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EL CASO RICHARD STRAUSS

La música durante el nazismo

Par Enric Riu I Picón  |  10 mars 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El arte en general y la música en particular fueron objeto de tenaces intentos de regulación durante el nazismo. Ya desde el ascenso de Hitler al poder, en enero de 1933, el ministro de Propaganda Joseph Goebbels percibió perfectamente la importancia del control sobre el arte como medio de comunicación de masas. El compositor Richard Strauss, a sus sesenta y nueve años y con una larga trayectoria cargada de fama y honores, llegó a representar un destacado papel durante el nazismo. Pero el equívoco idilio acabaría por romperse.

Los fundamentos para una música aceptable en Alemania entre 1933 y 1945 los estableció el musicólogo Richard Eichenauer en su obra Musik und Rasse (1932). Por el título (cuya traducción sería Música y raza) se intuye fácilmente que los criterios de inclusión/exclusión se barajaban más en lo étnico-religioso que en lo estético o en lo filosófico. Eichenauer fue pionero en la voluntad de relacionar la música con lo racial y, si bien es cierto que Musik und Rasse sirvió para establecer ciertas directrices, el hecho de reducir el criterio a cuestiones esencialmente supeditadas a la ascendencia –o no– judía de música y músicos desplegaba un sinfín de dificultades.

Uno de los primeros responsables de poner en marcha la nueva política musical del Reich fue el celebérrimo compositor Richard Strauss (1864-1949). No cabe duda de que, en 1933, era un artista aceptado y deseado por el régimen, en parte debido a que cultivaba una música tonal, más o menos encuadrable, según los especialistas nazis, en un estilo postromántico sin influencias “modernas” y bastante libre de “contaminaciones”. En parte, también, gracias a ciertos gestos que fueron vistos con buenos ojos, algunos de ellos malinterpretados a sabiendas. Como la sustitución del director judío Bruno Walter a quien, en marzo de 1933, se le había prohibido realizar sus conciertos con la Filarmónica de Berlín. Strauss se dejó convencer (parece ser que tras bastante insistencia) por la agente de conciertos de la Filarmónica, Luise Wolff, y donó sus honorarios para ayudar al mantenimiento de la orquesta que, por aquel entonces, atravesaba una situación muy precaria. También accedió a sustituir a Arturo Toscanini cuando este renunció a dirigir el Festival de Bayreuth por razones políticas, aunque parece ser que lo hizo no tanto para hacerse notar ante el Reich como por complacer a Winifred Wagner, directora del festival, que con el asunto se había quedado en una comprometida posición como organizadora en el año del cincuenta aniversario de la muerte de su suegro Richard Wagner (1).

También en varias ocasiones, Strauss fue preguntado sobre Schönberg y sobre el atonalismo y el dodecafonismo, a lo que siempre había contestado en sentido muy crítico, incluso con poco decoro. Hay que sumar a esto las nunca disimuladas posturas políticas conservadoras del compositor, aunque probablemente lo más importante era que Strauss, sencillamente, estaba en el punto de mira del astuto ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que veía en el compositor de fama internacional a un lujoso representante cultural de la nueva Alemania. Ciertamente, en 1933, Richard Strauss ofrecía el perfil del candidato perfecto para ocuparse de la gestión musical del Reich.

 

Conversaciones con Hitler

El primer acercamiento efectivo se produce el 22 de julio de 1933. Esa noche, Strauss dirigía Parsifal en el Festival de Bayreuth. A la representación asistió Hitler, y durante el segundo descanso Winifred Wagner quiso presentar a ambas personalidades. Strauss comentó con el Führer su preocupación por el cierre de la frontera austríaca pues con ello peligraba su implicación con el Festival de Salzburgo y el estreno de Arabella en octubre ; también le habló sobre la protección de los derechos de autor, y finalmente sobre los despidos indiscriminados que, por ser judíos, estaban sufriendo algunos amigos suyos, excelentes profesionales del sector, como el director Leo Blech. Hitler le escuchó y, por ambas partes, la conversación fue calificada de distendida y amable.

Entró, por tanto, en la esfera de la elite gubernamental, al principio con buenos resultados ya que se le concedieron todos los permisos para ir a Austria. También despachó satisfactoriamente con Goebbels sobre el asunto de la protección de los derechos de autor. Esto cautivó especialmente al compositor, que pugnaba desde los años anteriores a Weimar sin haber obtenido apenas respuesta alguna. El tema de los amigos judíos quedaba, de momento, soslayado.

