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Luchas palaciegas en la coalición europea de la austeridad

Par Frédéric Lebaron  |  10 de febrero de 2013     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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La publicación del Fondo Monetario Internacional (FMI), a primeros de enero, de una aparente autocrítica relativa a sus previsiones macroeconómicas de los últimos años (1), viene a recordarnos que la coalición de los «dirigentes económicos de la austeridad» no constituye un bloque monolítico. Intensas luchas palaciegas (2) sacuden las esferas dirigentes y a los economistas, particularmente en torno a la política de la ortodoxia presupuestaria y sus consecuencias.

Olivier Blanchard, economista jefe de la institución de Washington, y su colega Daniel Leigh, al reconocer que sistemáticamente subestimaron el «multiplicador keynesiano», dan la razón a los economistas (por ejemplo a los macroeconomistas franceses del OFCE) que le atribuyen un valor netamente superior a 1 en la Eurozona (3) desde que se desencadenaron las políticas de austeridad generalizada (4). Sobre todo cuando recurren a la reducción de los gastos públicos, que es particularmente nefasta.

La restauración simultánea y rápida del equilibrio presupuestario en varios países interdependientes, efectivamente tenía todas las posibilidades de reducir brutalmente la actividad, incrementar fuertemente el desempleo, disminuir la recaudación fiscal y de esta forma hacer cada vez más inalcanzable el objetivo de «desendeudamiento» público, dando lugar a una nueva vuelta de tuerca, y así sucesivamente. Ahora el diagnóstico empírico valida el razonamiento macroeconómico keynesiano tal como se enseña en el primer curso de Economía en las universidades e incluso en el Instituto de Ciencias Económicas y Sociales (SES) (5).

Pero sería ingenuo pensar que la constatación del fracaso de la política macroeconómica que se lleva a cabo actualmente en Europa –más consolidada con cada nueva presentación de las cuentas trimestrales nacionales y las estadísticas del paro- podría acarrear por sí misma un auténtico cambio de política, como hemos visto claramente en Francia. Eso sería ignorar el poder de las creencias colectivas. Particularmente las de los doctrinarios para quienes la caída de la actividad y el aumento del desempleo son, finalmente, el precio que hay que pagar por la puesta en marcha «diferida mucho tiempo» de «valientes reformas», según la retórica que repiten sin cesar todos los altavoces mediáticos produciendo de esa forma un «efecto de verdad» tan falso como desmovilizador de cualquier pensamiento crítico. Solo esas «reformas» conseguirían finalmente acabar con la cultura «de laxitud» en materia presupuestaria y con las «rigideces» que «dificultan» la recuperación y la consecución de resultados eternamente pospuestos para un futuro (6) denominado a menudo «a medio plazo».

La creencia neoliberal en su forma dogmática tiene hermosos días por delante, ya que la situación de crisis fiscal y el estancamiento del empleo se convierten en situaciones permanentes en Europa y suministran excusas para medidas cada vez más «radicales» que se nutren de su propio fracaso. Hasta el punto de que la revolución neoliberal no llegará a término y será a su aplicación insuficiente y a los restos de las «rigurosidades keynesianas», particularmente en Europa, a las que se imputarán sus fallos.

Una división estructuradora

Desde el principio de la estructuración de la corriente neoliberal en Europa, y a escala mundial, se constituyó una oposición de intensidad variable entre los «pragmáticos» llevados por los compromisos de la época –el keynesianismo, e incluso en socialismo en su variedad socialdemócrata, el Estado del bienestar- y los «dogmáticos» (o radicales) para quienes la realización total del objetivo neoliberal, la creación de mercados organizados en un marco jurídico estable, era la única posibilidad de transformar de forma duradera un mundo eterna y patológicamente en peligro de deriva «socialista».

A medida que maduraron sus obras y evolucionaron sus posiciones, algunos teóricos neoliberales se volvieron más radicales y dieron la espalda a posturas consideradas durante mucho tiempo más conciliadoras, especialmente respecto a los sindicatos y el Estado social (7). La fractura con el keynesianismo –inestable y ambiguo entre autores como el economista británico Lionel Robbins (8) en la posguerra- se hizo más profunda en otros autores, como Friedrich Hayek (9), debido en particular a la creciente influencia de la escuela monetarista estadounidense a partir de los años 60.

Así, el neoliberalismo anglo-estadounidense, que conoció sus primeros grandes éxitos electorales a finales de los años 70, es una versión más radical justificada, por sus promotores por el crecimiento continuado del Estado intervencionista y redistributivo. Esto, asimilado a la subida sin fin de la recaudación fiscal, suscitó una revolución cada vez más extendida entre los empresarios y directores, en la pequeña burguesía tradicionalista y en el mundo de los intelectuales de derecha, en el que los economistas neoliberales estaban en la vanguardia.

