mundo por primera vez mundial. Los países europeos, en un complicado recorrido económico y cultural que tiene que ver con el antropocentrismo renacentista, la ética protestante, el advenimiento de la razón, el crecimiento de la técnica, las nuevas posibilidades del mercantilismo después de los descubrimientos, a través de los capitanes de empresa y el ascenso de las burguesías, realizan el conjunto de las características de la civilización capitalista. En un proceso que Trotsky sitúa, para Europa, entre la Revolución Francesa y la paz de Versalles se produce la concreción histórica de los Estados nacionales. Es un proceso que podría llamarse natural. La burguesía conquista sus mercados nacionales y realiza su Estado nacional que no es sino el Estado en su forma capitalista moderna. La conquista de los mercados interiores se hace por medio de un proceso de I ndustrialización y, por consiguiente, crecen las dos clases modernas, que son la burguesía y el proletariado. Cuanto antes haya iniciado una burguesía la unidad nacional y la soberanía, atributo éste que es esencial del Estado nacional, más fácil le es tomar su propio mercado interior. Inglaterra fue uno de los primeros países que cumplió este proceso y por eso, una vez dominado fácilmente su propio mercado, le fue fácil pasar a ser el país campeón del comercio libre. Pero ningún país ha crecido nunca sin el proteccionismo y en Europa misma, países como Alemania, que es siempre un país que llega tarde, que tarda en realizar su unidad imprescindible para realizar su Estado nacional, debe ya proteger y hacer exclusivo y cerrado su mercado interior y así se explica la aparición de las doctrinas proteccionistas a la manera de las de Federico Liszt. Los países capitalistas siguen todos este camino. Mientras se indisutralizan, protegen su mercado interno porque, sin protegerlo, no se industrializarían ; una vez industrializados, cuando están ya en condiciones de competir en el mundo, se lanzan a la conquista de los mercados exteriores y se hacen partidarios del comercio libre. La competencia entre los capitlistas de un país se convierte en competencia entre las industrias de las naciones capitalistas y así se lanzan ellas hacia los países marginales, a la busca de mercados y de materias primas o de reservas de materias primas y de mercados. Salen de sí mismos los Estados nacionales y los que llegan tarde al reparto de lo mercados entran a practicar un nacionalismo agresivo y epansivo, que hace del nacionalismo de los países industrializados una posición reaccionaria.

Ahora bien, de una manera o de otra, los países-objeto, las semicolonias, también pretenden realizar su Estado nacional, es decir, la forma política de su organización por la que pueden crear su unidad nacional, su identidad cultural y realizar su soberanía, para industrializarse y convertirse en nacionales modernas. Pero la formación de los Estados nacionales en las semicolonias no puede seguir un curso de crecimiento “normal” como los procesos europeos porque, precisamente, la fase última del Estado nacional de los países opresores, que es el imperialismo, obstaculiza la realización del Estado nacional de la semicolonia. La nación lucha por la defensa de sus recursos naturales y de su mercado interno pero, en la medida en que logra éxitos, perjudica y vulnera la riqueza y la naturalidad del Estado nacional imperialista. Por eso sólo puede hacerlo aprovechando coyunturas de emergencia polótica en los países del centro, como las guerras, o movilizando revolucionariamente a sus masas, haciendo la Revolución. Cuando Lenin escribió que “el que no favorece el nacionalismo de los países oprimidos, favorece el nacionalismo de los países opresores” sin duda tenía presente este carácter básicamente defensivo del nacionalismo de las semicolonias pero, por otra parte, de esta situación resultan algunos hechos que, en Bolivia como en las demás semicolonias latinoamericanas, constituyen diferenciales y peculiaridades de los procesos revolucionarios de esta clase de países.

En primer término, se impide al país llegar a constituirse en un Estado en su forma moderna, en un Estado nacional y como tal cosa no puede lograrse por el simple transcurso del tiempo, por el crecimiento normal, como en Europa, el país tiene que invadir, tiene que invadirse a sí mismo. Puesto que el status es la exclusión, la persecución y la alienación de la nación, ésta tiene que organizarse para tomar violentamente lo que le debería corresponder naturalmente. En otras palabras, al no interrumpir nadie el desarrollo histórico, los pueblos europeos pudieron ser nación, naturalmente, como un dato normal de su ser. En los países como Bolivia, la nación es, por el contrario, una decisión histórica, una elección. Esto tiene un carácter tan flagrante de lucha e insumisión que no puede lograrse sino movilizando a las masas que contienen, de un modo o de otro –culturalmente como el campesinado o neurálgicamente como el proletariado– a la nación. Por eso no se puede hablar de nacionalismo en Bolivia sin hablar de movilización de las masas porque, ciertamente, la nación no puede avanzar a la formación de su Estado moderno sino con el ascenso y la toma del poder por las clases que contienen o que han conservado a la nación. De aquí resulta que el nacionalismo de derecha, el nacionalismo hispanizante, tal como vinieron a practicarlo partidos como Flange, resulta apenas el revstimiento de viejos planteamientos ideológicos antinacionales de la oligarquía.

Esta es también la razón por la que el nacionalismo se ensambla en la noción de la lucha de clases, noción que después, por consiguiente, no se resuelve sólo en la contradicción general entre opresores y orpimidos sino en la oposición y la lucha entre las clases nacionales y las clases extranjeras. Ni siquiera pueden hablarse simplemente de la lucha entre la nación y el imperialismo, de la nación que se contrapone como un todo a los intereses del Imperio. Por la invasión cultural y también porque no puede prescindir de la utilización de clases-agentes y aun de invididuos nativos, el imperialismo tiene en la oligarquía y en todos los grupos sociales que se alienan una quintacolumna dentro del juego histórico que se disputa en el espacio boliviano. La oligarquía, aunque el caso de Patiño parezca advertir sobre lo contrario, no es el imperialismo sino su agente ; los intereses del imperialismo coinciden con los de la oligarquía y con los de todos los sectores que se han hecho antinacionales cultural o económicamente. La alienación de las clases-agentes explica el carácter de lucha nacional que tienen los planteamientos de las clases populares. No sólo luchan contra una opresión de clase : combaten a una casta extranjera que ocupa el país y le impide realizarse. El nacionalismo sin el concepto de la lucha de las clases no sería sino otra forma de alienación.

 

Fuente : René Zavaleta Mercado. “La formación de las clases nacionales”, en La formación de la conciencia nacional, Marcha, Montevideo, 1967. Este texto formará parte de la Antología preparada por Luis Tapia para la Colección del Pensamiento Crítico Latinoamericano de próxima aparición.





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