Fue así como, en noviembre de 1933, Richard Strauss fue nombrado presidente de la Cámara Oficial de Música del Reich y, con ello, se convertía en la máxima autoridad en asuntos musicales de Alemania. Hay que tener en cuenta que todo músico alemán que quisiera ejercer en el país debía darse de alta en la Cámara, y como en cualquier otra instancia oficial, ya de entrada no se aceptaba ni a comunistas ni a judíos.

Goebbels quiso compensar a Strauss por haber aceptado el cargo y en 1934 creó una agencia central del Estado para la protección de los derechos de autor, adhiriéndose inmediatamente a la Convención de Berna, que extendía esta protección hasta cincuenta años después de la muerte del compositor. De este modo, Strauss culminaba con los mejores logros su larga lucha en este terreno.

 

Desacuerdos artísticos,

no ideológicos

Esta buena sintonía con el Reich duró relativamente poco. Al principio porque Strauss puso en marcha la maquinaria de la Cámara, sobre todo, contra el jazz, la música de cabaret, las operetas y la música ligera en general, y esto, inopinadamente, produjo roces con los gustos de Goebbels y de un sector importante del partido. Strauss no tardó en mostrar su irritación porque las instancias superiores interferían continuamente en sus funciones y, además de no dejarle desarrollar la labor de su cargo con normalidad, también se le exigía la aplicación de ciertos protocolos que él consideraba auténticas pérdidas de tiempo. Tuvo que ocuparse, por ejemplo, de censurar a Felix Mendelssohn, judío de nacimiento. Llegaron a pedirle que escribiera nueva música para el Sueño de una noche de verano, encargo que declinó. Lo intentarían, por cierto, decenas de compositores (entre ellos Carl Orff) sin llegar nunca –y como cabía esperar– a una calidad equiparable a la de Mendelssohn. Estas cuestiones hicieron que Strauss se desanimara rápidamente de la gestión, delegando cada vez más en el gerente de la Cámara, Heinz Ihlert. Tampoco Strauss tenía buenas relaciones con el vicepresidente, el director Wilhelm Furtwängler. Como consecuencia se oyeron algunas voces críticas desde el interior mismo que se quejaban de que Strauss siempre estaba de viaje o componiendo en Garmisch por lo que la institución quedaba desatendida.

Este pequeño cúmulo de circunstancias negativas fue aprovechado por Alfred Rosenberg, en constante refriega con Goebbels, para intentar erosionarle. Era ya 1934, y entre la cúpula nazi decaía la influencia de Rosenberg, que ya había sido nombrado en 1933 jefe de Asuntos Exteriores del Reich para desviarle del mundo cultural que, por deseo expreso de Hitler, debía quedar bajo la sola responsabilidad de Goebbels. A Rosenberg le venía su influencia en la cultura por haber sido fundador, en 1929, del Frente de Lucha por la Cultura Alemana y redactor, desde 1923, del diario nazi Völkischer Beobachter (2).

Molesto por la presión que le empujaba a perder protagonismo, se resistía a abandonar su ámbito histórico. Ello le llevó a diversos intentos por reafirmarse, especialmente ante Hitler, a quien pretendía convencer obstinadamente de que la cultura, importantísima por razones ideológicas, no estaba siendo gestionada adecuadamente. Así que puso su eficaz despacho a investigar y, aparte de lo que ya se sabía desde la misma Cámara, descubrió que el compositor estaba trabajando en una ópera, Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa), que tenía como libretista al judío Stefan Zweig. Goebbels, enterado del asunto, aprovechó un encuentro que tuvo con Strauss en Bayreuth y le informó de que el estreno de la ópera podía tener problemas.

Decidieron hacer llegar el libreto a Hitler que, tras haberlo leído y no haber encontrado razón alguna para censurarlo, dio el visto bueno para seguir adelante con el proyecto. Se acercaba el día del estreno y las pertinaces pesquisas de Rosenberg aún le llevaron a descubrir que la mujer del director del teatro donde se iba a estrenar Die schweigsame Frau (Dresde, 1935) también era judía. El director, presionado por las circunstancias, fue obligado a eliminar el nombre del libretista de carteles y programas. Cuando Strauss lo supo, poco antes del estreno, hizo enmendar el despropósito.