La situación en la Europa continental, y en particular en la Unión Europea (UE), es más compleja: los éxitos neoliberales de los años 80, que concretaron las dimensiones neoliberales presentes desde el Tratado de Roma (10), se deben sobre todo a una inflexión pragmática vinculada a la rápida conversión de los socialdemócratas al programa liberal, los cuales optaron, alrededor de 1982-1983, por un compromiso histórico con los conservadores. La socialdemocracia se comprometió en la construcción del mercado único y después en la moneda única al tiempo que promovía, a ritmo moderado, las «reformas estructurales», especialmente en el mercado laboral y en materia de protección social.

En Alemania y en Francia, que estaban en el centro de ese compromiso, pocos economistas defienden abiertamente una variante muy radical del neoliberalismo que, en cierto modo, ya llevan las instituciones y está integrado en los Estados de la UE. Los éxitos neoliberales, sobre todo en el ámbito monetario y presupuestario, serán en un sentido más pronunciados todavía que en Estados Unidos en tanto que el contexto político e ideológico parece, a simple vista, menos favorable en Europa debido a la importancia del movimiento social demócrata y del Estado social.

Encontramos actualmente esta oposición en el contexto de las políticas de austeridad que desde hace ahora más de dos años arrastran a Europa (y al mundo) a una nueva fase de la crisis del capitalismo mundial.

¿Quiénes son los «dogmáticos»?

Si en Estados Unidos los neoliberales radicales a menudo son economistas académicos –alineados en el campo político de los republicanos (11)-, en Europa más bien son altos funcionarios y actores políticos. Junto a los dirigentes de empresas (en primer lugar bancarias y financieras) constituyen una coalición «reformadora» radical. Presenten en los diferentes países, especialmente en los bancos centrales y en los ministerios de Economía, sin embargo son más visibles, y sin duda más decididos, en los países del norte de Europa, en particular en Alemania.

El Bundesbank y el ministerio de Economía alemán constituyen por lo tanto dos de sus principales bastiones. Pero el Banco de Francia y el ministerio de Economía francés («Bercy» en el argot político-mediático) también están presentes en ese espacio transnacional del neoliberalismo institucional que es además una red de interdependencias ideológicas y profesionales.

Desde el cambio a las políticas de austeridad en 2020, cada vez está más claro que muchos actores políticos y burocráticos europeos encarnan una creencia neoliberal en su forma más dogmática, por supuesto con sus grados y sobre todo con sus variaciones temporales. Podemos hablar de una forma absolutista de esa creencia.

En esta perspectiva, el dogmatismo monetario es una primera expresión, pero en la actualidad es ampliamente minoritario en el contexto de «relajación» de las políticas de los bancos centrales. Sin embargo se pone al día cada vez que los actores del Banco Central Europeo (BCE) se resisten, ciertamente de manera desigual, a cualquier inflexión importante de su misión y por lo tanto puede renacer en cualquier momento.

En cambio, la acentuada afirmación del dogmatismo presupuestario ha contrarrestado el hundimiento del dogmatismo monetario que lleva a cabo una coalición de actores del BCE, dirigentes políticos (el ministro alemán de Economía, Wolfgang Schaüble, es uno de los principales representantes), dirigentes de bancos y de empresas aseguradoras. Está legitimado por algunos economistas vinculados al mundo de los medios de comunicación, especialmente los economistas oficiales alemanes, como el presidente del Institut Ifo, Hans-Werner Sinn, seguramente uno de los más radicales «ordoliberales» europeos (el ordoliberalismo es una corriente de pensamiento económico fundada por un grupo de políticos y economistas alemanes en la década de 1930, N. de T.).

Finalmente, recordemos que las «reformas estructurales» (liberalización de los mercados laborales y de los bienes y servicios) unifican las distintas corrientes neoliberales. Sin embargo, según los contextos, son más o menos fáciles de promover o establecer y a veces son contrarrestadas por la necesidad de «modernizar las relaciones sociales», que limita las posibilidades de desregulación total, especialmente en el norte de Europa.

La ofensiva «pragmática»

A partir del verano de 2012, los indicadores coyunturales se deterioran notablemente. Ante los efectos catastróficos de la nueva fase económica llevada a cabo bajo el impulso de los «dogmáticos», un grupo de economistas y dirigentes más «pragmáticos» decide hacerse eco de las críticas cada vez más numerosas dirigidas a las políticas de reducción rápida de los déficits y sus consecuencias sociales y políticas cada vez más palpables en los indicadores coyunturales y en los debates nacionales.

La evolución más notable, por su impacto mediático, tuvo lugar la semana del 7 de octubre de 2012. Christine Lagarde, directora general del FMI, se unió de forma más explícita a un grupo de economistas «pragmáticos» que se habían expresado con más fuerza desde el verano de 2012. Pidió una política más orientada al crecimiento y menos rígida con respecto a la reducción de los déficits:

«La prioridad, obviamente, consiste en superar la crisis y recuperar el crecimiento –en particular para acabar con la lacra del desempleo- Sabemos cuáles son las medidas que nos permitirían lograrlo: una política monetaria adaptable, un saneamiento presupuestario conducido a un ritmo apropiado, que no comprometa el crecimiento, pero acompañado de programas sólidos y realistas para disminuir la deuda a medio plazo; acabar con el saneamiento del sector bancario y reformas estructurales para estimular la productividad y el crecimiento. Todo eso debe acompañarse de un reequilibrio de la demanda mundial hacia los mercados emergentes dinámicos. No nos engañemos: sin crecimiento, el futuro de la economía mundial está amenazado».

