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Lágrimas de cocodrilo en una casa en llamas

Par Bernard Cassen  |  29 de marzo de 2013     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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¿Quién dijo que los altos dignatarios de las instituciones europeas eran insensibles a las consecuencias dramáticas de las políticas de austeridad que imponen a los pueblos? El Consejo Europeo de los días 13 y 14 de marzo pasado les permitió recordar que, también ellos, tienen su corazoncito. El presidente Herman Van Rompuy declaró, en efecto, que los dirigentes, sus colegas, eran “plenamente conscientes de la polémica, de las frustraciones que se van acumulando, e incluso de la desesperación de la gente”. Sin duda estaba aún bajo el impacto de los resultados de las elecciones italianas del 24 y 25 de febrero y no ignoraba las señales premonitorias de una explosión social en España y Portugal. Y la crisis chipriota aún no había estallado...

De ahí que nadie esperase que esas palabras, dignas de una dama de caridad, fueran a desembocar en un replanteamiento radical de las políticas actuales. En 2012, las políticas de la Unión Europea (UE) sumieron a la mayoría de las economías de los países miembros en la recesión y, según las cifras suministradas por la propia Comisión, provocaron la destrucción de un millón de empleos sólo en la zona euro donde el desempleo alcanza desde entonces un 11,8% de la población activa. Y las perspectivas para 2013 son todavía más catastróficas.

Ante semejante balance de quiebra, y después de haber derramado esas pocas lágrimas de cocodrilo, el Consejo Europeo decidió –como era de esperar– no cambiar sus orientaciones. ¡Alemania vigila! Están por lo tanto más que nunca a la orden del día la “disciplina” presupuestaria, las “reformas” estructurales y la búsqueda frenética de la “competitividad”. Única y mínima concesión: la Comisión aceptó ser un poco más flexible en cuanto a los plazos para volver a un déficit público inferior al 3% del Producto Interior Bruto de cada Estado. Y, para que François Hollande no se desprestigie una vez más, se sacó a luz nuevamente el Pacto Europeo de Crecimiento, adoptado en junio de 2012, y del que desde entonces nunca se había oído hablar.

Cabe recordar que, apenas unas semanas después de su llegada al Elíseo, este Pacto sirvió de coartada al presidente francés para camuflar su renuncia al compromiso de “reorientar” a Europa. Cuando se mira de cerca el contenido y la dimensión (120.000 millones) de este acuerdo, es posible medir su insignificancia con relación a la extensión de la crisis. Su monto representa la suma de tres fuentes heterogéneas: el aumento del capital del Banco Europeo de Inversiones (BEI) en 10.000 millones, lo que incrementaría su capacidad de préstamo en 60.000 millones; 55.000 millones de fondos estructurales no utilizados; y 5.000 millones para el financiamiento de proyectos (project bonds) de infraestructuras en los sectores de energía, transportes e Internet de banda ancha.

Suponiendo que esos 120.000 millones puedan estar disponibles inmediatamente –lo cual es técnicamente imposible– producirían sus efectos, y efectos muy limitados, en algunos años. Se ruega al 26,6% de desocupados españoles, al 26% de desocupados griegos, al 14,6% de desocupados irlandeses, al 14% de desocupados chipriotas, al 11,1% de desocupados italianos, al 10,5% de desocupados franceses, al 10% de desocupados polacos y húngaros –entre otros– que esperen y sobre todo que no sucumban ante el “populismo”.

Con ocasión de la Cumbre de la Tierra de Johannesburgo en 2002, Jacques Chirac, entonces presidente de Francia, afirmaba (sin por ello sacar las conclusiones) “nuestra casa está en llamas y miramos para otro lado”. La fórmula se aplica perfectamente a la casa Europa y a sus dirigentes, y muy particularmente por su inepta gestión del expediente Chipre.





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