 

Todo desacato recibía su castigo

El hecho se tomó como un desacato y se le imputó al director del teatro… que fue obligado a jubilarse. Strauss no quedó exento de castigo pues Die schweigsame Frau fue retirada de cartel tras unas pocas representaciones y prohibida en Alemania. Zweig, que residía en Austria, manifestó que no quería volver a colaborar con Strauss pues no concebía trabajar en un país donde se perseguía a los judíos. Strauss le escribió una carta con fecha de 17 de junio de 1935 (una semana antes del estreno de la ópera) en la que le explicaba que él no había aceptado la presidencia de la Cámara de Música por afección al Reich sino por “sentido del deber” y para “evitar males mayores”. El hecho es que esta carta fue interceptada por la Gestapo y enviada a la Cancillería. Interesó descubrir, además, que Strauss trabajaba con una imprenta judía para la edición de sus partituras, que su hijo Franz estaba casado con la hija de un potentado judío checo y que, a fin de cuentas, sus relaciones con el colectivo proscrito eran demasiadas. Como resultado de estas denuncias, la familia de Strauss, especialmente sus nietos, sufrieron crueles vejaciones públicas, y esto lógicamente puso a prueba los nervios del compositor, que a su vez quedaba definitivamente bajo las peores sospechas.

 

Más próximo a los perseguidos

Rosenberg ejerció tanta presión sobre Goebbels que este se vio forzado a pedir la dimisión a Strauss. El compositor, derrumbado, accedía el 6 de julio de 1935 ; se alegaron motivos de salud. Acto seguido fue declarado persona non grata y, al poco, recibió de la Gestapo una copia de la carta dirigida a Zweig con algunas frases clave subrayadas en rojo. Strauss contestó con otra carta dirigida personalmente a Hitler (13 de julio) en la que le explicaba que sus palabras habían sido malinterpretadas y, en términos vergonzosos –adaptados, probablemente, a lo que él pensaba que se quería oír–, clamaba su entereza como alemán afecto al régimen y solicitaba audiencia personal con el Führer. La carta no obtuvo respuesta. También fracasó en sus intentos por entrevistarse con Goebbels.

Strauss quedó decepcionado y, en privado, admitió sentirse más próximo a los perseguidos que a los perseguidores. Aun así, todo esto no le impediría escribir el himno de los Juegos Olímpicos de Berlín (1936) sobre todo porque no era un encargo del Reich sino del Comité Olímpico Internacional. El asunto no pasó inadvertido a Goebbels, que veía como, de todos modos, la fama internacional del compositor aún podía ser de utilidad al régimen, por lo que se le permitió viajar al extranjero para divulgar su obra. De este modo, Strauss estuvo todo un año de gira, sobre todo con Die schweigsame Frau, y pudo darle la salida que le había sido impedida en su país. Se le permitió también estrenar obras supuestamente bien adaptadas a lo establecido, como la ópera pacifista Friedenstag (1938), cuyo libreto había firmado el ario Joseph Gregor (Strauss nunca se consideró satisfecho con su colaboración) (3), y se le llamó para dirigir su obra en el Festival de Música del Reich de 1938. Participó también como jurado en concursos y recibió premios y felicitaciones de cumpleaños del Gobierno.

Es indiscutible que Richard Strauss mantuvo una actitud ambigua con los nazis, y existen diversas teorías, provenientes mayoritariamente de sus biógrafos más destacados, que intentan explicar su conducta. Por un lado, los indulgentes como W. Panofsky (4) ; por el otro, los más críticos como G. Marek (5)… La eminente musicóloga Pamela Potter, con más perspectiva histórica, habla de un Strauss fundamentalmente apolítico y nos insta a no conjeturar tanto sobre lo que Strauss podía ser o pensar (¿oportunista ? ¿antisemita ? ¿nazi convencido o por conveniencia ?...) y a observar más lo que fue en realidad : músico, compositor y director de fama internacional, alemán, defensor de los derechos de autor, y un ciudadano de edad avanzada (6).

En cualquier caso, resulta enormemente interesante observar cómo afectó y qué desarrollo tuvo este periodo en la producción de Strauss, sobre todo la evolución, en lo que se refiere a carácter y estilo, de sus obras compuestas entre 1933 y el final de su vida (1949). Gran música, sin duda.

 

Notas :

(1) Las relaciones personales de Strauss con la familia Wagner se habían visto progresivamente socavadas por cuestiones filosóficas a partir del estreno de Also sprach Zarathustra (Así habló Zaratustra) en 1896. Desde hacía algún tiempo Strauss intentaba restablecerlas a través, sobre todo, de Winifred.

(2) Alfred Rosenberg fue redactor del Völkischer Beobachter hasta diciembre de 1937.

(3) Según André Ross en Richard Strauss : His life and work (Toronto, Rococo Records, 1976), Zweig intervino de forma destacable, aunque en secreto, en la redacción del libreto de Friedenstag.

(4) Walter Panofsky, Richard Strauss, Alianza, Madrid, 1988.

(5) George Marek, Richard Strauss : vida de un antihéroe, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1985.

(6) Pamela M. Potter, “Richard Strauss and the national socialists : The debate and its relevance”, en Richard Strauss : New perspectives on the composer and his work, Duke University Press, Durham and London, 1992.





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