Los posicionamientos de la directora general del FMI sobre la situación griega, llamando a demorar dos años la fecha oficial de la vuelta al equilibrio presupuestario, contribuyen a que aparezca un fallo, ciertamente menor, en el consenso de la austeridad, un fallo que ha sido reforzado por los análisis autocríticos de los macroeconomistas de la propia institución.

Entre los «pragmáticos», los miembros del influyente think tank de Bruselas Bruegel proponen, desde hace varios meses, retrasar un año la aplicación estricta del Six-pack que «encorseta» un poco más las políticas presupuestarias de los Estados. Más ampliamente se trata de aligerar temporalmente la presión sobre los gobiernos acorralados, en lo que ya se están concentrando los «pragmáticos» con cierto éxito. Sin cuestionar en absoluto el objetivo de reducción de los déficits y el endeudamiento público, alfa y omega de la política económica, para ellos se trata de aplazarlo en el tiempo. Cuando se vea, probablemente en torno al mes de abril, que el gobierno francés no es capaz de cumplir el objetivo del 3% del déficit presupuestario fijado, ambos campos deberán entrar en acción rápidamente.

Podemos pensar, en efecto, que las tensiones entre los «dogmáticos» y los «pragmáticos» solo acaban de empezar de una forma visible porque en realidad existen de manera interna y soterrada desde el lanzamiento efectivo de las políticas de austeridad. El resultado de ese enfrentamiento es tanto más incierto en cuanto que se trata en una guerra palaciega, ampliamente opaca, entre actores situados en diferentes instituciones y en distintos espacios nacionales (12).

Notas:

(1) Olivier Blanchard y Daniel Leigh, Growth Forecast Errors and Fiscal Multipliers, IMF Working Paper, 2013,.

(2) Yves Dezalay, Bryant Garth, La Mondialisation des guerres de palais. La restructuration du pouvoir d’Etat en Amérique Latine, entre notables du droit et «Chicago Boys», Seuil, París, 2002.

(3) Cada dismunición del déficit anual de 1.000 millones de euros se traduce en una bajada del Producto Interior Bruto (PIB) anual de 1.000 millones de euros.

(4) Eric Heyer, «Une revue de la littérature récente sur les multiplicateurs: la taille compte», OFCE Le blog, 21 de noviembre de 2012.

(5) Un reciente comunicado de los jóvenes de la UPM reprocha a los profesores de Ciencias Económicas que su falta de «neutralidad apunta, entre otros, a Keynes. http://www.u-m-p.org/et-si-vincent-peillon-sinteressait-a-la-neutralite-des-manuels-et-de-lenseignement-de-leconomie. Aseguran que la doctrina dominante que proclama desde hace 30 años «la muerte de Keynes» es una representación «neutra» de la economía.

(6) La matriz de ese discurso está proporcionada por el optimismo fingido en una intervención de marzo de 2012 del presidente del BCE Mario Draghi. Véase por ejemplo, Mario Draghi, «La compétitivité de la zone euro et au sein de la zone euro», conferencia del presidente del BCE en un coloquio organizado por Le Monde y la Association française des entreprises privées (AFEP) dedicado a los «Défis de la compétitivité. La compétitivité de la France, la compétitivité de l’Europe», en París, el 13 de marzo de 2012.http://www.ecb.int/press/key/date/2012/html/sp120313.fr.html

(7) Véase Gilles Christophe, Du nouveau libéralisme à l’anarcho-capitalisme. La trajectoire intellectuelle du néolibéralisme britannique, tesis para el doctorado de Civilización Británica, Universidad Lyon2, 2012.

(8) Lionel Robbins, profesor de la London School of Economics (LES) y después director del Financial Times, fue miembro fundador de la Sociedad Mont-Pèlerin. Entre los neoliberales era uno de los más sensibles a las ideas keynesianas con las que adquirió un compromiso.

(9) Premio Nobel de Economía en 1974, el austríaco Friedrich Hayek (nacido von Hayek), que emigró a Gran Bretaña y después a Estados Unidos, continúa siendo el sumo pontífice el neoliberalismo y el principal opositor de Keynes, en particular desde su obra a El camino de la servidumbre, donde considera la intervención del Estado el principio de un camino hacia la tiranía.

(10) François Denord y Antoine Schwartz, L’Europe sociale n’aura pas lieu, Raisons d’agir, París, 2009.

(11) Cinco Premios Nobel apoyaron a Mitt Romney en la última elección presidencial estadounidense: Gary Becker, Robert Lucas, Robert Mundell, Edward Prescott y Myron Scholes:http://dailycaller.com/more-than-500-economists-5-nobel-laureates

(12) Los debates que atraviesan actualmente el mundo de los economistas europeos constituyen una dimensión. Véase Catherine Mathieu y Henry Sterdyniak, «La zone euro en crise», 17 de enero de 2013, OFCE. Le Blog.





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